
Empecé a menguar la primera vez que me miraste distinto. Habíamos quedado en la puerta del cine. Yo te esperé en la acera con las entradas y te vi correr hacia mí. "He tenido lío a última hora", dijiste. Yo busqué tus ojos y tú esquivaste los míos. Y cuando por fin nos encontramos tú me miraste distinto y yo empecé a menguar y seguí menguando durante los tres meses que tardó en deshacerse lo nuestro.
A los pocos días los pantalones me arrastraban y tenía que ponerme de puntillas para alcanzar el estante del café. Es increíble que tú no lo notases, pero entrabas y salías de casa sin verme, como si yo ya no estuviese allí. Un día miraste alrededor y pensaste que me había marchado. Yo era entonces una mosca menguante y, por no perderme, me colaba en el bolsillo de tu camisa. Cargabas conmigo sin saberlo de la mañana a la noche. Nunca estuve tan cerca de tu corazón como esos días. Enseguida pasé de mosca menguante a mota de polvo en el suelo de tu cuarto. Y de mota de polvo a lo que ahora soy. Un espacio vacío en tu espacio. Nada.