
A Lucero y Marianela, dos mujeres en la madurez de su vida, se les veía siempre serenas, amables, aunque en ocasiones se transformaban; dejaban aquella bondad que reflejaban, para dar paso a la fuerza; sobre todo cuando se trataba de defender a los suyos, o las causas de los necesitados, porque ambas eran abogadas.
Un jueves se encontraron en aquel viejo café de la plaza principal, en donde acostumbraba reunirse la gente que gustaba del arte, y desde luego de saborear un exquisito y espumoso chocolate que era la delicia de todos los parroquianos. Lucero de inmediato invitó a Marianela a sentarse con ella. Tenía tanto que decir desde la última vez que se habían visto. Como de costumbre, Lucero comenzó a hablar y a contarle lo que había sucedido en su trabajo y en su vida personal.
De pronto, Lucero se dio cuenta de que Marianela no la escuchaba, su mirada estaba fija en algún punto del café, pero realmente no en alguien o algo en particular, ¡estaba ausente! Extrañada por el mutismo de Marianela, Lucero le preguntó qué le pasaba, porque hacía buen rato que no le prestaba atención.
Marianela, lentamente, la miró y con voz quebrada le dijo algo que dejó helada a Lucero. No podía ser. ¿Qué le había pasado a su amiga para que le diera esa respuesta? ¡Se quería morir!, ¡ya no quería vivir! Fue Lucero quien entonces se quedó muy quieta, tratando de hilvanar una respuesta, porque la situación era delicada. Por fin logró articular palabra, aunque por la impresión que se había llevado, su rostro estaba demudado. Y le empezó a contar a su amiga su propia historia, porque también ella alguna vez se quiso morir.
Lucero escarbó en los recuerdos del pasado y le contó de aquel día en que estaba tan desesperada que salió de su casa y abordó su vehículo con la firme idea de estrellarse con él, y de cómo al tratar de ponerlo en marcha, lo primero que escuchó fue aquella vieja canción que decía: "Siempre hay por quién vivir..."
Largo rato conversaron. Quizá por primera vez, ambas mujeres desnudaban su alma, sin tapujos, sin mentiras. Lucero le contó a Marianela de la batalla interna tan grande que un día tuvo que librar, de la drástica decisión de dejar todo lo que en ese momento tenía a la mano: una posición, y desde luego lo que quedaba de una familia, a cambio de nada y de todo, empezar una nueva vida en donde tuvo que aprender que nada era fácil, que si quería comer tenía que trabajar todo el día por un mísero salario, sobreviviendo incluso al acoso de cuantos miserables pensaban que por estar sola iba a ser presa fácil de la desesperación, y desde luego de sus deshonestas propuestas.
También Lucero narró a Marianela cómo poco a poco fue cambiando hasta convertirse en una mujer austera, dura, en ocasiones irascible. De cómo culpaba a todos los que tenían la desventura de estar cerca, y no se daba cuenta del grave daño que se estaba causando, hasta que un día después de recorrer muchos caminos, encontró que había sido ella misma quien había olvidado su sonrisa, sus lagrimas, sus esperanzas, su fantasía y todas las cosas buenas que el Gran Arquitecto algún día tuvo la bondad de regalarle. Y fue cuando comprendió que tenía la obligación de recuperar todo lo perdido.
De eso y de no sé cuántas cosas más... siguieron conversando durante varias horas, hasta que poco a poco el rostro de Marianela fue adquiriendo una gran placidez; ese gesto de angustia que llevaba al llegar al café había desaparecido por completo. Marianela, al escuchar el relato de su amiga, se dio cuenta de que las cosas que a ella le habían sucedido no eran tan diferentes a las de su amiga, ambas habían saboreado la dureza y la crueldad de la vida, pero también habían podido disfrutar de la dulzura infinita que dejan las caricias del ser amado, o del inolvidable momento cuando por primera vez una pequeñita mano rozando sus mejillas les llamó: "mamá".
Cuando llegó el momento de partir, Marianela le prometió a Lucero volverla a ver el próximo jueves, Marianela se había dado cuenta de que su amiga de verdad la necesitaba: "La Parca podía esperar..."