
Mi primer día de trabajo fue de lo mas surrealista. Eran las siete y media de la mañana cuando entraba por la puerta de la empresa, un gran vestíbulo de paredes blancas y con el suelo de baldosas negras con tanto brillo que me podía ver él. En el centro del vestíbulo había una mesa redonda con un vigilante al cual me acerqué para poder recoger mi identificación.
-Hola, buenos días -le dije. -Buenos días -me contestó. El vigilante, un hombre de gran corpulencia, calvo y con cara de bulldog. Los botones de la blusa, que era de color azul al igual que los pantalones, estaban tan tirantes que parecía que en cualquier momento iban a salir disparados como un proyectil.
Una vez recogida mi identificación me dirigí hacia el ascensor, dentro parecía que iba en una nave espacial, todo de aluminio tan brillante que pude retocarme un poco el maquillaje.
Entré en la oficina, toda llena de mesas de aluminio, una delante de la otra y en cada una de ellas una secretaria o secretario. El suelo estaba enmoquetado de color blanco y las paredes pintadas de blanco con pintas de color plata. Todo alrededor de la sala estaban las puertas de los despachos de los jefes, estos estaban decorados de distintas maneras al gusto del que lo habitaba. Me dirigí hacia mi mesa, la última, y enfrente del despacho del que iba a ser mi jefe. De él, dependíamos tres chicas.
María, todo amor. Era madura, de unos cuarenta años, casada y con dos hijos, morena con el pelo rizado y corto y gordita. La expresión de su cara era serena, daba la sensación de tener una gran paz interior, amable y con un tono de voz tan dulce, que desde el primer momento me entraron ganas de abrazarla. En cambio Ana era todo lo contrario. Me miraba despectivamente, siempre con el ceño fruncido, como si estuviera oliendo a pis, tenia un buen cuerpo, joven, de cara asimétrica y con una gran nariz en forma de garra, que parecía un aguilucho.
El jefe me dijo que le hiciera un informe sobre las cuentas del último trimestre. Después de llevar varias horas intentando hacerlo, Ana se me acercó y me dijo que los informes de los últimos meses estaban en el archivo. Los cogí y realice el informe que me costaba bastante.
A media mañana, me fui al office a tomarme un café con algo, ya que no había salido a desayunar por acabar el informe. Tenía que quedar bien. Al entrar en el office me encontré con Ana y un señor que no conocía, no los pude ver bien, pero creo que les pillé en alguna actitud delicada, salí corriendo de allí y mi dirigí a mi mesa. Al rato Ana apareció sobre mi cabeza.
-Yo que tú no levantaría la cabeza de la mesa y recuerda que la que manda soy yo. ¿Entiendes?
Y se alejó con una sonrisa, mientras decía: -Qué graciosa es.
Yo me limité a lo mío. Más bien por el miedo que me entró que por otra cosa.
A última hora de la mañana, cuando iba a entregar el informe a mi jefe, María me detuvo y me dijo que lo volviera hacer, pero esta vez mirando en su base de datos.
-¿Por qué, qué pasa? -le pregunte extrañada.
-Ana te ha engañado, los archivos que te ha dicho son falsos, los ha realizado ella.
María susurraba mientras me contaba que había visto a Ana cambiando los números para que yo metiera la pata.
Gracias a María, volví a rehacer el informe y se lo entregué al jefe al día siguiente, después de haber trabajado durante toda la noche. Esta vez usando los archivos de María.
Si no me hubiera avisado, a estas alturas estaría despedida o algo peor, ya que las cuentas se las hubiera dada falseadas.
Creo que fue el peor día de mi vida laboral. Fue cuando pensé en fraguar mi venganza hacia ella. ¿Y si mi abuela tuviera razón y tuviera esos poderes? Ante la duda, me puse a buscar en el libro de las sombras que me dejó. Y encontré un hechizo que me pareció bueno para que "el aguilucho" me dejara en paz. Así que me puse manos a la obra.
Realicé el conjuro y al día siguiente me fui al trabajo y esperé a ver el resultado.
Cuando llegue al trabajo había un gran revuelo, me acerqué a María, que estaba en la máquina del café que había cerca el ascensor en el pasillo, a preguntar qué estaba pasando.
-¿Qué pasa? -le pregunté.
-¿No te has enterado? -me contestó con voz baja.
-No.
En ese momento se nos acercó otra compañera para contarnos las últimas noticias.
-¿No sabéis lo último? Han despedido a Ana. Por lo visto estaba liada con un directivo y anoche la mujer de éste les descubrió, y esta mañana la han dado la carta de despido.
-No lo entiendo -dije-, ¿cómo la van despedirla por eso? Si hubiera hecho algo en la empresa lo entendería...
-Es que el directivo es el marido de la hija del director y corren rumores de que ésta ha presionado a "papá" para que la despidan.
En ese mismo momento apareció Ana llorando, en el pasillo donde estábamos, rodeada de todas las chicas de la oficina, con todas sus cosas. Me miró como si yo hubiera avisado a la esposa de su lío. No en balde les había pillado el día anterior.
No sé si tuvo algo que ver aquel pequeño ritual o simplemente fue casualidad. De todas formas en la empresa todas creen que yo tuve algo que ver con que despidieran a Ana. A mí me da igual lo que crean o no, la cosa es que me quité a la persona que quería y eso me basta. Aunque no deje los rituales, por si acaso. Pero eso, es otra historia.