
El globo es blanco, con manchas negras
y forma de perro. Se te ha escapado de
la mano en un descuido, o quizás lo has
soltado. Ahora se aleja de ti. Se eleva
lentamente, pero ya no puedes
atraparlo, nadie puede. Tienes ganas de
llorar, también de reír. Te sueltas de la
mano de tu padre, él no parece notarlo.
¿Lloras?
El globo se sigue alejando lentamente,
pero todavía se distingue la figura del perro.
Atrás queda tu vestido color rosa
con encajes y un gran lazo que rodea tu
cintura, tus zapatos negros
-abrillantados esta mañana por tu madre-
que protegen tus calcetines blancos,
también con encajes. Atrás queda tu
llanto, tu risa, los juegos. Miras a tu
alrededor, un escalofrío recorre tu
cuerpo, estás sola.
El globo sigue subiendo. Lentamente.
Vuelves a fijarte en él. Donde antes
había un perro, sólo hay un gran punto
blanco que empequeñece poco a poco.
Tu falda es azul, a juego con la
chaqueta que envuelve tu camisa. Una
lágrima recorre tu mejilla. Tus amigos
no parecen notarlo. Risas, copas, risas,
llanto. De nuevo miras a tu alrededor.
El mismo escalofrío. ¿Lloras?
El globo es apenas un punto blanco,
sólo puedes suponer que se sigue
elevando. Lentamente.
Tu traje es negro, unas tirantas cubren tus
hombros. Dejas de mirar al cielo y me
miras. Me sonríes. Lloras. Me aprietas
la mano. Hay otra niña. También tiene
un globo. También aprieta mi mano. Te
quiero.