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La infección de tu nombre, por Manu Ramos
 
 
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Publicado el Sábado, 14 agosto a las 08:55:00
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Paola, mi cura.

Ya no sé qué nueva excusa poner para volver a verte. Tarik, ya sabes, mi compañero, me mira como si estuviera loco al escribir esta carta. ?Escribes para nada? me dice ?se va a reír de ti, macho?. Yo sé que no lo harás, que alguien que trata como tú a gente como nosotros no se ríe de los sinceros, no se ríe.

Tampoco te reíste la primera vez que nos vimos. Me había llevado un buen golpe en la cadera jugando al basket en el patio, el animal barracudo del Chanco me empujó cuando ya estaba en el aire, a punto de encestar, y caí de lado, como un avión incendiado de una película de guerra. El cuidador me llevó a la enfermería corriendo, la sangre se veía escandalosamente a través de mi pantaloneta azul claro. Me senté en una camilla muy alta, esperando al doctor Pascal mientras me miraba la rozadura, y cuando se abrió la puerta entraste tú. Llevabas la bata blanca abierta, ondeando como la capa de una superheroína, y unos pantalones negros ajustados en torno a tus muslos (tan ajustados que les comenté en broma a algunos compañeros que se podía leer la fecha de las monedas que llevabas en el bolsillo). Me sonreíste un poquito, nerviosa, al darme los buenos días. ¿El doctor Pascal? te pregunté yo a lo crudo, nervioso también, aunque aparentando dureza (ya sabes, no lo podemos evitar). Se ha jubilado, a partir de hoy os atenderé yo, tosiste, soy la doctora Guillén; Paola Guillén. Y me diste la mano, pequeña, delicada y caliente como un hámster recién nacido. Entonces me fijé en tu rostro y les sonreí a tus ojos negros. Aún sonreía cuando hiciste que me tumbara de lado en la camilla, te pusiste unos guantes y me bajaste cuidadosamente la goma de la pantaloneta para desinfectar mi rozadura con la puñeta ésa que pica tanto. Olías a limón y a mermelada de moras, a merienda en un campo de hierba. Te di las gracias al irme, las gracias, sí; eres la única persona en meses a la que me apetece dar las gracias. Pronto sabían todos que teníamos una chica de médico, y, ya te lo puedes imaginar, enseguida comenzaron a corretear por el patio rumores, grises y sucios como ratas, sobre ti.

Luego llegó la revisión médica y yo me fui poniendo más y más nervioso esperando en la cola a que me tocara entrar. Había dos enfermeros contigo; tose, otra vez, mira aquí , súbete a esta camilla, remángate, aprieta el puño. Y luego tú, con tus guantes finos como un velo de novia. Me volviste a sonreír, Paola. Luego te quedaste unos instantes mirando el tatuaje burdo hecho con tinta de bolígrafo de mi brazo; ?María para siempre? escrito dentro de un corazón que pretende estar partido y que sin embargo parece sufrir un infarto. Atravesaste con la aguja el nombre de María y no me dolió. Me preguntaste por mi cadera, sin dejar de mirarme a los ojos... Te habría besado ahí mismo, con mi sangre llenando la botellita de cristal; te habría besado hasta que se me volvieran transparentes los labios. Me fijé en que a los demás no los tratabas como a mí, y me sentí especial.

A partir de entonces hice todo lo que pude por visitarte. El esguince me costó cuatro saltos desde la escalera que da al comedor, cada vez desde más arriba, en el cuarto salté once escalones. No te pusiste los guantes para vendarme el tobillo, ni me preguntaste cómo me lo había hecho. Charlamos tranquilamente; de mi y de mi país, de ti, de tus estudios, de tu trabajo y de que estabas en este puesto provisionalmente. Cuando me abrazaste para ayudar a levantarme, yo te rocé el pelo con los labios. Me enfadé con Tarik; empezó a contarme todas las mañanas lo que soñaba contigo, es un idiota de tres carajos. No me creyó cuando le dije que había estado mal del estómago porque le di un buen trago al detergente para que me llevaran contigo. ¿Te acuerdas?. Creí durante un rato, mientras mi estómago parecía un preso intentando escaparse de la cárcel de mi cuerpo, que había tomado demasiado y acabaría en el hospital;. ¿Qué le ha pasado? Preguntaste casi gritando. Ha empezado a dolerle la tripa mientras fregaba el suelo, después de comer, te dijeron. ¿Qué has hecho Américo? ¿qué has tomado? ¿alguna droga?. Sí, te contesté yo sonriéndome para adentro, Fairy. Estuve tres días en la enfermería, observándote todo el tiempo. Viendo cómo te movías, cómo cruzabas las piernas al escribir los informes, cómo respirabas. Tuve fiebre una tarde, y en medio de una pesadilla de papeles y llaves y cerraduras enormes; noté que me besabas la mejilla, ?se te posó una mariposa de cariño? diría mi abuela de La Habana. Quise que no se me pasara nunca la estomagada, y cuando me iba te dije que volvería pronto... No hagas el loco, me dijiste moviendo la cabeza, te puedes hacer daño de veras, Américo. Tu me curarás también de veras. Y justo nos besamos un segundo, un besito chato antes de que entrara el cuidador y me acompañara aburrido hasta mi celda.

Esta mañana me he despertado antes que el sol, hace unos días me dijeron que no podía tener los papeles para quedarme en España. Me llevan fuera hoy mismo, muy temprano, quizás antes de que vengas a trabajar, y quería hacerte un regalo. Casi a oscuras me he tachado con tinta bajo la piel el nombre de María, y he intentado convertir la palabra ?para? en Paola. Duele de demonios, y me tengo que aguantar para poder enseñártelo y también para que no me lo cures, Paola. Quisiera hacerle al alba una cesárea y que así vengas cuanto antes. Le he hecho jurar por Alá a Tarik que te dará esta carta si al final no puedo verte.

Adiós salud mía.

Volveré algún día Paola, volveré como sea y conseguiré que me lleven a la enfermería... Porque me tienes que curar todavía la infección de tu nombre.

Nota: Carta finalista del II Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor (2003)
 
 
 
   

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