
Maritza se casó muy enamorada a los 20 años, se olvidó de todo por seguir al amor, dejó su familia, su carrera de medicina, su ciudad natal. Cuando se conocieron, ella se prendó de inmediato, un chico apuesto, y hablador, la cautivó su conocimiento de todo, era muy culto e inteligente.
Juan la conquistó a sabiendas de su ingenuidad, eso le atraía muchísimo en las mujeres. Un noviazgo lleno de ternura y detalles románticos, no faltaron las flores, ni los paseos a la orilla del mar.
Todo hacía pensar que serían muy felices, teniendo en cuenta que la felicidad está hecha de momentos.
Maritza escribía en su diario: "Nunca pensé que podría ser tan dichosa, él es todo para mí, es un hombre maravilloso, su cercanía me turba y me ilusiona."
Se esmeraba en darle gusto en todo, en complacer todos sus deseos, definitivamente estaba enamorada.
Los preparativos de la boda no se hicieron esperar, Yolanda, la madre de Maritza, estaba muy contenta con esta situación, Juan para ella era el yerno perfecto. No se escatimaron esfuerzos para que todo fuera perfecto.
Vestido, flores, invitados. Una ceremonia sencilla pero memorable. Estaban todos allí; Maritza, radiante, no podía disimular su alegría.
Juan sonreía y agradecía muy dueño de sí mismo, se sentía satisfecho.
La vida marchaba lento, para complacencia de Maritza, trataba a su esposo como a un niño, le mimaba como a tal. él daba la sensación de estar cómodo, le gustaba ser tratado de esa forma.
Terminó la luna de miel abruptamente, una noche de lluvia, Maritza despertó de un golpe. Juan había estado bebiendo en la sala, y su mente tejió una historia ficticia, fruto de su ebriedad.
Maritza no comprendía el motivo de los golpes, trataba en vano de cubrir su rostro, le rogaba entre sollozos que ya dejara de golpearla, pero al parecer Juan no escuchaba nada más que los murmullos de su inconsciencia.
El cuerpo le dolía, pero más dolor había en su corazón, sangraban sus narices y su boca estaba hinchada, ya no le quedaban fuerzas para rogar. Se entregó a lo que fuera, se sentía morir.
Cuando Juan se detuvo, ella no podía moverse, sentía costillas rotas, y su brazo derecho no le respondía, desconocía de dónde venía el dolor. Intentó abrir sus ojos, pero no podía, sus párpados hinchados se lo impedían.
Juan salió de la habitación tras un portazo. Se fue dejándola tirada en la cama.
Como pudo, tomó el teléfono, llamó a la única persona que conocía en esa ciudad, un amigo de Juan.
Óscar llegó en seguida, y al verla no pudo contener una exclamación de sorpresa e indignación. Llamó a Urgencias, y la acompañó hasta que llegó la ambulancia.
Eran las tres de la madrugada, y el hospital estaba muy congestionado, por un sábado nefasto.
Cuando óscar pudo verla, Maritza estaba en una cama vendada, y con el brazo enyesado.
Ella le miró entre sus lágrimas, no podía entender aún qué había sucedido.
Óscar la consolaba, y le decía que no volvería a suceder, había hablado con Juan y se lo había prometido.
Unos policías llegaron a la habitación del hospital, Maritza se puso muy nerviosa, la interrogaron sobre sus golpes, y ella no se atrevía a decir que ese hombre al que ella tanto amaba la había golpeado de esa forma.
Uno de los policías le insistía, le pedía que dijera la verdad, que el causante de eso debía ser encarcelado.
Maritza sólo lloraba y se negó a denunciarlo. "Si no hay denuncia, no hay delito, señora, no podemos hacer nada sin su ayuda."
Seguía el silencio, los policías esperaron unos minutos, y le explicaron que había muchos casos de mujeres golpeadas, pero que el porcentaje de denuncias era muy bajo.
Decididamente no lo denunciaría. Los policías dejaron constancia de la atención hospitalaria, y se marcharon.
Después de algunas horas, Juan fue a verla. Cuando entró en la habitación, Maritza temblaba. Juan se dio cuenta de ello y se arrodilló al lado de la cama, pidiendo perdón: "Nunca más sucederá, te lo juro por mi vida, amor, perdóname, te lo suplico."
Se abrazó a ella entre sollozos, y ella acarició su cabeza, consolándolo. óscar miraba atónito, tampoco entendía nada.
A los dos días ella regresó a casa, Juan la había colmado de atenciones. "él está arrepentido", se decía a sí misma y eso la tranquilizó.
Su recuperación fue rápida y al mes le quitaron el yeso de su brazo derecho. Ella empezaba a moverse con más soltura, y estaba contenta. Una tarde vino óscar a visitarla, ella lo recibió agradecida por su ayuda. óscar se alegró de verla tan recuperada, y le abrazó con cariño. "Ten paciencia, pronto estarás del todo bien." Juan apareció de repente, y su cara mostraba una molestia en ciernes.
Óscar decidió irse, para no importunar, Maritza se despidió repitiendo los agradecimientos.
Maritza sirvió dos tazas de café, para disfrutar con su marido, pero su sonrisa desapareció al mirar a Juan. él lanzó lejos la taza de café, y empezó a golpear a su mujer acusándola de haberle engañado con su amigo. Maritza sólo atinaba a cubrirse, no podía salir del muro de puñetazos que le enviaba este hombre desquiciado.
Perdió el conocimiento de tanto dolor. Al volver en sí, estaba nuevamente en el hospital, ahora enyesada del otro brazo y conectada a una máquina, le costaba respirar, y no podía abrir los ojos.
Escuchaba hablar a alguien a lo lejos, pero no lograba comprender lo que le decía, se volvió a dormir y ahora para siempre.