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Ya puedes comprar el libro de los alumnos
 
 
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Publicado el Martes, 08 junio a las 12:00:00
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Ya está a la venta ‘Hasta anegar las torres’, el libro con textos de los alumnos que cada año publicamos en Escuela de Escritores. El nuevo volumen se presentó el pasado 21 de junio en Madrid. Durante la fiesta contamos con la presencia unos trescientos alumnos de las diversas sedes de la Escuela y del plantel casi al completo de profesores. Queremos agradeceros a todos el buen ambiente que volvimos a experimentar en esta ocasión, y, sobre todo, a los alumnos y profesores que se acercaron desde otras ciudades y países para poder compartir con todos este día tan especial. Si quieres adquirir ejemplares de ‘Hasta anegar las torres’, puedes solicitárnoslo a través de info@escueladeescritores.com o comprarlo directamente en esta web. Haz clic en Leer más, para acceder al genial prólogo de Ignacio Ferrando.

Hasta anegar las torres, por Ignacio Ferrando
Me acerco al fregadero muy despacio. Entre el naufragio de vasos sucios y ensaladeras encalladas, reparo otra vez en los pequeños grumos de grasa que bogan mansamente hacia los lados. Sospecho que no valdrá de nada. Aun así, giro lenta, muy lentamente la llave de paso. La cañería, sobre la escayola del cielo raso, produce un sonido hueco, como el eructo de un brontosaurio que despierta. Pero nada. De agua, ni gota. Paula hace semanas que se marchó y no ha vuelto. El silencio, desde entonces, es casi absoluto. Para mí, es como si permaneciera en cada uno de los objetos que abandonó minuciosamente, en la toalla de rizo, en el bote de suavizante, en la minúscula impronta que sus labios dejaron sobre la barra de rouge. La cocina ha terminado por convertirse en una escombrera de cazuelas sucias y pucheros y recipientes medio llenos que flotan a la deriva cubiertos de costras endurecidas. Me quito el zapato. Con el tacón, golpeo la tubería. Son dos, tres golpes secos para ver si consigo que salgan unas gotas, ese último reducto que siempre queda estancado en las cañerías. El difusor solo escupe un pequeño vómito negro que se extiende bajo la superficie como la tinta de un calamar. Vuelvo a golpear la tubería otra vez. Es entonces, en ese momento, cuando lo escucho. Al principio me parece el titubeo de alguien indeciso, el latido de un bebé dentro de un útero de hojalata. Así que dejo el zapato en el suelo y trato de escuchar. Viene de lejos, de dos o tres pisos por encima, quizá del séptimo. Son golpes espaciados, con una cadencia flemática, estudiada. No soy idiota. Me doy cuenta de que trata de decirme algo. Aprendí el alfabeto morse con trece años, en el campamento de los curas. Por las noches nos comunicábamos con la tienda de las chicas golpeando con la linterna o el machete el tubo central de la tienda. Así conocí a Paula. Tenía dos años más que yo pero le faltaba una pierna. Lo primero que me regaló no fue su tristeza sino las cinco letras de su nombre, punto, raya, raya, punto, «P», punto, raya, «A», punto, punto, raya... Anoto también ahora la secuencia de golpes en la pizarra donde Paula apuntaba las cosas que se iban terminando, el apio, los halógenos del pasillo, nosotros. Descifro la señal. En una columna, los puntos y las rayas, en la otra, su correspondencia alfabética, «las torres», dice quien quiera que sea, «hasta anegar las torres». Es un zapato de tacón, seguro: el sonido es inconfundible y mucho más afilado. Una zapatilla de deporte o una sandalia o un zapato de varón producirían un martilleo mucho más opacado, más hueco, menos transparente. Imagino a esa otra vecina espaciando las letras, «h-a-s-t-a a-n-e-g-a-r l-a-s t-o-r-r-e-s», repite. Me siento en el suelo porque no comprendo. Tengo la certeza de que, en este caso, comprender es secundario. Por encima de todo está la necesidad de escuchar lo que tiene que contarme. Golpeo ahora yo: «t-e e-s-c-u-c-h-o», le digo. Pongo especial dedicación en las pausas, en la entraña del lenguaje, en ese vacío que no dice nada pero lo dice todo. Ella responde que se llama Marcela, eso sí lo entiendo, y que desde hace semanas su casa se va llenando progresivamente de arena. Los sumideros ya no tragan y el nivel sigue subiendo y ya le llega por las rodillas, «hasta anegar las torres», vuelve a repetir. Yo la tranquilizo, «si te consuela», le digo, «a mí, cada centímetro de esta casa me recuerda las manos de Paula, cada esquina, su voz. Tengo el piso convertido en una leonera». Trato de sintetizar, de no comenzar desde el principio porque el morse es lento, vaya si es lento: me eternizaría si tuviera que contarlo todo. Pronto comprendo que, si no quiero aburrirla, solo debo cincelar lo absolutamente necesario.

