
La estrategia de la defensa fue sencilla: Carlos Alberto acudió a la audiencia de cargos con el párpado izquierdo cubierto con una gasa, a fin de ocultar la tronera que le había dejado la extracción del globo ocular. Si la mujer describió a su asaltante como un hombre alto, fornido, moreno y hasta buen mozo, el caso estaba ganado. Nunca dijo que le faltara un ojo.
Pero el juez Villar, aunque tenía cara de pendejo, en realidad no lo era tanto y la defensa cometió un error simple y costoso: no le dijo a Carlos Alberto que no fuera a decir por qué lo habían operado y dónde había tenido lugar la intervención.
Al día siguiente, el juez llegaba a eso del medio día a la Clínica Barraquer, especializada en oftalmología. La fundó, años atrás, un médico español que emigró de su país durante la guerra civil. Una vez allí, el funcionario solicitó que le mostraran la historia clínica de Carlos Alberto. Con el documento, pudo comprobar la primera mentira. La causa de la extracción no había sido la patada de una yegua, sino un disparo de escopeta que recibió durante un asalto. Pero llamó todavía más su atención el hecho de que al acusado lo hubieran instruido en cosmética facial. La tarea comprendió un entrenamiento para ponerse y quitarse un ojo artificial, que llevó a Villar a interrogar al esteticista: "Dígame, ¿qué tan diferentes son esos ojos de los naturales?" El médico lo miró con un dejo de consideración, esbozó una leve sonrisa, y le dijo: "Si de algo nos ufanamos en este centro, es de la perfección de nuestras prótesis." Entonces, se dirigió hacia una mesa sobre la cual reposaban varios recipientes de cerámica. Alzó la tapa de uno, sacó algo y se devolvió hasta el escritorio donde se encontraba el juez, sentado frente a la máquina de escribir portátil. Se lo mostró y le dijo: "Mire éste, no es fácil distinguirlo de uno natural, lo único es que no se mueve. Y el paciente, bien entrenado, lo puede dejar sobre la mesa de noche cuando se va a dormir, como se hace con la dentadura postiza."
Minutos después, el juez Villar abandonaba la clínica. Para redondear su faena -convencido como estaba de la culpabilidad de Carlos Alberto Almanza- sólo le faltaba el reconocimiento en la cárcel. La diligencia, con la víctima observando un grupo de siete individuos similares en características al acusado -incluido él mismo- amenazaba con ser un fracaso. Cualquier vacilación daría lugar a duda y la defensa se había encargado de conseguir a un sujeto idéntico a su protegido. Se pararon juntos en la fila y lucían prendas de vestir muy parecidas. Todo con el ánimo de confundir.
Pero si bien la mujer se demoró y ya le defensa vociferaba y exigía que se dejaran constancias, de repente, señaló: "Es el número 3, estoy segura." El indicado era Almanza. A Villar lo inundó en ese momento la satisfacción de tener resuelto el primer caso difícil de su vida. Y la de sentir que no se había dejado engañar.
Las desventuras de Almanza con el juez Villar no pararon allí. Pocos días después de que éste lo condenara y le concediera libertad condicional, el togado encontró una noticia que lo sorprendió al llegar a su despacho: Carlos Alberto estaba en el juzgado de enfrente, sometido a cargos por un nuevo asalto. El juez prefirió esperar a que la vista concluyera, y fue a interrogar a su colega vecino: "¿Esta tarde tuviste audiencia con un individuo llamado Carlos Alberto Almanza, a quien defiende su propio padre?" El otro juez se rascó un instante la barbilla, y contestó: "Sí, indagué a un sujeto que se robó una bicicleta, pero no tiene el nombre que me dices. El que sí tiene apellido Almanza es el abogado que lo acompañó." Villar le respondió: "Entonces hagamos una cosa: confrontemos las huellas dactilares del que está en tu expediente, con las del que está en el mío." El juez Romero estuvo de acuerdo. Pudieron comprobar que Carlos Alberto había vuelto en poco tiempo a sus andanzas. Se había cambiado de nombre para que no le encontraran antecedentes. Su padre no pudo soportar la vergu"enza de haber alcahueteado el engaño, como tampoco la que le causaba el hijo drogadicto, convertido en atracador impenitente de barrio. Le reconoció todo a Villar, y renunció a seguir defendiéndolo.
Carlos Alberto nunca supo que Villar ya había tenido noticias de él, un par de años antes de que tratara de embaucarlo con su prótesis. Conservaba aún, intacto, su ojo izquierdo. Había tratado de sobrepasarse con una mujer a la que recogió en la calle, en una furgoneta al mando de la cual realizaba tareas de repartición.
De manera increíble, una jueza determinó su sobreseimiento, a pesar de que en la cabina del vehículo encontraron un cuchillo enorme. Y a la mujer, con los calzones puestos justo encima de las rodillas. Según los testigos, era evidente la angustia que denotaba con sus gritos y su llanto. Villar fue el asesor que recomendó al Magistrado que revisaran la decisión de la funcionaria, basada en el hecho de que una mujer decente no debía subirse, porque sí, al vehículo del primer desconocido que se ofreció a transportarla. Así, acusaron a Almanza. Pero en últimas, una justicia de machos se salió con la suya y terminó absolviéndolo.
Es increíble, cómo algunas veces la vida se encarga de organizar encuentros y desencuentros entre seres tan diferentes. Quién sabe, de pronto Almanza a estas alturas se haya regenerado y pueda aspirar al cielo. O al revés, que Villar se haya corrompido y ambos se encuentren para hacer su ingreso juntos al infierno. En todo caso, ambos parecen haber nacido el uno para el otro.