
Aquellos, los veranos de nuestra infancia siempre los recordaremos con especial detalle. Como recordarán por siempre las tres hermanas Muñoz, los vividos en la terraza de su casa. Era aquella una terraza un tanto singular. En diámetro, había más de terraza que de casa y eso que la casa no era pequeña. Allí aprendieron Kuka, Elena y Sara a montar en bici, a saltar al elástico o a jugar a la comba.
También tenían un columpio que su padre pintó de rojo inglés. Columpio que estaba situado cerca del porche, donde se columpiaban alargando las piernas para ver quién llegaba más alto y conseguía tocar el tejado de uralita. Jugaban en él hasta que se hacía de noche.
De fondo se oía en el hilo musical la canción de "Mummy Blue" y la de "Un rayo de sol" de Los Diablos. En el aire el olor a agua y sol, al calor del verano, que las tres hermanas mitigaban llenando barreños de agua, o el olor de agua y tierra de las macetas que sencillamente con la excusa de regarlas se pasaban el día con la manguera abierta, rociando y llenando todo de agua, incluso dentro de casa.
Era curioso el ingenio que tenían para inventar juegos. Un día de lluvia se quedaron mirando en el desagüe de la terraza y en el tiesto grande que había encima. El aguacero que caía propició que se formara un gran charco de agua, que a ellas tres les parecía más bien un lago y fue ahí en ese mismo instante donde se les encendió la bombilla.
Al día siguiente, con los primeros rayos de sol que asomaron por la terraza las niñas, antes de que el sol calentara, arrastraron la maceta más grande que había, taparon el desagüe de la terraza y enchufaron la manguera llenando ésta de agua, formando el gran charco que habían visto el día anterior. Cuando sus padres se levantaron las encontraron en braguillas resbalando en las baldosas de cerámica de la terraza como pingüinos sobre el hielo.
-Mira, papá. Mira, papá, cómo nado.
Y cogiendo carrerilla se deslizaban sobre sus barriguitas con los brazos en cruz como aeroplanos, dejándose ir, a ver quién llegaba más lejos. A pesar de las advertencias de su padre de que se harían daño, no hicieron caso y continuaron así hasta que al final del día, tenían las barriguitas y las piernas llenas de arañazos. Pero lejos de sentir dolor estaban exultantes de alegría porque creían haber inventado un nuevo juego. Este pasatiempo lo llevaron a cabo hasta que una mañana, al salir de nuevo a la terraza, se encontraron con una sorpresa. Su padre como era típico en él, les había montado algo en medio de la terraza. No tenían que desear nada, sencillamente él les concedía sus deseos incluso antes de pedirlos.
Se quedaron boquiabiertas, maravilladas, admirándola hasta que se miraron unas a otras como no dando crédito a lo que estaban viendo. Una piscina. Su padre les había comprado una piscina.
Era de esas de plástico azul, como el cielo en verano, cuadrada y grande o eso les debió parecer a ellas para su estatura. Llena, a la mayor de las hermanas el agua le llegaba a la altura de la cadera. Sin pensarlo siquiera dos veces, se metieron dentro sin quitarse los camisoncitos de dormir. Allí aprendieron a bucear y a dar volteretas.
Pero lo que más divertido de ese verano fue cuando la piscina se pinchó. ¿Por qué se pinchaba? Caminaban todo el día descalzas y se lavaban la tierra de las plantas en ella, y las piedrecitas que había por la terraza las entraban dentro causando los temidos pinchazos. Pero más allá de ser un problema aprendieron a solucionarlo de la mejor manera.
-Mamá, ¿nos das una peseta para un chicle de coco?
-¿Ahora?
-Sí, es que se nos ha pinchado la piscina y lo vamos a arreglar con un chicle.
-Pero un chicle no se pegará en la piscina, mejor es que esperéis a que venga papá y ponga un parche.
-No, sí que se pegará, ya verás, con un chicle de coco sí que se pegará.
Lo del chicle tenía su lógica, los chicles de coco no eran de coco como pudiera parecer. Simulaban ser un coquito, eran chicles de vete tú a saber qué, espolvoreados con cacao, que cuando los mascabas un ratito se ponían duros como una piedra. Y si los pegabas a alguna parte no era fácil despegarlos. Ellas lo sabían bien.
Entonces se ponían unas braguitas secas y antes de que su madre dijera algo, bajaban así, descalzas y en braguitas a la calle, a la lechería a por el ansiado chicle de coco. Cuando subían otra vez a casa, su madre las esperaba con la zapatilla en la mano.
-Pero qué vergüenza, ¿qué van a pensar los vecinos, que sois tres gitanillas? ¿Cómo se os ocurre salir de casa descalzas y desnudas?, ¡demonios!
Entonces corrían a su madre por la terraza para que no les diera con la zapatilla.
Hoy son adultas y entienden un poco a su madre, pero entonces para tres niñas de edades entre los ocho y los cuatro años no había nada de malo en ir por la calle como iban por casa y más que la lechería estaba justo abajo a sólo tres o cuatro portales. Era verano, hacía calor y los vecinos de aquel barrio no eran como hoy en día. Hoy se ríen de lo vivido, lo recuerdan con nostalgia y tal vez con pena por que de esa inocencia y esa felicidad ya sólo les queda eso, los recuerdos.