
Amaneció un día espléndido. Daniel despertó minutos antes de que sonara el despertador. Se duchó, desayunó, y ya salía hacia el trabajo cuando asomó su hija por el quicio de la puerta. Le besó en la mejilla y se despidió de su mujer, que le recordó en un susurro que esa tarde celebrarían el cumpleaños de Elenita.
Habitualmente iba a trabajar en su vehículo, pero ese día se lo cedió a ella, pues tenía que hacer unas compras para la fiesta, y se fue en tren. Camino a la estación compró el periódico, pero leyó muy poco. Se sentó junto a la ventanilla y se adormeció en seguida.
Mientras tanto en su casa, Elenita preguntaba a su madre: -Mamá, ¿por qué ha dejado hoy papá el coche y se ha ido en tren?
Ella le contestó con evasivas. Estaba trajinando de allá para acá en la cocina, mientras escuchaba las noticias en la radio, tarea que continuó una vez hubo llevado al colegio a la niña. De repente cortaron la emisión normal para dar la noticia de un atentado que había ocurrido en un tren que llegaba a la estación de Atocha.
Daniel se sobresaltó al oír un estampido. Estaba confuso, asustado. El humo y el olor a quemado inundaban el vagón. Le costaba trabajo respirar y notó cómo un líquido caliente le corría por la pierna. Pronto se dio cuenta de que era su propia sangre; pero, ?de dónde manaba con tanta fuerza? El humo se iba disipando, dejándole ver un espectáculo atroz. Si existía el infierno, debía de ser algo parecido a eso. No oía ni un solo ruido. No se había percatado todavía de que había ensordecido temporalmente. Tan sólo veía cadáveres a su alrededor, mutilados la mayoría. También pudo ver el interior del vagón completamente devastado. Un boquete lo partía en dos, dejando ver el cielo, ennegrecido por el humo. Era como si sólo él hubiese quedado con vida, como si el destino hubiese querido dejar un testigo de aquella masacre. Le entraron ganas de vomitar. Debía moverse despacio, muy despacio, a causa del dolor. Vio en el suelo a una joven que se movía e hizo un gran esfuerzo para acercarse a ella. Era una bella muchacha de unos 22 años, de largos cabellos morenos y rasgos exóticos. Estaba cubierta de sangre y pronto advirtió que estaba muy grave.
Se sentó a su lado como pudo y le puso su cabeza sobre la pierna ilesa. Le susurró al oído palabras tranquilizadoras, pero a los pocos instantes murió entre sus brazos. No pudo aguantar por más tiempo. Ya no percibía casi el humo, pero el olor a carne quemada envolvía el ambiente. Tenía que salir de allí. Se incorporó, dejando inerte el cuerpo de la joven, y se dirigió al borde del boquete. Saltó sin mirar tras de sí, no le quedaban fuerzas para ello. Al caer al suelo un dolor terrible le recorrió todo el cuerpo, tan intenso que lo dejó sin conocimiento.
En ese mismo instante su mujer lo estaba llamando al móvil, pues tenía la seguridad de que él iba en ese tren, pero no obtuvo respuesta. Le entró pánico, arrasó con todo lo que había en la mesa de un golpe, agarró su abrigo y salió corriendo. Condujo de forma temerosa hasta la estación de Atocha. Una vez llegó pudo comprobar la envergadura de aquella barbarie. Preguntó a un policía que intentaba despejar la zona, y éste la remitió al Hospital Gregorio Marañón. Recorrió la corta distancia que la separaba del hospital a gran velocidad, dejó el vehículo mal aparcado y se dirigió aprisa hacia la zona de urgencias. Aquello era un caos. El ir y venir de ambulancias y vehículos de todo tipo transportando heridos era continuo. Los primeros en llegar fueron registrados correctamente, pero a medida que llegaban más y más y el desorden se apoderaba del lugar apenas tomaban nota de los datos más relevantes. Tuvo suerte, Daniel fue de los primeros en ser trasladados, por lo que no tardó en saber que estaba fuera de todo peligro. Le estaban operando de un corte profundo en la pierna. Por lo demás, apenas tenía alguna quemadura sin importancia.
Elenita estaba preocupada. Al llegar a casa y ver a su tía, en lugar de a su madre, se dio cuenta de que algo ocurría. Su tía nunca le había mentido, y aunque esta vez se esforzaba por hacerlo, no consiguió disimular su desasosiego. Puso la televisión para ver dibujos, pero en su lugar estaban transmitiendo algo de unos atentados en cadena ocurridos en Madrid. En seguida se dio cuenta de que estaban relacionados con la presencia de su tía. De inmediato recordó que su padre había ido a trabajar esa mañana en tren; fue llorando hacia la cocina. Con sus manitas golpeaba a su tía preguntándole una y otra vez dónde estaban sus papás, pero ella no supo qué contestarle y rompió a llorar a su vez. Transcurrieron tres horas en las que no tuvieron noticia alguna.
El sonido del teléfono las sobresaltó. Era mamá desde el hospital. Vio cómo su tía hablaba largamente con ella, intentando traducir cada inflexión en la voz de ésta.
-Toma, es mamá -le dijo su tía. Ella se puso corriendo al aparato, preguntando por su papá, mientras un sollozo se le escapaba.
-Tranquila, mi niña, papá está bien, te lo prometo -le contestó su madre-. No te preocupes, no tengas miedo, todo irá bien. Ahora, recemos por todas las personas que iban en el tren.
No pudo decirle más, colgó el teléfono y descargó toda su ira, toda la rabia contenida, de la única forma que podía, llorando. La vida de su esposo no corría peligro, pero no dejaba de recordar la descripción que él le hizo de aquel holocausto.