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De color azul, por Ángela María Requena
 
 
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Publicado el Domingo, 15 agosto a las 08:45:00
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Nunca pensé que la muerte tendría un color azul. Es hermosa, se dijo; pero eso no impidió que sintiese escalofríos. Sentada en la orilla pedregosa donde había varado, oteaba el azulado silencio de un río que parecía engullido por el horizonte. Fue un alivio distinguir sobre las aguas densas la pequeña figura de un barco que avanzaba despacio hacia la ribera en la que ella se encontraba.

De un brincó se puso en pié y, como cualquier náufrago, comenzó a dar saltos y hacer señales con las manos. -¡Eh, aquí!,- repetía al vacío, hasta que la barca se detuvo a unos metros de la orilla. Fue entonces cuando distinguió al hombre que la guiaba. Tenía esa mezcla de cansancio e ironía de los que ya no esperan nada.

-Usted debe ser Carón-, dijo dirigiéndose al barquero con entusiasmo.

-¡Hombre! Una ilustrada.- Respondió éste con cierta sorna.

-Ha venido para llevarme al otro lado ¿Verdad?

-Bueno, eso depende.

-¿Depende? ¿De qué?

-De que pueda pagar el viaje.

-¿Me está diciendo que tengo que pagarle?

Ante la creciente indignación de la joven náufraga, el tal Carón optó por encogerse de hombros.-Mire, yo sólo hago mi trabajo.

-Pues, no sé si llevaré algo,- dijo mientras rebuscaba en los múltiples bolsillos de su pantalón.- No esperaba necesitar dinero aquí.

-Yo no le he pedido dinero.- Rectificó con calma el barquero.

-Entonces... ¿Cuál es el precio?...¡Ah! Ya sé,- afirmó sin esperar la respuesta.-Un acertijo, como en los cuentos.

-¡Vaya! Hay que reconocer que tiene imaginación.- Comentó el supuesto transportista de almas en un tono divertido.

-¿No es un acertijo?

El barquero negó con la cabeza.

-¿Una buena acción, quizás?

Carón volvió a negar.

-¿Una mala?- Preguntó la aspirante a pasajera con cierta alarma.

-Un recuerdo.- Confirmó el barquero.

-¿Un recuerdo de qué?

-Pues de qué va a ser, de su vida. No le voy a pedir recuerdos de otros.

-¿De mi vida?- Repitió con inquietud.

-Sí.

-Pues, no sé...- La decidida viajera titubeaba.

-Vamos, haga un esfuerzo. No ha pasado tanto tiempo.

-Lo último que recuerdo,- comenzó a decir con la voz entrecortada,-es el puente, y el agua turbia...

-No.- Interrumpió enérgicamente Carón.-No quiero el recuerdo de un suicidio. Este sitio ya es bastante triste. Quiero algo que me empuje a venir hacia esta orilla, algo que me ayude a no olvidar que este es el lado que roza con la vida. Ella bajó los ojos y paseó la mirada por el terreno crispado donde se encontraba. Le vino a la mente la imagen de una orilla muy distinta, el recuerdo una playa inmensa, y sintió el cálido abrazo del sol mientras corría con los pies descalzos por la arena mojada, entre risas y sonido de gaviotas.

-Ese me vale,- sentenció el barquero con una sonrisa melancólica.

-Pero, si no he contado nada.- Dijo tímidamente, sin poder sostener la mirada.

-Vamos,- ordenó con firmeza.

-Está un poco lejos,- objetó la pasajera.

-¿Y?- Carón comenzaba a mostrar signos de impaciencia.

-No pretenderá que me meta en el agua.

-¡Ya está empapada!

Y al decir esto, por primera vez, la viajera reparó en su ropa resquebrajada, embadurnada de barro y desechos acuáticos.

-¿Qué hay al otro lado?- Preguntó con cierto temor.

-Nada.- Respondió serenamente el barquero.

-¿Nada?

-Nada,- repitió.

Ella no podía dejar de mirar el denso río que separaba la muerte de la vida y le faltó valor para introducirse en el agua azul.

-¿Está seguro de que no puede acercarse un poco más?

Como el terco conductor de la barca no parecía dispuesto a ceder, respiró profundamente, cerró los ojos y dio un pequeño paso hacia la corriente, preparada para hacer frente al contacto con el frío del agua. Fue entonces cuando sintió como un aliento tibio penetraba a través de su boca inundando de calor la humedad, y unos golpes secos sobre su pecho le hicieron vomitar, y toser, y llorar, como un recién nacido palmeado con fuerza en el trasero. Cuando abrió los ojos, el color azul había desaparecido y unos extraños la iluminaban con linternas y le preguntaban si se encontraba mejor. El extraño más cercano le ayudó a incorporarse. Ahora se encontraba en la ribera de un río turbio conocido. No muy lejos pudo distinguir el puente.

-¿Qué ocurre?

-Nada,- dijo uno de los extraños.-Ya ha pasado todo.

Nota: Relato finalista del II Concurso de Relato Fotográfico (2003).
 
 
 
   

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