
La noche está oscura y fría. Faltan aún un par de horas para que amanezca. A lo lejos, en el polígono cercano, se escuchan los sones monótonos de la industria metalúrgica. Son golpes secos, acompasados y dispersos.
La mujer descorre los visillos y contempla la noche con la mirada perdida en la oscuridad. Apoya las manos en el alféizar interior de la ventana y suspira. Le suena hondo, profundo y triste. Ni siquiera se da cuenta de que se está formando un charquito con las silenciosas lágrimas que se le van escapando.
Un leve quejido la hace volver a la realidad. Se gira y se acerca hasta la cama de la madre dormida. La observa con atención, con mimo, le retira el embozo de la sábana y comprueba su respiración. Luego, le acaricia la frente, la besa, le coge amorosamente la huesuda mano, y se acurruca a su lado en la semipenumbra de la habitación.
Como si de un fantasma se tratara, una voz acude de improviso y sin ser llamada: "¿Te asusta esta situación? ¿Creías que a ti nunca te iba a ocurrir? ¡Inocente! La vida se repite con demasiada frecuencia. Es así de cruel."
Le duele reconocer que, en las estaciones de su vida, los trenes de las bondades han pasado siempre de largo. Es como si su nombre hubiera sido premonitorio desde su nacimiento: Sole, Soledad.
Acaba de cumplir 58 años y hace mucho tiempo que dejó de mirarse al espejo. Su aspecto es frágil, menudo y nervioso, su tez apagada; el cabello, entrecano y corto. Nunca ha tenido novio, ni amante, ni apenas amigos. El cuidado de los suyos ha constituido su prioridad. Sólo Luis vela por ellas como si formaran parte de su propia familia.
Poco después de las 9 de la mañana, cuando el doctor se dispone a abrir la puerta de su despacho, un sobrecito, sin nada escrito por fuera, de los que se utilizan en las floristerías, llama su atención. Está sujeto con un par de trozos de esparadrapo, en un lugar bien visible, sobre la placa en la que se lee su nombre. Al abrirlo, observa una llave y un par de líneas en las que se lee: "Lo siento."
Le asalta el temor. Desazonado, mira de soslayo al fondo del pasillo, entra en su consulta dejando abierta la puerta y marca el número de la policía.
-Buenos días. Soy el doctor Luis Pérez Barquín. Necesito que se personen en mi despacho y que vayan localizando al Juez y al forense. Creo que ha ocurrido un accidente. ¿Conocen mi dirección, verdad?
Nervioso aún, se despoja de su abrigo, y pensativo, se dispone a esperar. En pocos minutos un par de agentes se encuentran junto a él, escuchándole. Les señala el sobre y la llave, indicándoles con gesto sombrío la puerta del fondo.
Como hablando consigo mismo, mientras caminan hacia la vivienda, comenta entrecortadamente: "El sábado por la tarde, Sole me rogó que las dejara volver a casa, y yo se lo consentí. No debí hacerlo."
La casa es grande y espaciosa, limpia y ordenada con escrupulosa meticulosidad. El doctor se dirige directamente a la habitación de la anciana. Allí, como suponía, encuentra abrazadas a las dos mujeres. La hija, aferrada a la mano de la madre.
En un lateral, sobre el tocador que ha estado cumpliendo las funciones de mesa auxiliar, observa una jarra y restos aún de leche. Junto a ésta, varias cajas de medicamentos con las tiras huérfanas ya de pastillas. Al lado, un sobre a su nombre, un cofrecito, un grueso fajo de billetes y varios documentos.
Luis: He decidido tirar la toalla. Lo siento. De veras que lo siento por ti, pero nadie mejor que tú podía entender nuestra situación. Desde hace unos meses te he estado ocultando mis temblores en las manos. He intentado que pensaras que mi decadencia física se debía al agotamiento, como la consecuencia de todos estos años de connivencia con la enfermedad. Pero no es así. La genética ha hecho su aparición sin sorpresas, poco a poco, de forma despiadada. Al principio, no quería reconocerlo abiertamente, me negaba. Me ilusionaba creer que aún podía quedarme tiempo, que quizá la medicina iba a avanzar lo suficientemente rápido, porque yo esperaba ansiosa los avances de la ciencia, para dejarme vivir un poco más. Pero he perdido ya todas las esperanzas.
El mal se ha instalado deprisa, inexorablemente, sin marcha atrás. Mis fuerzas son exiguas y me siento cada vez más torpe al caminar. Me cuesta tanto recordar... Veo las caras y las cosas, pero no acierto con las palabras que las definen. No es ansiedad, lo sabes igual que yo.
Temía que trataras de quitarme la voluntad y la fortaleza que tanto me han costado reunir. He sido cobarde, lo reconozco, al no confesarte mis intenciones. Era cuestión de tiempo, Luis, de poco tiempo.
¿Qué iba a ser de ella, de nosotras, dentro de un año? ¿Qué más da, pues, terminar de forma consciente y voluntaria en nuestra casa un poquito antes? ¡Qué más da! No quería depender en el futuro de terceras personas, de la caridad.
Desearía que tú nos despidieras y, a poder ser, que se nos incineren. Como no tenemos familia, nadie nos va a llorar. Las joyas son un regalo para Sara. Pertenecieron a mi abuela y me hace ilusión pensar que de esta forma no se perderán en el anonimato. En el banco no hay dinero, así que espero que sea suficiente el que he dejado. Sólo queda el piso sin vender. Quería irme desde aquí, desde mi casa y con tranquilidad.
Te ruego que distribuyas el importe, según tu criterio, entre "Médicos sin fronteras" y la "Asociación contra el Alzheimer". Ojalá así contribuya un poquito a que otras personas puedan mejorar su calidad de vida el día de mañana.
Adiós, amigo. Soledad.