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El efecto crisálida, por Cristina Martín
 
 
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Publicado el Miércoles, 18 agosto a las 15:55:00
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No sé por qué pero he mudado. No sólo la piel, también el género..., ahora soy él. Quizá haya otros cambios, pero lo más evidente es que ahora soy hombre: es extraño. Estoy en otro lugar y tengo otra familia. Este nuevo yo parece conocerse de siempre. Me intranquiliza. Me inquieta. Me sorprende. ¿Cómo es posible que extrañe algo mío?

No puedo entenderlo, pero ya no soy yo, o quizá sí, pero con otra existencia. Todo ha cambiado.

Hay música, pero es nueva, desconocida para la que antes fui.

El sonido es alto, hubiera debido molestarme, al menos le molestaría a quien fui, pero no lo hace.

Es evidente que he penetrado en otro yo. Hay luces de colores. Son fuertes y estridentes. Entiende mi nuevo ser que al viejo le hubieran molestado, pero algo novel, que está en mí, y que forma parte de mi esencia de ahora, lo acepta con placer.

Todo es diferente en este momento. Deberé acostumbrarme. No, no hace falta, ya estoy acostumbrado. Entiendo de estas cosas ahora que soy hombre.

Me siento desfallecer. Estoy cansado. Ahí está parte de mi familia, es otra, claro. Estoy viéndoles celebrar un campeonato de fútbol, o un día de paga, y algo de mi esencia de siempre surge en mí y se aburre de verles beber y emborracharse. Hubiera debido irme antes, cuando empecé a estar cansado, pero yo no sabía que iba a mudar, y hubiera dado igual, porque tampoco sabía que esos dos eran tíos míos y, ese, el más borracho, mi padre.

-Ya está bien -tomo mano de mi naturaleza recién adquirida y pongo el tono autoritario encima de la barra del bar, me agrada la determinación y la firmeza. Se me da bien.

-Basta, Vámonos -les ordeno, y me hacen caso, ellos saben que hay que hacerlo, que han bebido demasiado, pero están de fiesta y protestan, no es hora de ir a casa, están diciendo. Salimos del local discutiendo, me quitan la razón pero yo que estoy sereno les obligo a caminar al coche.

Están borrachos y uno de ellos se cae por la acera a la carretera, mientras los otros dos ríen como tontos. Una ambulancia que pasa casi nos atropella, en parte porque este padre nuevo que tengo, salta y grita como un endemoniado.

La ambulancia frena para ver si ha ocurrido algo. Mis tíos y mi padre se vuelven violentos de repente. Habla el alcohol, me digo. Se ve que son hombres, me pregunto si alguna vez fueron otra cosa. Me rasco la barbilla y me encuentro con barba, no me molesta, pero todavía hay cosas que me desconciertan.

Mi padre está fuera de control ha entrado en la ambulancia y ha robado todas las medicinas que ha podido, me pregunto por qué estará haciendo el capullo. Hace un rato que es mi padre y ya me hace sentir algo de vergüenza.

Empieza a correr, ciertamente tiene el demonio dentro, quizá también haya mudado: de hombre a diablo o de diablo a hombre. El sanitario y yo mismo perseguimos a mi padre, pero él no corre, vuela; claro, me digo, es por su nueva naturaleza, nunca le cogeremos.

Aparecen unos policías, ellos no parecen haber mudado, sólo gritan y amenazan.

Es lo de siempre. Acosan, acosan. El perro de presa se apodera ahora de la naturaleza de mi padre. Y él y el diablo, juntos, cogen un rehén.

Acosan y acosan. Una niña de pelo rubio y ojos negros. "Déjala", dice mi nuevo cuerpo, pero mi alma está huyendo de esa vida. "No quiero irme, ahora no, tengo que impedirlo."

"Déjala", vuelvo a decirle, pero mi alma se va. A lo lejos me asomo, curiosa, estoy a punto de volver a mí, o quizá ya soy yo, y veo que aquel que fue mi padre le ha cortado el cuello a la niña.

Le veo en los ojos que todo ha pasado, sólo yo puedo entenderle. Todavía con el cuchillo en la mano, se ve que está mudando y que el diablo se ha alejado.

El hombre que un día fui y el padre que tuve se miran sin entender qué ha pasado.
 
 
 
   

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