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Antoine, por Javier Poveda
 
 
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Publicado el Sábado, 21 agosto a las 08:30:00
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Antoine abre los ojos el domingo un par de horas antes de lo habitual. Se queda en la cama, boca arriba, mirando el techo. "Hoy es un día especial Antoine -le decía su madre- hoy es tu día." Hace ya muchos años desde que su madre murió, pero Antoine sigue escuchando esa voz tierna y cariñosa dentro de su cabeza, como si hubiese sido ayer mismo.

Recuerda el olor a huevos y zumo de naranja que le llegaba desde la cocina, el ruido de los platos y cacharros mientras Michèle le preparaba el desayuno. Una sonrisa triste se dibuja en su boca mientras recuerda a su mujer. Ella se levantaba las mañanas de su cumpleaños unos minutos antes para hacerle el desayuno que luego le llevaría a la cama. "Hoy es un día especial Antoine -le decía imitando la voz de su madre-, hoy es tu día."

Luego ambos desayunaban y esperaban a que Jean llegase corriendo para meterse en la cama con ellos y ayudarles a terminar el desayuno entre risas, besos y regalos.

Jean hace ya cinco años que no vive en casa, se fue, hecho un hombre, a un pequeño apartamento al otro lado de París. Jean le visita de vez en cuando, y le cuenta sus historias. Antoine le escucha, disfrutando de ver a su hijo, adulto, con esa cara que le recuerda tanto a la de Michèle, a veces siente que están los tres juntos otra vez.

Michèle se fue hace tres años, una corta e intensa enfermedad se la llevó, en el peor momento, aunque cualquiera hubiese sido el peor momento para Antoine.

Por fin, con un resoplido, Antoine se levanta de la cama despacio, quejándose de sus huesos y del colchón ablandado por tantos años de uso. Se mira al espejo. Sonríe, otra vez esa sonrisa triste, y se dice a sí mismo: "Hoy es un día especial, Antoine, hoy es tu día."

Se acerca al baño y se asea despacio. Se prepara el desayuno, huevos y zumo de naranja. A las doce llegará Jean para almorzar y tiene tiempo de sobra. Traerá un regalo, algún aparato que Antoine no sabrá utilizar. Aún guarda el móvil del año pasado en la caja original, sin abrir en el primer cajón de la cómoda.

Antoine se resiste a encender el televisor. "Hoy no -se dice-, hoy no me voy a quedar pegado a la tele como un tonto." Se sienta en una silla, junto a la ventana y mira hacia el parque que tiene frente a su casa. Los recuerdos vuelven, Michèle está jugando con Jean, los dos se ríen con ganas. El niño sube y se lanza desde el tobogán, una y otra vez. Cuando llega al final del tobogán su madre le espera con los brazos abiertos. Jean sale corriendo y sube las escaleras de nuevo con algo de torpeza. Una vez arriba ríe y se vuelve a lanzar gritando bien fuerte.

Antoine ha visto esa escena cientos de veces, desde esa misma silla, mientras leía el periódico, o en el parque con ellos, disfrutando del juego. Ve ahora otros padres con sus hijos y siente envidia, una envidia que le duele en el pecho y que le lleva lágrimas a los ojos.

Antoine arregla su cuarto y la casa mientras se acerca la hora. Prepara la comida preferida de Jean, jamón al horno, en la pequeña cocina del apartamento. Se sienta de nuevo y su mente divaga. Desde que se jubiló su vida transcurre monótona, día a día, despacio. Habitualmente, arregla la casa sin prisas, da cortos paseos en el parque, compra el periódico que lee frente a la ventana, la casa permanece silenciosa, un silencio que sólo se rompe con el ruido de la pequeña tele. Ha pensado varias veces en comprar un perro, un cocker negro que tienen en la tienda de animales de la esquina, y que mira a Antoine con ojos que él reconoce. Un perro que le haga compañía, que le obligue a salir más a la calle, pero no se decide. Tiene miedo de que un día el perro se haga mayor.

Antoine sonríe, sonrisa de excitación, son casi las doce y la comida ya está lista. La casa se ha impregnado del suave olor a jamón con patatas untadas en mantequilla y perejil del horno. El olor le llena de recuerdos de otras comidas. Jean está a punto de llegar. Está impaciente por verle, porque le cuente cosas del trabajo, de su vida, si por fin ha encontrado a la chica que le vaya a dar nietos. Antoine quiere ya nietos, niños que corran por los pasillos por los que una vez corrió Jean, rompiendo el silencio, que pueda llevar al parque a jugar, con los otros padres, con los otros abuelos. Sentir otra vez ese orgullo, oír de nuevo esas risas.

Pasan los minutos y Antoine se sienta cerca del telefonillo. éste no suena y Antoine se impacienta. A la media hora llama por teléfono a casa de Jean, pero nadie contesta. Es la una y el jamón se está quedando seco en el horno, la tele está encendida y Antoine la mira sin verla, perdido en sus pensamientos. Se hacen las dos y come un poco de queso, las lágrimas corren por sus mejillas. No llora Antoine, lloran sus ojos.

Cuando ya se ha hecho de noche le llama su hijo. Ha tenido una comida con unos amigos, irá a verle la semana que viene. Jean no recuerda que hoy es el cumpleaños de su padre. Antoine cuelga el teléfono muy lentamente. Se levanta del sofá y se acerca al horno, saca el jamón y lo tira a la basura. Se queda mirando el parque a la luz de las farolas, triste y vacío, y por fin se decide. Mañana mismo se acercará a la tienda de animales a comprar el cocker de mirada triste. Quizás consiga que sus ojos sonrían.
 
 
 
   

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