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La camioneta, por Juan Carlos Márquez
 
 
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Publicado el Lunes, 16 agosto a las 15:51:57
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Habíamos convenido engendrar un bebé muy pronto, pero tuvimos que aplazarlo -muy a mi pesar- porque Kabu se empeñó el mismo día de nuestra boda en comprarse una camioneta blanca, un trasto largo y polvoriento de tercera o cuarta mano que lleva semanas reconstruyendo pieza a pieza y tardaremos en pagar más o menos lo que dura un embarazo.

Aún estábamos en los postres cuando me enseñó bajo la mesa un sobre lleno de billetes y me susurró al oído: Cariño, con esto ya nos llega para la entrada. Aquello me cogió totalmente desprevenida. Si que me había hablado en alguna ocasión de comprar una camioneta cuando estuviéramos asentados, pero nunca supuse que fuera tan inminente. Aunque debí sospecharlo por su forma de comportarse todos los domingos cuando nos quedamos en casa de mi madre viendo "Corrupción en Miami". Cada vez que sale un coche le brillan los ojos como ascuas y no puede evitar decir la marca: Ferrari, Lancia, Mazda? A veces, con mucha frecuencia, en las persecuciones los coches se abollan o explotan en una enorme bola de fuego y Kabu se levanta, patea el suelo y suelta por la boca la primera maldición que le viene a la cabeza. Le repetí que para mí era prioritario tener un bebé, que necesitaríamos ese dinero para el ginecólogo y el ajuar, y le recordé que ya tenemos una motocicleta -con la que él reparte el correo en los arrabales de Ouagadougou y me deja cada mañana en la puerta de la escuela-, pero insistió en que aquella camioneta era una ganga -sólo cuesta dos mil cochinos francos, gritó llevándose las manos a la cabeza- y en que con su pericia, un libro de mecánica y una caja de herramientas que le iban a prestar quedaría como nueva. Está mal que lo diga una recién casada, pero la verdad es que Kabu es terco como la corteza de un baobab.

Esa misma tarde, la de nuestra boda, Kabu trajo a empujones la camioneta hasta el patio de grava de nuestra casa. Llegó sudoroso y extenuado. Me contó, mientras bebía una lata de cerveza, que la había traído desde un desguace camino de Koudougou, a más de tres kilómetros de aquí, por unas tierras ondulantes y agrietadas que sólo frecuentan los buitres y algún que otro antílope extraviado de su manada que busca alimento en los espinos. Dijo también que ahora él y sus amigos podrían ir como señores a ver el partido de la Copa de África contra Mali, por la carretera del Parkinson, sin estar pendientes del autobús, y otras muchas cosas que no escuché porque no puedo quitarme el bebé de la cabeza. Quiero tenerlo, no quiero esperar. Me encantan los niños, por eso me hice maestra. Son como darle la vuelta a la almohada en una noche de bochorno o como esas gotas gruesas y frescas que matan el calor en la época de lluvias. A mi edad mi madre ya nos tenía a Viviane, a Yolande y a mí y siento que me estoy deteniendo, que esa camioneta está deteniendo el curso de mi tiempo. ¡Hasta había hecho ya un babero azul de ganchillo y una jirafa con bolas de ébano!

Desde que esa vieja camioneta blanca está en nuestro patio apenas veo a Kabu. Cuando vuelve del trabajo, casi al anochecer, cena aprisa un sandwich de pollo frío o un cuenco de arroz y sale al patio a la carrera, revolviendo la grava con sus chanclas y levantando a su paso nubes de polvo. Se tumba en los asientos delanteros de la camioneta, con los pies sobre el volante, y lee el manual de mecánica con sus gafas de aumento -tiene la vista cansada de descifrar direcciones escritas con mala letra-. A veces se queda dormido con el manual sobre el pecho y las manos manchadas de grasa o de aceite y me despierto sobresaltada cuando estiro un brazo o una pierna y noto su ausencia. Me envuelvo en una sábana blanca como un fantasma y salgo a buscarle en medio de los ruidos de la noche. Y lo acuno, lo zarandeo, casi tengo que arrastrarle para que entre en la casa. Ni siquiera descansa los domingos, sólo el rato que pasamos en casa de mi madre viendo "Corrupción en Miami". Se levanta temprano y se pasa la mañana entre pastillas de frenos, carburadores, bujías, correas del ventilador, platinos y bombas de gasolina. Mira una y otra vez los dibujos del manual, pero a veces no entiende nada y se desquicia como un niño hambriento que no encuentra el pezón.

La semana pasada las cosas empeoraron. Vinieron a visitarle tres de sus amigos y, después de agotar nuestras cervezas, apostaron que la camioneta no estaría a punto para el día del partido contra Mali, que se juega esta misma tarde, justo hoy que mamá cumple años. Aunque no he insistido en que me acompañe. Creo que ya he dicho que Kabu es más terco que la corteza de un baobab. Esta última semana se ha pasado varias noches seguidas trabajando en la camioneta. Apenas podía mantener los ojos abiertos y le he visto mucho más delgado, pero cuando ha escuchado el run-run del motor y la camioneta se ha puesto en marcha lo ha celebrado con saltos y cabriolas y todo el vecindario se ha acercado a nuestro patio a darle la enhorabuena. Menudo alboroto, parecía que Burkina Faso hubiera ganado el Mundial. Luego me ha dado un beso en la boca y se ha puesto a encerar la camioneta con una esponja, mientras venían sus amigos y yo le preparaba unos bocadillos de fiambre para el partido. He estado observándole a hurtadillas por la ventana y al ver su torso desnudo y sus brazos negros retorciéndose sobre el capo blanco de la camioneta me ha venido a la mente un crucigrama. Cuando han llegado sus amigos le he preguntado si podían acercarme hasta casa de mamá, pero me ha dicho, con la mayor naturalidad del mundo, que no, que no les coge de paso y, que si quiero, que vaya en su moto. Después, sin mediar palabra, me ha dado otro beso en la boca, se ha puesto una camisa, ha cogido su bocadillo y se han largado aporreando el claxon. Me he puesto mi mejor vestido y he arrancado la moto, y cuando apenas llevaba recorridos unos doscientos metros, me los he encontrado parados, de pie, frente a la gendarmería, cuatro negros hechos y derechos mirando como bobos el motor de una vieja camioneta blanca. He pasado de largo, sonriendo, sin apenas mirarlos, pero creo que Kabu me ha visto pasar.

Nota: Relato finalista del I Concurso de Relato Fotográfico
 
 
 
   

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