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Las barcarolas, por Daniel Saavedra
 
 
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Publicado el Domingo, 22 agosto a las 08:30:00
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María no sabe que le he robado la llave. Se va a llevar una sorpresa cuando me oiga tocando el piano del desván.

Los crujidos de la escalera despertaron al gato que sinuosamente comenzó a seguir los pies desnudos de Lucía. La puerta se abrió como si se hubiera partido una sandía. El olor achinó más los ojos de la respingona Lucy, que en un santiamén ya estaba sentada al piano.

El gato se acomodó dentro de una alforja llena de ovillos de hilo viejo, esperando el concierto. Lucy apuntó con curiosidad cada tecla, como quien comprobara si están calientes. El primer si bemol sonó como un gloria en la catedral. La joven continuó, degustando el miedo y disfrutando de la sonoridad ausente de los pianos que se dejan mucho tiempo sin tocar.

De repente los dedos empezaron a mariposear, primero con una barcarola de Chaikovsky que sabía a fonola dorada. La niña sólo abrió los ojos cuando terminó la última resonancia del acorde final. Se enjugó algunas lágrimas que se asomaron perezosas después de la interpretación. Relajó los hombros y volvió a posar los dedos largos y finos sobre las teclas.

Esta vez comenzó a tocar el Octubre del compositor ruso. Las manos le bailaban escalas, cada acento le salía por empujones desde las muñecas, casi obligadas por una fuerza sobrenatural. El aire hueco de la alcoba vacía le daba un matiz casi sepulcral a su rostro. El gato miraba a los pies de Lucía como hipnotizado por los suaves movimientos de sus dedos a través de los flecos del vestido largo.

Sin abrir los ojos, las mejillas se iban poblando de lágrimas tenues, sólo perceptibles con el brillo dulzón de la vela. Lucía iba meciendo los hombros embaucada en la melodía otoñal. Iba respondiendo con susurros los diálogos continuos de sus manos. Las mejillas empezaban a lucir redondas y sonrojadas y los ojos a parecer más inflamados. Lucía iba dejando las manos sobre el teclado como si estuviera pidiendo en cada nota un último deseo.

María no quiere que toque el piano. En el fondo envidia que yo siendo sordomuda haya aprendido más rápido que ella.

Me da igual. María no puede entender lo que me molesta a mí el ruido que hace ella cuando sueña.
 
 
 
   

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