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La sonrisa fugaz, por Patricia Martín
 
 
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Publicado el Miércoles, 18 agosto a las 15:50:00
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-Me va a pegar, esta noche me va a pegar... -sollozaba la mujer sosteniendo unos papeles arrugados, mientras recorría una y otra vez los escasos metros que separaban la cocina del salón-. No quiero que me haga daño... Por favor, hoy no...

Era jueves por la noche y María había estado en el ambulatorio por la mañana, intentando sin éxito renovar la baja de su marido por tercera vez consecutiva sin que éste apareciera por allí.

-Dile a Paco que venga a verme, y si yo lo considero oportuno, le volveré a renovar la baja -le había dicho Don Marcelino, su médico de cabecera-. Pero de momento, no se la renuevo; lo siento, María, pero tengo que cumplir con mi deber.

"Es todo por mi culpa", pensó la mujer mientras se sentaba temblando junto a la ventana del salón. Desde allí se podía ver la entrada del portal, iluminada por una triste farola. Se acordó de la noche en que, por esquivar un golpe, su marido se había lesionado la muñeca. Como era pintor, tuvo que darse de baja. Empezó a trabajar ilegalmente por otro lado y ahora no quería renunciar a los dos sueldos, que le venían muy bien para pagar todas las deudas en las que andaba metido. "Tiene que estar a punto de llegar. Sólo pido a Dios que los niños no se despierten..."

María miraba cómo pasaban los coches de largo mientras pensaba qué iba a decir, hasta que uno de ellos aparcó en la misma calle. Una figura familiar salió de él, tambaleándose, y desapareció en el portal. María se levantó y fue hacia la puerta. Oyó el ruido del ascensor, pero volvió al salón y allí se quedó de pie sin saber qué hacer, con los papeles todavía en la mano, preguntándose: "¿Cómo vendrá hoy?"

La puerta de la casa se abrió y allí estaba él; una silueta baja y delgada, encorvada, entrecortada con la luz del portal, que se movía con dificultad. Se dirigió al cuarto de baño y mientras estaba allí, María aprovechó para cruzar el vestíbulo camino de la cocina. Un olor nauseabundo la alcanzó. Ella odiaba ese olor, mezcla de alcohol y sudor, que tantas veces la había hecho sufrir.

Cuando el hombre llegó a la cocina, María estaba friéndole unos huevos. La saludó con un gruñido y se dejó caer en una silla. Ella empezó a poner la mesa, primero el mantel de cuadros, luego el vaso, los cubiertos, el pan...

-¿Cómo te ha ido el día? -preguntó ella sin mirarlo a la cara, esperando no molestarlo con su pregunta, mientras ponía los huevos en un plato.

-Me podría haber ido mejor -contestó con su voz ronca, en un tono despectivo, apenas levantando la mirada-. Haciendo chapuzas, ya lo sabes. Y tú, ¿tienes los papeles?

-Pues.., verás, yo he ido... pero me han dicho... que... Estaba parada en mitad de la cocina, mirando al suelo, sujetando el plato.

-¿Los tienes? ¿Sí o no? -increpó él en voz más alta de lo normal, golpeando la mesa.

A María le parecía una amenaza; el inicio de una situación peligrosa, de la que no sabía cómo iba a salir. Pero no podía mentir, pues cuando descubriera la verdad sería mucho peor.

-No... -María empezó a llorar- no me los han querido dar... pero te prometo que...

Ya no importaba lo que le iba a prometer, él se levantó y en menos de un segundo se puso delante de ella, levantó su mano derecha y sin pensarlo dos veces, la abofeteó brutalmente, haciéndola perder el equilibrio. María cayó al suelo, y detrás de ella el plato que sostenía, rompiéndose en mil pedazos.

-Estúpida, no sirves para nada -dijo él con el mayor de los desprecios, mirándola desde arriba, sintiendo realmente lo que la estaba diciendo.

-Por fa... vor, no.., no me pegues en la cabeza -gemía ella, pensando en que los niños no vieran las huellas de los golpes-, por favor... en la cabeza no...

Para su sorpresa, él no siguió, se fue de allí camino del dormitorio y María pudo oír el ruido de los muelles que hacía el viejo colchón al sentarse en él con brusquedad. Sólo después de haber recogido todo y de pensar que él estaba dormido, María entró en el dormitorio. Todavía estaba encendida la lámpara de la mesilla y se encontró con un espectáculo lamentable: un gran vómito manchaba las sábanas y parte del suelo. Su marido yacía mirando hacia arriba, con la boca llena de un líquido anaranjado. María se quedó petrificada y como pudo, alcanzó el teléfono de la mesilla para llamar al 061.

Apenas había abierto el ambulatorio y María ya estaba allí, esperando en la puerta de la consulta de Don Marcelino.

Cuando el médico llegó, la hizo pasar. -María, ¿otra vez la baja de tu marido? ¿No te dije ayer que tenía que venir él mismo, en persona?

-Mire, lo que le traigo son papeles, pero no los de la baja; le traigo el informe que la pasada noche me dio el 061, pues me dijeron que usted tiene que firmarlos para certificar la defunción de mi marido.

El hombre, perplejo con la noticia, cogió los papeles y los estudió cuidadosamente.

-¡Dios mío! Se ahogó en su propio vómito -exclamó el médico- el muy...

-Sí, señor, dígalo. ¡El muy animal! Don Marcelino pestañeó un par de veces y con su bolígrafo de oro firmó el informe de defunción. María cogió los papeles y cuando estaba saliendo oyó cómo la decía:

-María, ¿qué te ha pasado en la cara?

Girando tan solo la cabeza, dijo: -Nada señor... un animal. Sí, un animal.

Y diciendo esto, se fue, mientras el hombre, confundido, dudaba de si lo que había visto en su cara había sido una sonrisa fugaz...
 
 
 
   

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