Esa tarde Marcela y yo nos hacemos compañía, toda la tarde, de un modo recíproco, extremadamente natural. Luego ella empieza a excusarse, a decir que tiene que irse, que él volverá en veinte minutos y que no le gusta cenar frío; él se enfada si ella se distrae. Es una despedida tan larga como poco creíble, «de verdad, tengo que irme», dice, «al fin y al cabo, la cama de matrimonio es lo único que flota en esta casa». «Adiós», le digo. «No, en serio, tengo que irme». Y ella sigue dando excusas para marcharse sin terminar de hacerlo. En mitad de nuestra despedida, aparece Hipólito. Tiene 45 años y es el vecino del décimo. Me lo he cruzado varias veces en el ascensor. Va arrastrando sus zapatillas de fieltro y lleva un mono gris cuajado de manchas. Es el dueño de una tasca en la esquina que siempre está llena de bebedores sentados en la penumbra, alineados en las banquetas, casi siempre silenciosos. Nadie sospecharía, viéndole de esa facha, que es un coleccionista de fracasos ajenos; así nos lo confiesa: «hay profesiones extrañas, no catalogadas», dice golpeando la cañería, «la felicidad no interesa, los fracasos incitan más a la bebida, eso es bueno para el negocio». Habla en serio, claro que habla en serio. Golpea el alicatado con el mango de un destornillador o con un cucharón o con algo metálico. Los grifos vibran como si fueran a desprenderse de su soporte. Un tal Antoine —que ha estado espiando la conversación— toma la palabra y nos cuenta que, de todo el vecindario, él es el único que lleva muerto toda la vida, que es infinitamente feliz siendo un muerto. Yo le digo que eso es imposible, que estar muerto y ser feliz es contradictorio. «Me vas a decir», golpea airado, «que esta es la única contradicción que mueve el mundo». Antoine vive en el ático —desde la ventana se ven sus tamarindos desbordando la terraza— y tiene respuestas para todo. Sigue un rato con sus acertijos y sus trabalenguas, citando a Mark Twain cada poco, pero nosotros ya hemos desconectado. Pronto hemos sabido de su vocación frustrada por concretar lo inaprensible, el vacío, la certeza, cosas así, la verdad, el tiempo, «oraciones infinitas para no decir absolutamente nada», le recrimina María Luisa, desquiciada. Seguimos insomnes, agazapados junto a las tuberías, cada uno a lo nuestro.

En mitad del silencio de la barriada, solo se escucha la percusión de nuestras zapatillas, el tam-tam de nuestras conversaciones cruzadas y las recriminaciones que nos hacemos los unos a los otros, «pues yo no me lo creo», «pues me da igual, es lo que quería contar», «a ver, a ver, entonces por qué?». La verdad sea dicha, los vecinos de este bloque nunca hemos tenido una relación demasiado cordial. Al menos no cuerpo a cuerpo. Casi siempre, los vecindarios son víctimas de ellos mismos, los cuerpos siempre entorpeciendo. Nos ignoramos al cruzarnos en el rellano pero vivimos agazapados detrás de las mirillas, expectantes a los orgasmos de la del tercero, a las mudanzas inacabables de los otros, quién viene, quién va. Por eso ahora lo pasamos tan bien. Es una locura, pero lo pasamos en grande incomunicados en nuestras respectivas cocinas.

De eso han pasado dos semanas.

No bebo una sola gota desde hace días. Esta mañana abrí el cajón de la ropa interior de Paula y aunque estaban sus bragas —pulcramente dobladas, las de diario, las otras— y su pijama de flores y todo lo demás, ella había desaparecido, ya no estaba allí. Supongo que las heridas cicatrizan, todas, casi todas. He pensado en contárselo a Marcela porque se pondrá muy contenta. Es de las únicas personas del vecindario que se alegra cuando yo me alegro, no así Hipólito, no así Antoine? Marcela y yo tenemos nuestra contraseña para los momentos de intimidad, un vibrato especial que producen las tuberías al rozarlas con la botella de cristal corrugado. Apenas la nota desencadenada por un diapasón al final del intervalo. Espero. Nada. Otra vez. Nada. Me pregunto qué le habrá sucedido, Marcela jamás falla a sus citas. Tengo un presentimiento. Desde hace días sospecho que tanta arena, quizá, pueda terminar por asfixiarla.

Es entonces cuando desde el séptimo escuchamos ese rumor bajando por las cañerías; un sonido que crece conforme desciende por las bajantes e invade cada una de las ramificaciones de la instalación. Ha llegado a los inodoros, a las llaves de corte, a las válvulas. El siseo es ensordecedor, como un silo de grano que se vacía muy, muy rápido. En el epicentro del fregadero se han formado ondas concéntricas que chocan contra los bordes. Los platos tintinean y la fuente que quedó a medio hundir tras la última cena, amenaza ahora con partirse. Uno de los vasos se da la vuelta y se hunde hasta el fondo, produciendo un sonido clueco, dejando en la superficie pequeñas burbujas que desaparecen inmediatamente. Las juntas de teflón empiezan a aflojarse y una grieta en zigzag cruza la escayola y llega a la moldura y rompe varios azulejos, desprendiéndolos. Cuando ya temíamos lo peor y cada cual recogía sus últimos enseres para salir huyendo al resguardo de la multitud, se ha hecho un silencio profundo, casi inhabitable, una nota de vacío suspendida entre los huecos de ventilación. Me he quedado mirando la boquilla del grifo —y como yo, he imaginado a Antoine y a Hipólito y a Carmen y al resto del vecindario—. Primero han sido unos granos, luego un chorro fino, muy fino, casi indistinguible, de arena suave. Un caudal que ha ido formando una pequeña isla en el centro de la pila. Luego se ha ido escorando y se ha sumergido como una Atlántida condenada entre las tarteras y los platos y las perolas.

Cierro el grifo. El flujo de arena cesa. Las instalaciones están ahora anegadas de arena. El primero que golpea es José Alberto, del tercero A. El sonido llega con retardo, un poco acoplado, pero diáfano, limpidísimo. Cierro los ojos. Espero a que, de un momento a otro, mientras José Alberto inicia su relato, Marcela se quite su zapato y diga algo, lo que sea, «chicos, siento lo de la arena», algo así, «no podía más». Pero José Alberto ha empezado a contar la historia de un tipo que padecía fuertes erecciones cada vez que alguien le suplicaba, «se ponía a cien». Todos sabemos que habla de él mismo, pero nadie se lo dice. Los supervivientes abrimos fuego, punto, punto, raya, decimos, «te escuchamos».
 
 
 
   

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