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Extranjera, por Raquel Míguez
 
 
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Publicado el Miércoles, 18 agosto a las 15:30:00
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Yo, de pequeña, era extranjera. Me di cuenta en cuanto empecé a ir al colegio, por el acento. Yo practicaba para mejorarlo a espaldas de mi padre y llegué a pronunciar perfectamente: la bandera venesolana eg-amarilla, asul y roja. Luego, de vuelta a casa, cambiaba al acento español de la madre patria, aunque de vez en cuando se me escapaba alguna ese por ce que mi padre corregía enseguida.

Es complicadísimo ser extranjero cuando vas al colegio. Muy complicado. Por mucho que lo intentes no consigues ser del montón. Siempre hay un detalle que te delata: la forma como tu madre te hace la coleta, lo que cuentas que haces los fines de semana, lo que comes, los programas que te dejan ver en la tele. Y todo es importante porque cada cosa te separa del resto. Tienes que aprender a mimetizarte con el entorno con la naturalidad del camaleón para que no te hagan daño fuera y luego, en casa, volver enseguida a tu estado inicial para que tu familia no te mire como a una extraña. Estás más sólo que la una cuando eres niño y extranjero.

Yo iba a un colegio de religiosas españolas, pero todas las compañeras que recuerdo eran venezolanas y las monjas eran unas de aquí y otras de allí.

La prefecta era venezolana. La versión femenina del Emeá del Equipo A: alta como una torre, gorda como de Botero y negra como caffelatte. Emeá veía en mí la personificación del yugo español sobre el indígena, así que no perdía ocasión para vengarse. Si, por ejemplo, me la cruzaba en los pasillos me cortaba el paso, se doblaba sobre la cintura y me susurraba al oído: "¡Aparta, españolita de mierda!" Si me hubiese atrevido le hubiera explicado que lo de ser extranjera lo hacía sin querer, y que por más que me esforzaba, no conseguía cambiar el tono de mi piel ni hablar correctamente.

Una tarde, ya tendría unos siete años, me vomité encima delante de todo el colegio. Estábamos en el salón de actos y empecé a sentirme mal, me dolía la cabeza como si tuviese sobre la sien un martillo pilón. Pero ese día era la malvada Emeá quien hablaba desde lo alto de la tarima, así que me aguanté cuanto pude las ganas de devolver.

Primero eructé dos truenos que rompieron el silencio que ella imponía y a continuación vomité sin moverme de la silla. En dos tandas. Un par de arcadas, vómito. Descanso. Una tercera arcada, vómito. Silencio. Notaba todas las miradas sobre mí y la humedad traspasando el uniforme hasta mi pecho y mis piernas. No podía levantar la vista de mi blusa blanca, un collage de dados amarillos y verdes de olor agrio. Sabía que Emeá no iba a mover un dedo. Que esperaría el tiempo que fuera necesario para que me levantase delante de todo el colegio y le pidiese permiso para salir a limpiarme. Pero el miedo me mantuvo clavada a la silla y empecé a pensar que yo no era yo, que no tenía por qué moverme ni de qué preocuparme porque ya no estaba allí sino en casa.

Después de una eternidad, una niña de las mayores se levantó en medio de la expectación general y caminó entre las sillas hasta llegar a mi altura (recuerdo lo limpios que me parecieron sus zapatos junto a los míos), se paró frente a mí, me tendió la mano y me sacó del salón.

Anduvimos sin soltarnos hasta los servicios, donde me ayudó a limpiarme y a ponerme el uniforme de gimnasia arrugado que sacó de su bolsa de deportes: "Estará un poco sudado."

No le supe dar las gracias más allá de una sonrisa. Pasó el tiempo y a los once años yo iba a dejar de ser extranjera. Nos volvíamos a España. El último día de mi último curso en Caracas, mis padres habían pedido a mi tutora que me permitiese volver a casa una hora antes. Salí de la clase como si fuera a regresar al día siguiente, cerré la puerta despacio, me quité los zapatos y patiné por el suelo de mármol de los pasillos vacíos hasta el despacho de la prefecta. Me paré frente a la puerta de madera oscura y cristal traslúcido. Dejé la cartera en el suelo, apoyada en la pared y corrí de puntillas de un lado a otro del pasillo. Todo el mundo estaba en clase. Entonces me bajé las bragas, me agaché y oriné allí, en la puerta de su despacho, antes de salir corriendo hasta el coche de mi padre.

 
 
 
   

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