
-Mateo Escamilla. -¡Presente, con decoración!
-Con condecoración, Mateo... Esa fue la primera vez que vi a Mateo: enormes y sonrientes ojos marrones, encaramado en su butaca, señalando al objeto prendido a su camiseta; una corcholata con tres listones; una medalla con la bandera mexicana.
Hace treinta años empezaba mi carrera como maestra, en la primaria de Acaxochitlán, donde raramente los estudiantes llegaban más allá del tercer grado. Aprendían a contar y regresaban a las faenas del campo. Ya a los seis años, Mateo y sus compañeros se encargaban de ordeñar, cosechar frijoles, secar mazorcas. La vida no era fácil: el terreno era agreste; los cultivos de temporada; los campesinos no lograban escapar de tanta pobreza. La educación no podía ser más que un lujo.
Pronto me encariñé con mis alumnos. En especial con Mateo, quien poseía una gran inteligencia e imaginación. Sus compañeros lo admiraban, porque él sabía "cosas de grandes" y se las explicaba. Mateo sabía que tenía la fortuna de haber nacido en una "familia privilegiada", y la fortuna había que compartirla. Mateo a menudo les narraba las peripecias de sus bisabuelos. Don José y Doña Remedios se habían conocido en las filas de la Revolución. Juntos habían luchado por los derechos de los campesinos y por la distribución equitativa de la tierra. Don José incluso había sido "con decorado" por Don Venustiano Carranza, primer presidente constitucional de la República, gran idealista y consumado patriota. La "con decoración" se había perdido con los años, pero Mateo la podía ver en la única fotografía que les quedaba de la pareja: ambos de frente a la cámara, montados a caballo, sombreros enormes, pistolas en mano, y Don José, medalla en pecho.
Mateo no inventaba las historias de sus bisabuelos, las aprendía de su abuela, quien sentada detrás del metate, molía chiles, chocolate y especias para preparar mole. Mateo sabía que como heredero de revolucionarios, algún día continuaría con la lucha y, cuando eso pasara, Mateo se aseguraría de que su revolución no cayera en manos de traidores y corruptos, como sucedió después de Don Carranza.
Mateo se entrenaba y entrenaba a sus compañeros. Los hacía estudiar como locos. A menudo jugaban a derrocar al gobierno corrupto; a devolver a los campesinos sus tierras. Mateo asignaba rangos; repartía armas; lanzaba ofensivas. De vez en cuando torturaban a Eléctrico, el perro de la escuela, intentando convertirlo en caballo. Uno a uno probaban a montarlo, pero siempre terminaban en el suelo, moreteados y en ocasiones con el trasero mordisqueado...
Había que cambiar de estrategia y no era fácil. Los pocos caballos de los alrededores eran sagrados, ningún adulto los hubiera prestado para los juegos de la pandilla. Fue entonces cuando Mateo decidió probar con Paco, el cerdo de don Mauro. Gran error... Paco no le permitiría la operación: una mañana, Mateo llegó a la escuela cubierto de excremento y, con una gran carcajada, comunicó a sus compañeros que en una maniobra peligrosa, se había caído del caballo.
Mateo no intentó ningún sustituto de caballo por un par de años. Unos días antes de las vacaciones de fin de año, de mi último en la escuela, me llegó una nota de Mateo: estaba en el hospital. Había intentado montar por primera vez un caballo y, por supuesto, se había caído. Lamentaba no poder despedirse en persona, me decía que me seguiría escribiendo, que me deseaba suerte en la Capital...
A Mateo y a su pandilla les perdí la pista después de algunos años. Yo me mudé demasiadas veces, ellos crecieron. Sorprendentemente, los reencontré hace algunos meses; cuando mi esposo y yo viajábamos por la Huasteca. Era una tarde azul de sierra.
Habíamos detenido el auto para contemplar las montañas, el acantilado sin fondo, las águilas en vuelo.
De improviso, dos hombres armados abrieron las puertas del auto. Con una amabilidad notable, nos comunicaron que nos llevarían a su pueblo; se subieron, esculcaron las carteras, tomaron nuestras licencias de conducir e indicaron el camino... Sólo recuerdo mi miedo y después de una eternidad, la voz profunda del hombre con los enormes ojos marrones:
-Subcomandante Mateo Escamilla, con decoraciones. Maestra Valentina, ¿se acuerda de mí?
-!Mateo!, las armas... -Son para los turistas, maestra, así no nos olvidan -sonrió Mateo montado en su caballo- ¡Bienvenida a la Huasteca libre!
El subcomandante Mateo, como es conocido en la región, es el líder del "Ejército Liberador Carrancista", cuyas filas están compuestas por graduados y doctores en una multitud de materias. El mismo Mateo posee "útiles con decoraciones" en Filosofía y Derecho.
Mateo y su ejército se han infiltrado lentamente en la región y encabezan los gobiernos de varios poblados. Ahí educan a sus habitantes, los ayudan a recuperar sus tradiciones, les enseñan nuevas tecnologías, y más, mucho más... La voz corre, los campesinos e indígenas de otras partes los buscan. Es una revolución lenta, pero según Mateo, sustentable.
-Maestra, nosotros sólo continuamos lo que Don Venustiano empezó hace casi un siglo: "Una sociedad educada; con igualdad; sin privilegios de razas, religión, sexos, individuos..." ¿Ha visto cómo los "mandamientos" de la Constitución no se me han olvidado?
-¡Mateo!, artículos, no mandamientos. -No, maestra. "El tres" es definitivamente un "mandamiento"...