
Estaba tumbado en una camilla. Tenía el cuerpo envuelto en una manta caliente, la piel untada de aceite, estaba tumbado boca abajo. Entonces irrumpió la voz. Pude oírla nítidamente porque el salón de belleza carece de paredes, sólo nos separaban unas cortinas amarillas. La luz atravesaba la tela volviéndose más tenue, callada. La voz. Una voz sonora.
Un rato desquiciada, un rato atormentada. Aguda y grave. Una voz impelida a hablar. Me recordó a otra voz, la cadencia era igual: voces gemelas. Su primera palabra fue "mal". Mal como respuesta a "qué tal".
Mi cuerpo seguía tumbado, ahora escuchaba. "Mal porque a mi marido lo tienen que ingresar. Pruebas y más pruebas. Podría ser peor", dice. "Pero da igual, me hundo muy fácil. A veces lloro, a veces pataleo, siempre sola, hasta que me calmo. Le tienen que hacer muchas pruebas. El médico me ha dicho que lo mejor es que ingrese porque se las harán todas seguido en el hospital." ¡Oh, esa palabra! Hospital. Adelgaza. No se lo digo porque sé que se enfada. Al menos ha adelgazado cinco kilos. Ahora toma catorce pastillas y jamás tomó ni siquiera una aspirina.
Me angustio. No sé cómo sigo adelante, me lo suelo preguntar. Ah, ahora me voy a ver la cabalgata, mi hijo sale de paje. Sí, he de sonreír para ellos, por ellos sigo.
"Tengo rabia, mucha rabia." La piel de aceite en toalla caliente escucha atentamente, ya no estoy relajado. "Ahora estoy en tensión, metido en otra vida. Sí, tengo rabia", repite. "Si él hubiera asumido antes lo que pasaba, si lo hubiera hecho, para ahora todo habría acabado. Estaría terminado. Sin embargo, ha querido demorar las pruebas, ha dilatado el tiempo, como pensando que así nunca llegaría el momento. Tienen que hacerle un scanner. Ahora sí empieza a asumirlo y todavía todo está por empezar. Me canso y luego me digo que todo podría ser peor y me consuelo."
"Adelgaza y la verdad es que come, tiene que comer porque con tantas pastillas que debe devorar o que lo devoran, no sé..." Silencio, oigo el sonido fuerte de su respiración entrecortada. "Si no comiera, las pastillas le dañarían el estómago. No sé ni cómo lo soporto. Yo, que soy como una autista. Que si me alteran el orden en un mínimo detalle caigo, quebrada, sin equilibrio alguno. No se puede ser tan ordenada."
"Qué bueno que estuvieras libre, gracias, hoy apenas si me has hecho daño depilándome las cejas, no he llorado. Gracias. Adiós."
Cuando la voz dijo su última palabra, mi cuerpo no estaba tumbado, sino acurrucado en la manta caliente en posición fetal. "Todo podría ser peor", había dicho. Al fin y al cabo, ese saco que me envolvía con calor era una bendición mientras caía el invierno ahí fuera.