
Esta mañana, Toñi no ha ido al Instituto. Camina, malhumorada, por la calle del barrio arrastrando el carro de la compra. Piensa en el control de Lengua. La "sonrisas" no querrá repetírselo y tendrá, otra vez, un cero. Pero tiene que comprar. Se lo ha pedido la abuela. Pañales para su hermano, arreglo de cocido, la medicina del abuelo. Antes de caer enfermo, el abuelo ayudaba.
Ahora, en la cama, sólo grita, con sus ojos de loco, llamándola puta como a su madre, esa desconocida. A la abuela se le ha acabado el dinero. El giro mensual de su hija se retrasa. Toñi no quiere ir a la tienda. Sus ojos brillan. Con la manga de la chaqueta, seca su mejilla.
La niña entra en el supermercado del barrio. Un olor a cebolla la recibe. Se acerca a la sección de carnicería y mira al grupo de clientas que esperan en la cola. Son todas iguales. Se parecen a su abuela: arrugadas, gordas, bajitas, con sus pelos rizados, teñidos y con zapatillas de felpa.
-¿Quién es la última? -espera su turno y juega con sus coletas rubias. Se va a dejar el pelo largo hasta la cintura como Souad, su mejor amiga. No entiende cómo lleva siempre ese pañuelo en la cabeza, con el pelo tan bonito que tiene. Un día se lo enseñó en su casa. Tampoco comprende por qué no come cerdo, no hace gimnasia como las demás compañeras o por qué se casará con el chico que decida su padre ¡Ella no! Ella se casará con el chico que quiera...
-¡A ver, nena! ¿Te toca a ti?
La voz chillona de la dependienta la devuelve a la tienda.
-Sí -contesta, mientras saca del bolsillo de la chaqueta la lista arrugada escrita por su abuela-. 1/4 de magro, dos trozos de tocino, tres morcillas, dos huesos de tuétano...
-¿Cómo está tu abuela? -pregunta la mujer mientras sus manos carniceras buscan entre las piezas sangrantes de la vitrina del mostrador.
-Bien. En casa, con mi hermano y el abuelo.
-¡Qué grande está el niño! La semana pasada lo trajo tu abuela. ¿Cuántos años tiene ya?
-Dos.
-Parece mayor. Aquí está todo ¿Algo más?
Ya en la caja, sus dedos titubean mientras colocan los pañales sobre la cinta rodante.
-55 euros. La cajera, con cara de loro, pronuncia la cifra sin mirar a la niña.
-Apúntelo en la cuenta de mi abuela Mercedes -su voz tiembla como los dedos. Toñi percibe una mueca de desprecio en la boca de la cajera cuando ésta le pregunta:
-¿Cómo has dicho que se llama tu abuela? -Las mejillas le arden. Oye rechinar el silencio de las clientas que esperan detrás de ella ¡Como si la loro esa no lo supiera! La conoce bien. Vive en la misma calle.
-Mercedes García -contesta sin voz. Los ojos huecos de la mujer buscan en una libreta grasienta el nombre de su abuela. Una voz acusadora suena:
-Aquí tienes una cuenta por pagar todavía.
La niña siente las cuchillas de todas las miradas. Quiere desaparecer. Sólo consigue articular un hilo de palabras:
-Ya. Mi abuela me ha dicho que vendrá a pagarlo.
Sin contestar, la cajera anota la cantidad. Toñi sale disparada. La vergüenza le quema la espalda.
Es mediodía. La niña entra en el portal de su finca. Sube la escalera tirando del pesado carro. En el primer piso huele a lentejas. Nota un pellizco en el estómago. Sigue subiendo. Piensa en los compañeros que están saliendo del Instituto. En el cuarto piso, abre la puerta de su casa y oye, al fondo del pasillo, la tele y la voz de la abuela jugando con su hermano. A hurtadillas, entra en la cocina, abandona la compra sobre la mesa y sale de la casa escapando de las camas sin hacer.
Ya en la calle, cruza varios solares y camina entre sucios edificios que se levantan, cual colmenas, en un paisaje de cemento. No hay árboles en su barrio, sí coches abandonados, contenedores de basura llenos y botellas de plástico por el suelo, como la que acaba de pisar. Camina y se imagina cómo será de mayor, su juego favorito desde hace años: es una mujer elegante, gana mucho dinero, trabaja de secretaria, viaja mucho y vive en un barrio muy verde como los que salen por la tele.
-¡Toñi! Dimitri y Paco, sus compañeros de clase, la han visto y corren hacia ella.
-Hola, ¿qué te ha pasao? -pregunta Paco-. Hoy había control.
-Ya lo sé. ¿Ha sido difícil? -Joer, tía. La "sonrisas" se ha pasao tres pueblos. Nos ha puesto frases pa analizar ¡Una mierda, tía! Si lo llego a saber, hago como tú: no voy.
La niña mira los ojos griegos de Dimitri mientras habla. Es un año mayor que ella: ya tiene trece. Odia estudiar: quiere ser albañil, como su padre y sus hermanos mayores.
-Pues, yo no he puesto ná. Le he devuelto el folio en blanco -dice Paco, mientras se enciende un porro que saca del bolsillo.
-¿Y a Souad? ¿Cómo le ha ido?
-¿Y yo qué sé, tía? Ya sabes lo rara que es. No cuenta ná. ¡Un buen meneo le daría yo a esa morita!
-¡Eres un gilipollas, Paco! -Toñi se enfurece. No soporta la chulería de su vecino, por muy hijo de camello que sea.
-Tranqui, Toñi ¡éste está rayao! -interviene Dimitri. Paco inhala una calada del canuto y se lo ofrece a la niña.
-¿Quieres?
-Sí, trae -Y la chiquilla inspira profundamente del apretado cigarro. Son las dos. Hora de comer. Dimitri saca unas canicas. Los tres niños se agachan. Ya no hay hambre, ni control de Lengua, ni cajera con cara de loro, sólo unos diminutos, redondos y fríos cristales multicolores resbalando por el suelo.