
Todo había sido tan fácil como robar una furgoneta, estamparla contra el escaparate de una joyería y aprovechar el tiempo en que la policía llegaba para llevarse todo lo que podía. Juan, al que todos llamaban el Rata porque siempre parecía sucio incluso cuando se lavaba, estaba dentro de la joyería con una media en la cabeza que casi no le dejaba respirar. Mientras, Alberto, Cara Niño, esperaba fuera con su coche en marcha.
El Rata subió al coche con el saco de joyas y se quitó la media. Estaban contentos. Todo había salido como lo planearon y había sido más fácil de lo que los nervios les hicieron creer la noche anterior.
En los últimos años habían dado pequeños golpes a supermercados y gasolineras, pero eso no daba para mucho, siempre había que volver a por más. Por eso decidieron planear algo grande.
Eran amigos desde la infancia, de ese tipo de amistad que comienza antes incluso de saber lo que es un amigo. Habían dejado de ir a la escuela a los diez años para corretear, sin hacer nada, por las vías del tren. Habían vivido muchas aventuras desde que robaran la primera cartera hasta los asaltos a gasolineras. Ahora querían juntos iniciar una nueva vida. Se irían a otro país con bastante dinero como para montar algún negocio.
Ya en casa, Cara Niño celebró el éxito con un whisky. En el fondo no se creía muy capaz de hacerlo, aunque no se lo había dicho al Rata. Si le hubiera notado dudoso, seguro que se habría asociado con otro.
Cara Niño a la mañana siguiente llamó al Rata a su teléfono móvil. Le contesto con la voz como si se acabase de despertar, susurraba al hablar porque al parecer por el frío del día anterior se había quedado ronco. Pactaron encontrarse esa misma mañana en el párking de un centro comercial para concretar cómo colocarían la mercancía.
Cara Niño llegó en el coche diez minutos antes. Se bajó nervioso.
Encendió un cigarrillo imitando un gesto de Bogart. Entonces se le acercó un hombre y le pidió que le acompañase. No le gustó su tono de suficiencia, por eso le dijo que no. Trató de caminar unos pasos pero varios hombres, que parecían pasar por allí casualmente, le rodearon y uno se puso delante de la puerta de su coche para impedirle entrar.
Lo detuvieron, lo llevaron a comisaría y una vez metido en una celda un hombre entró, se puso frente a él y casi gritándole le dijo:
-¿Qué has hecho con la mercancía robada? Cara Niño no contestó. -Mira, no tengo mucha paciencia -dijo en el mismo tono de voz.
Cara Niño estaba seguro de que El Rata nunca le delataría. -No sé de qué me habla -se limitó a responder. -Te han delatado con una llamada -dijo el hombre con tono más apacible-. ¿Lo entiendes? Ahora tú decides si quieres cargar solito con la culpa. No creo que se merezca que lo encubras, él no ha pensado en ti.
Cara Niño después de delatar al Rata se sintió abatido. Trató de pensar en que él le había delatado primero, pero eso no le aliviaba en absoluto, al imitarle se convertía en la misma rata de cloaca que él y entonces creyó comprender por primera vez el verdadero sentido del apodo de su amigo.
De todas formas pensó que el Rata era muy listo y no se dejaría atrapar fácilmente, seguro que ya estaría lejos, pero no comprendía por qué no había querido contar con él.
En el momento en que el Rata se encontró frente a frente en el calabozo con Cara Niño, después de que lo arrestaran en su casa con todo el botín, lo miró a los ojos y le gritó:
-¡Maldito el día que te conocí! Esto tenía que haberlo hecho con el negro.
Cara Niño se abalanzó sobre El Rata con intención de sacarle los ojos. Se golpearon entre gritos e insultos hasta que entraron a separarles y los pusieron en distintas celdas.
-¿Qué pasa ahí dentro? -preguntó un policía en el pasillo al que vigilaba la puerta de la celda.
-Los del robo a la joyería. Los dos creen que les ha delatado el otro -dijo el compañero.
-Déjamelos a mí -dijo riéndose. -No merece la pena. Son unos pobres diablos -contestó el policía de la puerta.
-Sólo quiero divertirme un poco -y dicho esto entró en la celda de El Rata.
-¿Sabes por qué estas aquí dentro? -El Rata no contestó-. Yo te lo diré: te dejaste tu móvil en la joyería. ¡Mira que llevar un teléfono móvil a un robo y dejarlo allí olvidado! ¡Hay que ser torpe! -se rió con ganas-. El Rata sonrió, le hacía gracia lo que estaba oyendo.
Luego, el policía se dirigió a la celda de Cara Niño que ya había oído la conversación. Le daba igual lo que le pudiera decir, El Rata no le había delatado, eso era lo que necesitaba saber.
-Y tú, confundir la voz de un policía con la de tu amigo, tampoco te quedas manco, amigo -dijo el policía y se fue diciendo entre risas:
-¡Aficionados, eso es lo que sois! Cara Niño deseó salir pronto de allí. Ahora tenía claro que no tenia madera de ladrón y deseaba aceptar el puesto de camarero que su tío le llevaba ofreciendo tanto tiempo en su bar. Trataría de convencer al Rata para que hiciera lo mismo, aunque eso sería más difícil. Le diría que todo lo ocurrido era la señal de que no debían seguir con esa vida.
El Rata, por su lado, estaba pensando en que el próximo golpe lo prepararían mejor. No quería hacerlo con otro que no fuese Cara Niño, eso estaba claro. Lo convencería, aunque después de esto sabía que le iba a costar. Estaba satisfecho, casi había salido perfecto. Esa era la señal para no rendirse y volver a intentarlo, Cara Niño tendría que comprenderlo.