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Los hábitos blancos, por Beatriz Giménez
 
 
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Publicado el Jueves, 12 agosto a las 08:30:00
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En el centro estaba la estatua de la Virgen. Pisaba a La Serpiente con su piececito de alabastro (tal vez fuera escayola), mirando hacia otro lado, sin perder la compostura beatífica. Ella reinaba en el mundo luminoso de los recreos: desde la fuente azul o desde los rosales que cercaban la guardería, justo en el otro extremo, yo veía su cabeza blanquísima y así sabía que no andaba extraviada en la inmensidad del patio.

Pero el colegio, como fui descubriendo a medida que pasaba de curso, era sobre todo pasillos sin ventanas, escaleras y rincones sombríos. Jamás me aventuré a recorrerlos sola, siempre íbamos las tres: Elena, Lola y yo.

Recuerdo que, a los once años, llevábamos el babi lleno de manchas que lucíamos como un ejército rebelde sus condecoraciones. Porque no éramos de las pulcrísimas que comían en casa y regresaban con las trenzas recién hechas y los calcetines estirados. Ni de las razonablemente limpias, como Paloma García, que traía toallitas perfumadas para enjugarse el sudor después del "tú la llevas", sino que el nuestro era el grupo de las niñas sucias, con salsa de tomate y grasa de filete y tinta de bolígrafo en los puños. Rara vez nos mezclábamos. Por eso fue una sorpresa que Paloma García se ofreciera a acompañarnos. Era una niña extraña, pálida y nerviosa. Tenía poco pelo, y le brillaba tanto que lo llevaba como lamido a los dos lados de la cara. Sólo cuando nos dijo que se comunicaba con su abuela muerta, decidimos que podría unirse a nuestras incursiones.

Dedicamos unos cuantos recreos de la tarde a explorar el pabellón de preescolares. Habíamos descubierto una capilla diminuta y además varias puertas cerradas que nos intrigaban mucho. A medida que nos adentrábamos por la galería, más y más lejos de la puerta que daba al patio, íbamos perdiendo la luz del sol. Había en cambio unos plafones mortecinos que daban luz eléctrica. Mientras tanto, la abuela de Paloma nos confiaba, a través de su nieta, el secreto de las habitaciones: allí se almacenaban los cadáveres de las monjas hasta el fin de semana, cuando no había niñas y podían enterrarse sin testigos. Las monjas empezaban a pudrirse pronto, sobre todo en verano: gusanos les salían de los ojos, gusanos como lágrimas descendiendo hasta el suelo, larvas disciplinadas en fila india que cabían por todos los resquicios y se arrastraban sin ruido hasta los peroles humeantes de la cocina, quién sabe, a lo mejor, hoy comisteis gusanos, quién sabe, a lo mejor, están trepando ahora por vuestros zapatos o muerden vuestras piernas. De repente a las tres nos entraron picores, y hasta Lola pegó un par de grititos, y eso que, por aquel entonces, ya sabíamos que Paloma era un fraude. Estábamos seguras de que no era la correveidile del mundo de ultratumba, y aun así la dejábamos hablar con esa voz ronca que ponía, y hacíamos esfuerzos por creerla, por no dejar de jugar.

-Mirad -dijo Elena, y señaló la puerta contigua a la capilla. Estaba entreabierta. Nos acercamos a escuchar, parecía que la puerta palpitara. Yo intentaba atisbar por la rendija y no sé quién de las tres me dio un empujón tremendo. Echaron a correr, más muertas de risa que de miedo, y me dejaron sola, dentro de la habitación. Vi un espectáculo fantasmal y muy hermoso: inmóviles, como suspendidos en el aire, colgaban decenas de hábitos blancos. Había entrado en la lavandería, y estaba repleta de espectros recién planchados.
 
 
 
   

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