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Bajo los buitres, por Elena Yáguez
 
 
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Publicado el Lunes, 16 agosto a las 15:36:56
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Llegaron al anochecer con sus plumas negras, de color de sangre reseca. Llegaron en silencio, cuando el sol se iba, con ojos de hiena y garras de león. Mi madre y las otras mujeres preparaban la leña para hacer el fuego de la cena. Los niños recogíamos las piedras con las que jugábamos al Sumibá.

El Sumibá es un juego muy antiguo, que a mi me enseñó mi madre, y a ella la suya. El sumibá sirve para pedir deseos a la primera estrella de la noche. Aquel atardecer, sin presentir a los pájaros negros, Amin, mi primo, pidió la lluvia, para que le crecieran las pestañas porque a Amin cuando llueve le crecen las pestañas. Yo vivía en un poblado cerca del cauce del Nyimba. A lo lejos veía a Kabanga quien a veces rugía pero hacía mucho tiempo que no lo oíamos. Kabanga dormía, y yo le temía porque sabía que guardaba lenguas de fuego en su corazón.

Hicimos un corro, tiramos las piedras al aire y nos cogimos de las manos. Yo pedí una barca, para viajar en busca del mar cuando creciera el río. Safiya, la hija pequeña de mi padre, pidió un pájaro de alas moradas, para volar a las cumbres de nieve del Kayeyé, de las que hablaba la abuela cuando nos enseñaba las estrellas. La abuela era la más anciana del poblado. No había nadie más anciana que ella, tanto que no le quedaba ni un solo diente. No presentí la llegada de los pájaros negros a pesar de que estaba anocheciendo y el calor era tan asfixiante como el de mediodía. Fue una señal que no escuchamos. Tomados de las manos, cerramos los ojos, antes de que los viéramos llegar, con sus alas alargadas, con sus picos ganchudos y olor a carroña. Llegaron en silencio, con sus graznidos escondidos en la garganta. Sentí el sudor de Amin en mis dedos y abrí los ojos un instante. Le miré de reojo y los volví a cerrar para no enfadar a Sumibá, la primera estrella de la noche. Amin quería la lluvia para sus pestañas. A mí me gustaba Amin tal como era, con ojos negros y párpados de lagarto durante la sequía, con ojos aún más grandes en la temporada de las lluvias. Hacía muchas lunas que el cielo no se abría, y el cauce del río se resquebrajaba, "como mi vientre", decía mi abuela, "como mis talones" le respondía yo. Las mujeres habían encendido el fuego de la cena. Raiwa tiró su piedra y pidió un techo para su cabaña, le asustaba el ruido de la noche. Para que se cumplieran los deseos que cada uno había pedido, sin soltarnos de las manos, cantamos nuestra canción. "Sumibá, Sumibá, despierta y acude. Sumibá, Sumibá abre tu mano y envíanos tus regalos, Sumibá muestra tu sabiduría y habla, despierta ya".

El sol se estaba poniendo y no los vimos llegar. Mi abuela hacía sonar las cuerdas de la khora mientras las mujeres amasaban las tortas de mijo. Para que se cumplieran los deseos, nos soltamos de las manos y corrimos cada uno hacia nuestra piedra. Todavía no vimos los pájaros negros que volaban sobre el poblado. Las mujeres de mi padre compartían el fuego. Mi padre y los otros hombres no regresarían hasta después de dos amaneceres. Yo nunca había ido a Ougadougou pero lo conocía como si hubiera vivido allí por los relatos de mi padre y de los otros hombres cuando regresaban después del mercado. Allí los hombres hacían los trueques. Y como flamencos, los pájaros rosas y blancos que nos visitaban después de la crecida de Nyimba, sobre un solo pie, durante unos segundos, nos posamos sobre las piedras. Habíamos terminado el juego del Sumibá cuando los vimos volando sobre nuestras cabezas. Hacían círculos y eran muchos, negros como la sangre seca, negros como la tierra sin agua. Venían con las alas desplegadas y olor a podrido. Y entonces oímos el ruido de la lava que corría derramándose desde el volcán. Kabanga había abierto su boca y vomitaba toda su furia contra nosotros. Sumibá se había equivocado. Sentí el fuego en mi cuerpo. La lava corría por el lecho del Nyimba, por donde el agua crece cuando empiezan las lluvias. El rugido de Kabanga ahogaba nuestros gritos y la música de la khora que la abuela tocaba. Y volando en círculos, sobre nuestras cabezas, los buitres lanzaron sus graznidos. Mi abuela, la mujer más anciana del poblado, no quiso moverse, siguió tocando hasta que se la tragó Kabanga. Amin pidió la lluvia y llegó el fuego. Apenas tuvimos tiempo de terminar de recoger nuestras piedras. Yo perdí la mía. Amín me cogió del brazo y corrimos para escapar de la ira de Kabanga. La piel me ardía. La lava avanzaba hacia nuestras chozas. Yo perdí mi piedra y quise volver a recogerla. Pero Amin me sujetó del brazo con fuerza y tiró de mí hacia lo alto de una roca. Pude ver a mi madre con mi hermana Safiya en los brazos huyendo del incendio. Entre el polvo y la humareda, las mujeres aullaban como lobos, por encima del estruendo, en busca de sus hijos. La tierra tembló como en el principio de los tiempos. Los buitres carroñeros volaban en círculos sobre nosotros, preparando su fiesta. Sumibá se equivocó y nos mandó el fuego.

Nota: Relato finalista del I Concurso de Relato Fotográfico
 
 
 
   

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