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El gran partido, por Marzio Girola
 
 
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Publicado el Domingo, 15 agosto a las 08:50:00
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Aún en aquellos tiempos, habiendo pasado ya casi cuarenta y cinco años de haber conquistado el campeonato mundial de fútbol, vestir la camiseta celeste, era todo un desafío; diría que hasta una responsabilidad. Aquel que la usaba, sentía como lo invadía la magia de aquellos hombres que lograron una gran victoria.

Hoy día, pasados ya setenta y tres años, todavía resuena el grito de goooool, en la memoria de todos los uruguayos. Para algunos, un momento de gloria; para otros un mojón en la historia que les marca setenta y tres años viviendo de glorias pasadas.

Para Leo, el tener puesta la celeste no era mas que un juego, en especial ese día, el día del Gran Juego. Y en este partido, se definiría quién sería el verdadero campeón de campeones del barrio. Jugaba nuestra calle contra la calle de ellos. Paralelas y separadas por una sola cuadra transversal. Eramos rivales en todo. En cantidad de bicicletas por bando, en velocidad, en chicas y sobretodo en el fútbol. Aunque en el fondo sabíamos que esta rivalidad respondía a una necesidad práctica. Para toda competencia se necesitan dos partes que compitan. Así pues, compartíamos las Navidades, los fines de año, la playa, hasta las frutas, botines extraídos de los frutales de las casas de los vecinos. Todo se compartía en armonía hasta que se iniciaba una competencia, de allí en adelante, todo era la guerra. Así que, como ya habían transcurrido unos cuantos días de tolerancia total, a Leo no se le pudo ocurrir nada mejor que gritarle a Juan, que era de la otra calle, cuando lucía su pelota nueva; “Gordo, hubieras pedido un melón en vez de una pelota, por lo menos el melón te lo podés comer, con ese balón y esas patas de chicle te vas a matar, horrible”. Y bueno.; no pasaron diez minutos que una tropa de bicicletas invadió nuestra calle en busca de Leo, quien por supuesto, estaba en su casa metido quien sabe donde. Y dadas las circunstancias, en las que no hubo víctima para resarcirse, se pactó para el Sábado a la tarde un campeonato de un solo partido. Máximo 9 jugadores por calle. El motivo, comprobar quienes eran los verdaderos “pata de chicle”.

No faltó la concentración del equipo. Nadie tocó una cerveza ni salió a bailar el viernes. A los recién iniciados con el tabaco, se nos prohibió terminantemente fumar. Y el Sábado a la mañana, riguroso fue el faltar al Liceo para evitar el estrés.

El partido comenzó a las cuatro de la tarde. Como era cosa de hombres, no se había comentado nada a nuestros padres ya que su presencia, nos despojaría de toda hombría. Asistieron solo novias y amigos de otras calles. El compromiso y el honor llevó a que seamos nueve contra nueve, nadie había faltado y Leo, con la celeste puesta, nos hacía sentir que éramos veinticinco en la cancha.

Era muy buen jugador, En su flacura, era capaz de correr, eludir a la defensa y mirar al compañero para dar el pase en el momento preciso, todo a la misma vez.

Los dieciocho, ubicados cada uno en su lugar, con mirada recia, esperábamos inmóviles el inicio de la contienda. Esperamos un largo tiempo, hasta que uno gritó: “Vamos che! No nos estamos demorando demasiado.” Leo, que jugaba de nueve, y estaba parado en el medio de la cancha esperando la señal para dar el puntapié inicial, giró hacia mi la cabeza y con media sonrisa gritó: “Como no vamos a demorar en empezar, si no hay juez?”. Era cierto, nos habíamos olvidado del juez. Improvisamos rápidamente un curioso con un pito y fue inmediatamente nombrado juez por unanimidad, no quedaba otra.

El desconocido se paró en el centro de la cancha, alzó su brazo derecho, infló su pecho, pegó el pitazo y dio comienzo al gran desafío.

Eso, era un escándalo. Treinta y seis piernas entrelazadas tras una pelota que parecía querer huir de aquella avalancha de puntapiés. El juez ya estaba mareado de tanto soplar su pito y no era para menos, ya que al no haber línea de cancha, el fuera de juego quedaba a criterio de los diecinueve.

Leo conocía muy bien la cancha ya que vivía en frente a ella, en la casa amarilla y permanecía mas tiempo en la cancha que en su casa.

En un pase largo, Logró engancharla con la derecha eludiendo a un defensa, faltaban cinco minutos para terminar el primer tiempo, jamás olvidaré esos cinco minutos.

Giré para ver a mis espaldas porque el ruido de los motores llamó mi atención.

Leo, utilizando un árbol como pared, hace rebotar la pelota logrando avanzar unos cuatro metros más sobre el arco.

Eran tres camiones del ejército que pararon frente a la casa amarilla.

Leo pisa la pelota, y dando un quiebre a su cadera hacia la derecha, elude al ultimo defensa por la izquierda.

Quince militares arrastran a los padres y al hermano mayor de Leo por los pelos y los meten dentro de las camionetas, por separado.

Leo, levanta la cabeza y se da cuenta que ha quedado solo en frente al golero.

Tres gigantes verdes venían hacia nosotros.

Leo se apoya en su pierna izquierda para dar la estocada de la victoria y siente a su madre gritar. Desconcertado, el puntapié descontrolado mandó la pelota hacia la casa verde, quedando enganchada del alambre de púas que estaba sobre el muro.

Los tres gigantes pasaron a mi lado llevándose a Leo de los hombros, que nunca supo lo que pasaba.

¿Que hicimos? De haber sabido las consecuencias, competíamos con pulseadas.

Se llevan a Leo, se llevan la celeste. ¿Es que acaso son ciegos?

Nadie fue a buscar la pelota, nadie se animó. La creíamos la causante del delito.

A la celeste junto con Leo, se los tragó el verde de la intolerancia.

La bestialidad, nos había golpeado la puerta de la juventud, dejando a la adolescencia, colgada por siempre, de un alambre de púas.

Nota: Relato finalista del II Concurso de Relato Fotográfico (2003).
 
 
 
   

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