
Era una lluviosa mañana del mes de abril de 1970, cuando el Boeing en que viajaba se dispuso a tomar tierra en el aeropuerto londinense de Heathrow. Mi viaje tenía por objeto alquilar una casa para pasar el verano con mi familia, en el pueblo de West-onThames.
En tierra me esperaba una persona cuya fisonomía desconocía y del que no tenía más datos que se llamaba José Ortiz, quince años mayor que yo, nacido en Bilbao, exilado a Inglaterra a los siete años en un barco cuyo pasaje estaba formado por niños que huían de la guerra civil, y que estaba casado con Carmen, una prima lejana mía, a la que hacía más de 20 años que no veía.
En la terminal me esperaba José: tez morena, bajo de estatura, complexión fuerte y unos ojos muy dulces que contrastaban con la firmeza de su mandíbula. Vestía pantalón corto, cazadora de cuero negro, botas de lona y llamativos calcetines rojos. Parecía un explorador urbano. En sus manos sostenía una pequeña pancarta que decía: "Bienvenido, Don García."
Su saludo, después de un fuerte abrazo, fue: "!Bienvenido a mi país ¡Tú eres mi primo español. Soy José, el marido de Carmen", y se aprestó a llevarme la maleta, no por servidumbre, sino por la cordialidad que emanaba su persona.
Fuimos al aparcamiento y nos dirigimos hacia su destartalada ranchera, en cuyo interior había toda clase de objetos: zapatos, botellines de agua, botes de pintura, piezas de recambio, macetas llenas de tierra y un sinfín más de cosas que hubieran hecho las delicias de un chamarilero.
Tras varios intentos para encontrar un hueco para mi maleta, opté por llevarla sobre mis rodillas. Se puso al volante y arrancó violentamente. Al momento me percaté de que si el coche avanzaba, sorteando toda clase de obstáculos, no se debía a la pericia del conductor sino a la simbiosis que se había establecido entre aquél hombre y su máquina.
Tomamos la autopista que llevaba a Londres, e inmediatamente José, en un español salpicado de vocablos ingleses, me hizo una declaración de principios: "Adoro Inglaterra, mi país, pero añoro volver a España. No tengo más familia que mi adorada Carmen y mis dos hijos y, ahora, tú. Ya sabes que no estoy casado formalmente. No creo en los papeles. Me gustaría visitar Bilbao, pero temo que la Guardia Civil, aunque salí de allí a los siete años, me detenga en la frontera. Vivo en West pero trabajo en Londres, donde llevo el mantenimiento y recaudación de 28 lavanderías (londretas, las llamaba él). Para mí, la vida es la libertad sin yugos ni esclavitudes."
A continuación me sometió a un auténtico tercer grado: ¿Cómo marchan las cosas por España?; ¿tienes mucha familia: primos, sobrinos, tíos?; ¿no sufres por no poder votar?, ¿tenéis lavanderías en Madrid?. Aunque disfrutáis del sol ¿no echáis de menos este verdor? Lo preguntaba todo con avidez.
Tardó dos horas en recorrer cuarenta millas. No paraba de hablar y gesticular. Por fin llegamos a West-on-Thames.
Aparcamos frente a su casa. Era un modesto chalet adosado al que pomposamente llamaba "mi fortaleza española". Una construcción de dos plantas cuya parte trasera, de unos 50 m2, estaba sembrada, como él decía "de alfombra inglesa". Y a la puerta de su casa, una centenaria bicicleta, a la que cariñosamente llamaba "Babi", diminutivo de Babieca. Bajo el hueco de la escalera, una alacena llena de botellas de vino de su propia crianza y con etiquetas "Besteiro", "Azaña", "Prieto" de las que se sentía muy orgulloso. Hoy, pasados los años, aún guardo el sabor de su acidez.
Su mujer, pese a los años de residencia en Inglaterra, hablaba un perfecto castellano y era justo su contrapeso: sobria y austera, pero amable. Sus hijos, educados en la más absoluta libertad, eran dos fuerzas eléctricas y contrapuestas de una misma tormenta.
Planificó mi día. Por la mañana iríamos a buscar casa y la tarde la dedicaríamos al ocio. Como quiera que West era pequeño, hicimos el recorrido a pie. Se paraba para indicarme los lugares dignos de mención, que para él eran todos y para mí muchos. Y, finalmente, encontramos la vivienda adecuada.
La tarde estuvo llena de mágicas sensaciones. Me llevó a visitar su huerta de unos 100 mts2. "Mi huerta española", decía él. Le hablaba con cariño lo mismo a un pepino que a una lechuga. Y después de regarlas, les daba brillo con una gamuza.
Recorrimos los bellos prados junto al Támesis. Durante el paseo, encontró un telaraña con una mosca prendida entre sus hilos. Cogió la mosca con cariño y le dijo: "Sé libre. Vuela." Deshizo la telaraña y depositando cuidadosamente al arácnido en el suelo, dijo: "Por ser mala, vete a tejer tu red en otra parte."
Terminamos la tarde en un pub, donde orgullosamente me exhibió ante sus conocidos "Mi primo español". Bebimos pintas y jugamos a los dardos. Me dejó ganar por su sentido de la hospitalidad. Y allí me expuso su "teoría de la antropofagia": cuando un miembro de la familia muere, los que sobreviven deben comérselo para que viva en ellos y, todos juntos, integrarse al fin en otros seres vivos del reino animal, vegetal o mineral. Nunca supe si hablaba en serio.
A la mañana siguiente regresé a Madrid con la impresión de que, pese a nuestra diferentes edades, en aquella isla se quedaba un gran amigo.
Durante tres años consecutivos veraneamos en West. Y tuve la oportunidad de conocerle mejor y llegar a la conclusión de que era mi amigo más entrañable: apasionado, desordenado, ácrata, tierno, amante de todo lo que estaba vivo y un gran ejemplar de la raza humana.
José se fue para siempre, hace cinco años, casi anciano por fuera y muy niño por dentro. Y la hierba sigue creciendo en su jardín; las moscas de West están desprotegidas y "Babi" encadenada a la puerta de su casa. Pero José está allí. No sé si en nube, hierba del prado, mosca, telaraña o bicicleta.
Y en verano, los ancianos de West, vestidos de blanco, siguen practicando el rito de bajar a sus pequeñas embarcaciones, ancladas en el Támesis, para tomar el té de las cinco. Como a él le gustaba.