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Inercia, por Jorge Giménez
 
 
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Publicado el Miércoles, 11 agosto a las 16:30:00
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Abrí la puerta del armario, cogí un par de pantalones vaqueros del perchero, seleccioné algunas camisetas de repuesto, preparé un grueso jersey de lana y una bufanda, y rebusqué en el cajón de la ropa interior hasta dar con los calcetines más recios de que disponía. También cogí un par de calzoncillos y una camiseta interior.

Dejé la ropa sobre la cama y cerré la puerta. Bajé la maleta de la parte superior del armario y, tras correr la cremallera, me dispuse a introducir la ropa en su interior. Aunque el viaje no iba a durar más de tres días quería llevar todo lo necesario para no pasar frío, ya que en la montaña nunca puedes estar seguro del tiempo que vas a encontrar.

Cuando terminé de guardarlo todo en la maleta recordé que tenía unos guantes de neopreno que debía llevar conmigo si no quería que se me quedasen las manos heladas al volante.

Cogí los guantes del cajón superior de la mesita de noche y los guardé en el bolsillo de mi abrigo, para tenerlos a mano durante el viaje.

A continuación me puse el abrigo y cogí la maleta. Con la mano que me quedaba libre cogí el llavero y salí a la calle.

Seleccioné la llave correcta y cerré la puerta antes de caminar hacia el coche.

El día estaba soleado y daba la impresión de que iba a ser un viaje tranquilo.

Introduje la llave correspondiente en el maletero, la giré hasta que el cerrojo saltó y se abrió el compartimiento. Deposité la maleta dentro y volví a cerrarlo con un golpe seco. Rodeé el automóvil y seleccionando una llave más, abrí la puerta del conductor. Tras cerrarla de nuevo, ya acomodado en el interior, pulsé el botón de encendido de la radio.

El volumen del aparato de música estaba muy alto. Pulsé repetidas veces el botón de volumen y el sonido disminuyó hasta alcanzar el nivel deseado. Introduje la llave en el contacto y la puse en la posición de encendido. El motor rugió y un temblor constante invadió el interior del vehículo.

Acto seguido moví la palanca del freno de mano y ésta dejó de hacer efecto. El coche se movió ligeramente hacia atrás, debido a la pendiente, pero detuve el movimiento con el freno motor. Cambié la posición de la palanca de cambio, que estaba en punto muerto, e introduje la primera marcha al mismo tiempo que pisaba el pedal de embrague.

Poco a poco aflojé la presión que ejercía mi pierna sobre el embrague, al mismo tiempo hacía girar el volante hasta el tope. Como resultado de estas acciones se generó el movimiento del vehículo hacia la zona interior de la calzada. De este modo esquivé el automóvil que tenía delante y cambié de nuevo la marcha tirando hacia atrás de la barra, devolviéndola a su lugar inicial para, seguidamente, llevarla a otra posición. Introduje la segunda.

La carretera estaba vacía así que, cuando salí de la zona donde estaba estacionado, pisé el acelerador y la velocidad del motor incrementó. El velocímetro marcaba ya los cuarenta kilómetros por hora y el panel de control me indicaba que las revoluciones del motor comenzaban a ser excesivas.

Cambié de posición otra vez la palanca del automóvil e introduje la siguiente marcha. Las revoluciones descendieron, parecía que el motor se relajaba a la vez que la velocidad aumentaba. El cuentakilómetros marcaba ahora los cincuenta y cinco kilómetros por hora.

Sujetaba el volante con firmeza y observaba el cielo que tenía delante de mí. Era un cielo limpio, sin nubes, de un azul impecable. Delante tenía una curva a la derecha así que giré el volante en esa dirección, permitiendo que volviese a su posición original por sí mismo al salir de la misma. Entonces me percaté de que no llevaba puesto el cinturón de seguridad. Crucé el brazo derecho por delante de mi cuerpo y lo así, lo estiré transversal a mi cuerpo y dejé de sujetar el volante para darle un último tirón y que el cierre contactase con su cerradura.

Cuando solté el volante bajé la vista y la centré en el cinturón que trataba de asegurar. Entonces mi vehículo se desvió de su trayectoria, hacia la derecha. Cuando volví a alzar la vista me percaté de que me abalanzaba contra la fila de coches que permanecían estacionados en el lateral derecho de la vía y que iba a colisionar.

Di un volantazo hacia la izquierda y el coche giró bruscamente en el último momento. Aunque evité estrellarme, arranqué el retrovisor a uno de los vehículos aparcados.

Lo que no pude impedir fue atropellar a la mujer que apareció de pronto delante del coche, a la que no pude prestar atención porque estaba ocupado intentando no colisionar con los demás vehículos. Todo sucedió en cuestión de segundos, un par a lo sumo.

La mujer había surgido de entre los coches, a mi izquierda, en el momento en el que yo agachaba la cabeza, y ahora se encontraba en mitad de la calzada, a apenas un metro del coche. Me miraba directamente a los ojos con expresión de terror. Ya sabía lo que iba a sucederle.

Planté el pie con firmeza sobre el pedal de freno, puse la palanca de cambio en la primera posición intentando retener la fuerza del vehículo y el mecanismo emitió un fuerte chirrido. Pensé que algo se iba a partir. Di otro volantazo, esta vez a la derecha y el coche giró de forma espasmódica, pero no fue suficiente. Iba demasiado rápido.

Su cabeza emitió un golpe seco cuando se estrelló contra el parabrisas fracturándose y agrietándolo. Su cuerpo golpeó con violencia el capó del motor y yo quedé atónito, sin creer lo que acababa de suceder.

El coche se detuvo unos metros más adelante. Intenté salir pero era incapaz de apartar la vista de la sangre que salía a borbotones de su cabeza.
 
 
 
   

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