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Aroma de gardenias, por Tania Pas-Santana
 
 
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Publicado el Viernes, 20 agosto a las 14:00:00
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Eran las cinco de la mañana y el aroma a café impregnaba el aura de la cocina. Como de costumbre, mamá despertaba a la misma hora cada madrugada y preparaba con amor el elixir de vida a mi padre. Ella, sentada su lado, saboreaba el brebaje que compartía junto a su camarada hacía más de diecisiete años bisiestos.

Mantenían sus manos entrelazadas conversando de lo que habían soñado, a la vez repasaban las tareas del día; era martes, les correspondía ir al refugio de animales:

-Mamá, deben tener mucho cuidado cuando estén bañando a esos animalejos, mira que les pueden morder y a veces tienen rabia. Ya saben que eso de ir al refugio todos los martes no me gusta, ¿por qué no se compran un perro o un gato?

Esa era mi letanía semanal cuando hablábamos por teléfono.

Siempre iban tomados de la mano, ella besando y apoyándose del brazo de él, mientras que papá la mimaba con besos; todos los días deliberaban quién había engalanado más al otro; mi madre siempre ganaba porque a él le enaltecía la victoria de ella. Papá era un hombre alto, robusto, con una melena frondosa y blanca. Mamá era pequeñita, delgada, de caderas muy estrechas, que fueron las culpables de un parto bastante doloroso, provocando que yo fuera hija única.

-Mamita, cuéntame otra vez cómo se conocieron los tatas.

-Tu abuelito fue a la tienda de doña Pirín a comprar el pan para el desayuno -le explicaba a mi hija, mientras acicalaba su pelo.

-¡Ahí vio a la tata por primera vez y se enamoró de ella! -interrumpió mi hija toda exaltada.

-Cuando tu abuelo iba a pagar el pan, se percató de que no era doña Pirín la que le iba a cobrar, sino su nieta.

-Y su nieta era mi Tata.

-Exacto, tu abuelo estaba nervioso, los ojos verdes de tu abuela lo habían cautivado, y a partir de ese día su alma quedó enlazada en esa mirada.

Mis padres llegaron de madrugada, desde que se mudaron a la costa sólo nos veíamos dos veces al año. Como de costumbre, no quisieron que los fuera a recoger al aeropuerto.

-¿Cuál vestido te gusta más, el rojo o el negro?

-El rojo, porque es tu color preferido. Mi madre colgó en el closet su vestido escarlata junto al traje negro de mi padre.

-Deberías usar tu corbata color rojo para no perder la costumbre de estar combinados.

-Princesa, combinemos las indumentarias, así nuestras almas se irán unidas al mas allá.

-¡Y ese verso! -mi madre sonrió.

-Amor, ¿podrías darme los medicamentos? No se te olvide que hay que tomarlos antes de acostarnos.

-Estoy cansada. -Ya estamos viejos -dijo mi padre acariciando la barbilla de su amada.

Como de costumbre, mamá se acostó al lado de su esposo acurrucándose entre sus brazos.

-Mujer, dile a tu hija que se apure, quedamos en desayunar con tus padres, ya sabes que no me gusta llegar tarde a los sitios -intentaba razonar mi marido con nuestro adorado retoño que no decidía qué traje de baño ponerse.

Por fin llegamos al hotel. Mi esposo e hija corrieron a la piscina y yo subí a la habitación de mis padres. Esperando el elevador me preguntaba por qué mis padres se empeñaban en hospedarse en un hotel tan lujoso, en vez de quedarse en mi casa.

Dentro del elevador, sin explicación alguna, sentí como mi pecho se comprimía, no podía respirar, comencé a sudar. Se detuvo en el piso once, al abrirse sus puertas percibí un fuerte olor a tierra mojada.

-Señora, ¿se siente bien? Su habitación está en este piso.

-No, vengo a buscar a mis padres, pero ¿qué es este hedor?

-Señora, soy guardia de seguridad del hotel, y si usted no se está hospedando en este piso no debería estar aquí.

-Como le dije, vengo a buscar a mis padres. ¿Podría acompañarme a la habitación de ellos? Es que me siento mareada

Me sostuve de su brazo, la pestilencia aumentaba provocando que cada uno de mis pasos fueran más pausados.

-¿Dónde están los muertos? -preguntó de manera áspera un policía que estaba en el pasillo.

Solté el brazo del empleado y corrí hacia la habitación once diez; las palpitaciones de mi corazón eran cada vez más rápidas, mis pulmones se iban llenando del aire al que la muerte había tocado.

-No puede entrar, señora -me dijo una de las tantas personas que estaban frente a la habitación once diez.

-¡Son mis padres! Pude ver la nota que colgaba del vestido rojo y el traje negro de mis papás: "Hija, esta es la indumentaria para nuestro funeral."

Mi mirada estaba borrosa, aun así, pude ver unos regalos encima del escritorio, sabía que eran para nosotros. Mi corazón se tranquilizó poco a poco, seguía inhalando ese aire. Al voltear los vi, yacían abrazados en la cama, como siempre:

-Señora, me han dicho que son sus padres, imagino que querrá leer esto -dijo un policía.

"Hija, Tu padre y yo te adoramos, aunque sea yo la que escriba estas líneas, tu papá está sentado a mi lado revisándolas, ya sabes como es él. Por favor, no nos juzgues por la decisión que hemos tomado, lo hemos hecho porque nos amamos.

Tu padre y yo hemos vivido muchas cosas juntos, somos uno. Jamás entenderíamos la vida o tendría sentido sin la compañía del otro, queremos dejar esta existencia pasajera y comenzar juntos la eterna. Hemos vivido en este plano terrenal todo lo que teníamos que vivir. Recuérdale siempre a nuestra nieta cuánto la amamos, tu esposo te quiere y cuidará de ti. Hija, que Dios te bendiga siempre."

Seguí respirando despacio y profundo, el olor a tierra mojada desapareció y la habitación se impregno con un suave aroma de gardenias.
 
 
 
   

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