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Plaza Bohemia, por Mercedes de la Guardia
 
 
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Publicado el Martes, 10 agosto a las 08:30:00
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Aquella tarde, Rufo y yo estábamos en el banco del olivo, bajo nuestra terraza, veíamos montar el mercadillo de bohemios. Una de las mejores cosas de jubilarse y vivir aquí en La Manga, es plaza Bohemia, su mercadillo y la terraza de mi apartamento. Y los paseos por la playa, claro.

Rufo me golpeaba el tobillo con su hocico húmedo. Yo no le prestaba atención, miraba a Josefina, cómo montaba su puesto. Hacía calor aún. Sentí el sudor, miré bajo mi brazo, pero la camisa era de cuadros y no se veía el surco que tanto me preocupaba. Moví mi pulsera de jaspe leopardo y mi muñeca estaba mojada. Cuando acabó se fue hacia la playa. La seguimos. Rufo saltaba a mi alrededor, yo la miraba de reojo. Ella escaló por las rocas, con una especie de cojín bajo el brazo. Josefina tiene el pelo largo, suelto y blanco. Viste de hippie, tiene un tipazo. Vende pulseras para los tobillos y siempre sonríe con los ojos entornados. Cuando llegó a lo más alto se sacó la camiseta, con sus brazos por encima de la cabeza y la tela de algodón tapándole la cara. No llevaba sujetador. Sus pechos, como de jovencita, ni grandes ni pequeños, recortados contra el azul rosáceo del cielo. Después de lo que me parecieron horas, acabó de sacarse la camiseta, la dobló y la dejó sobre la roca. Se desabrochó el pantalón y, o bien no llevaba bragas o se las sacó junto al pantalón. En cueros, levantó sus brazos, arqueó la espalda y se tiró al mar, que parecía un espejo.

Mientras Rufo se entretenía rascando en la arena, yo contemplaba a Josefina nadando a braza, con movimientos de sirena. A su alrededor, se dibujaban círculos concéntricos y suaves, que enmarcaban la estela de su larga melena. Giró hacia las rocas. Salió del agua y de nuevo vi su silueta contra el mar y el horizonte. Ella brillaba. Tomó el cojín y se sentó, alzando la barbilla hacia el sol. Yo seguía mirándola, embrujado, avergonzado.

Al cabo de unos minutos silbé a Rufo y nos fuimos hasta la plaza. Josefina apareció poco después, con el pelo mojado, y yo la seguí con la mirada. Pasó a mi lado y, con los ojos entornados, me sonrió. A mí. Sabía que la había visto bañarse. Le devolví la sonrisa, con el corazón latiéndome hasta la boca. Seguía viendo su imagen, nadando, en las rocas. Josefina entró en su puesto. Debajo de los focos, brillaba también.

La plaza se llenó de gente. Frente a mí estaba el puesto de Lola. Vende piedras semipreciosas, pirámides, bolas, sortijas, pero lo que la gente compra allí son aprobados, ilusión, salud, embarazos. "?Y si le pido algo para conquistar a Josefina?", pensé. Que tontería, un bombón como ese. Josefina colocaba lo que los curiosos descolocaban y vigilaba, las manos cogidas a la espalda, y su bolsito de pedrería colgado en bandolera. Me acerqué al puesto de Lola, con su pelo cortado al tres, gafas de montura roja y mirando a los clientes fijamente a los ojos.

-¿Qué me recomiendas para los nervios? -preguntó una chica delgadísima.

-Nena, el cuarzo rosa -respondió-. Y tu madre, ¿no ha venido este año? Espero que le fuera bien la zoisita que le di el año pasado para las rodillas.

-¿Y para tener hijos? -preguntó otra, colgada del brazo de un hombre de cara triste.

-Ésta da buen resultado. Carneola -contestó. Tomó dos piedras y las frotó suavemente-. Eso sí, nena, llévala siempre dándote con los ovarios. Y tu marido que la lleve siempre en el bolsillo.

-Oye, y a mi hija que está de oposiciones, ¿cuál le llevo? -preguntó otra mujer, rechonchita, de unos cincuenta años, mientras se abanicaba.

-¿Qué horóscopo tiene? -Sagitario. -Una amatista. Mira ésta qué bonica es. Y Lola seguía explicando. -Para los Géminis el ojo de tigre, aunque casi mejor la malaquita, nena, que para los negocios es la mejor, da riqueza, energía y creatividad. Es de las más completas. ¿Ves? Yo llevo la mía en el bolsillo, porque hace un momentico la llevaba colgada y se ha partido por la mitad. Te puedes imaginar de la que me ha librado.

-¿De qué? -preguntó la mujer con cara de susto. -Pues imagínate. Alguien que ha pasado y me ha mirado mal. Y la piedra lo ha absorbido.

Una chica con collarín jugueteaba con una piedra. Al cabo de un rato la dejó en uno de los montoncitos.

-Te la tienes que llevar. La rodocrosita es la piedra de la vitalidad y te veo un poco caída. Y, bonica -dijo, sin dejar de sonreír-, porque llevas acariciándola ya mucho rato, y le has trasmitido tus vibraciones. Esa piedra ya no puede ser más que para ti.

La chica del collarín acabó llevándosela. Lola me vio allí parado y me sonrió. Le devolví la sonrisa, pero decidí esperar un poco en mi banco hasta que clareara el personal.

Pasó un rato y me pareció que se iba, así que di un salto y bajé los escalones de una zancada, casi trastabillé.

-Lola, es que... -dije- He conocido a una chica. -Te he visto antes. Que te la quieres ligar, vamos -dijo Lola, y yo sentí que se me ponían rojas hasta las orejas-. Toma ésta. Jaspe rojo. Vas a levantar pasiones.

-Mujer, que tampoco hace falta tanto. Ella se echó a reír y me hizo un llavero con un cordoncito. -Llévala siempre en el bolsillo. Verás qué fácil te lo pone. Cuando pasamos por el puesto de Josefina ella no estaba, pero tenía todo casi recogido. Yo acaricié mi jaspe rojo dentro del bolsillo, camino de casa.

No quería acostarme antes de que Josefina se fuese. Rufo estaba dormido. Me asomé a la terraza. Allí estaba, recogiendo, y yo acaricié la piedra de nuevo. Al irse, Josefina miró hacia mi terraza y se despidió con la mano, con una sonrisa. Mi corazón, de un salto, se fue con ella.
 
 
 
   

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