
Buenos días niña calagurritana. Aunque sé que no me podés leer de ninguna forma cognoscible, quedan las incognoscibles. Por ejemplo, en forma de vapor de hidrógeno, y por encima de mi hombro derecho, podrías leerme con fruición inaudita.
O bien transformada en mengues, asombrada por mareas incandescentes, podrías prescindir toda lógica obsoleta y cabalgar hasta mí a través de prados de purrusalda en pepitoria, a bordo de un corcel verdinegro calzando borceguíes de fieltro, jaspeando a tu paso las colinas más bellas con témpera y fijador.
Buenos días otra vez, santiaguera. Ahora en serio: las mañanas de Toledo saludan tu alta frente tan descollante por fuera del carrusel que la multitud incandescente ingiere veneno para probarte admiración inmarcesible. Después de tan bello rostro ver todo resulta banal, grita el populacho. Y a mí me parece que además todo lo anterior es una chapuza, grita un sonado antes de inmolarse saltando desde la más alta cabina telefónica sobre unos paraguas dispuestos a mala leche. Es el sentir popular, no puedes contradecirme. Dame de tu blanca mano más que los anillos los pellejucos para que pueda rechupetearlos salaz y obnubilado.
Dame de tu cáliz el néctar exquisito en que yo arregostarme pueda riéndome un poquito. Entra conmigo en la bañera, vámonos juntos de compras, préstame tus discos de cumbias, halaga amablemente mi figura. No me hagas preguntas: Burlate conmigo de los anuncios de leche, camina serena por entre los ortigales cotidianos, practiquemos los andares raros, seamos incorrectos.
Eructame en la boca con gusto a chorizo. Ponme a prueba. Plantemos un pino juntos, en la ladera, nada es raro. Riete como una brujita justo cuando no toque. Haz voces raras. Folguemos riendo. Toma mis calcetines. No te pienses que se los presto a cualquiera. Y prometeme que nunca, nunca, nunca, te enamorarás en secreto de George Clooney.
Te quiere a mansalva:
Tu cuarto de pilastro de maravedí.
Nota: Carta finalista del I Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor.