Talleres de escritura Escuela de Escritores. Cursos de redacción y creación literaria
Bienvenido a Taller literario Escuela de Escritores - Comunicación escrita y escritura creativa
Talleres de escritura virtuales Talleres de escritura presenciales Cursos para empresas Servicio de corrección de textos

Cursos por Internet
Cursos a distancia de la Escuela de EscritoresAbierta la matrícula para los cursos de noviembre
Mapa de los cursos
Cursos presenciales
Cursos en Madrid de la Escuela de Escritores
Cursos en Madrid, horarios y grupos
Cursos en Burgos
Cursos en Zaragoza
Cursos para empresas
Cursos para empresas de la Escuela de EscritoresComunicación escrita, redacción comercial para empresas
Saber más
 
 
Secciones
 
 
 
 
 
  Cursos en Zaragoza  
   
 
EdE en la Red europea
EdE en la Red europea
Libros recomendados
Libros recomendados
Nuestras palabras
Nuestras palabras
Entrevistas
Entrevistas

 
  Boletín de noticias  
   
 
 
  Buzón de sugerencias  
   
 
Alumnos:
Tienes que pararle los pies, por J.C.Cuevas
 
 
[ Enviar a un amigo | Versión para imprimir ]
Publicado el Lunes, 09 agosto a las 15:30:00
Leer más artículos en:Alumnos

Me moría de rabia en clase. Con el ojo morado y la barbie sin dejar de mirarme. Y, por si fuera poco, Santi diciéndome por lo bajini: "Tienes que pararle los pies." Le llamábamos la barbie porque le crecían una especie de caracolillos rubios, como a los putos que hay pintados en esa capilla tan famosa del Papa.

No sé por qué, pero me había hecho muy amigo de Santi; a lo mejor era porque le solían echar de clase tan a menudo. Su hermano había vuelto de Bosnia como un héroe; le había explotado una mina al pasar con el jeep, y Santi me decía que le iban a poner unas piernas nuevas. Toda la clase lo sentíamos un montón; toda menos la barbie, que iba diciendo a todo el mundo que el hermano de Santi había desertado. Y lo peor de todo era que se reía cuando lo decía. No sé cómo podía decir tal patraña si a la vista estaba, que yo cuando vi a su hermano me quedé de piedra, y eso que ya le habían puesto las piernas artificiales. Cuando Santi se enteró, empezó a blasfemar y a lanzar puñetazos al aire como si se los estuviera dando a la barbie.

El día anterior habíamos ido de excursión a Piñuécar, y Santi le tenía tantas ganas que no pudo resistir la tentación. Esa barbie se la había buscado. No conozco el mar, y ni idea de dónde me viene la puñetera afición, pero yo llevaba en la mochila mi cuerda de nudos marineros. Cuando subimos al autocar la barbie estaba ya sentada, y nos pusimos justo detrás. Nada más echar a andar, Santi y yo miramos en nuestras mochilas; él sacó unas tijeras y yo la cuerda. Preparé un lazo con nudo corredizo y, sin pensarlo dos veces, se lo pasé por encima amarrándolo al asiento. Al principio creyó que era una broma, pero cuando sintió que Santi le empezaba a esquilar la nuca, gritó como un marica y todos se volvieron a mirar qué pasaba, y se armó un gran follón allí dentro. Total, que el Padre Abundio, que iba junto al conductor, vino pasillo atrás y nos pilló con la cuerda y las tijeras.

Menudo viaje. El Padre Abundio nos amenazó a todos con volver a Madrid. Me habría gustado que me castigara él mismo, aunque daba miedo verle los puños de boxeador que tenía. Pero el muy cabrón prefirió que me castigara mi padre y me dijo que le iba a contar que andaba con malas compañías y que me estaba echando a perder. A Santi le cogió de una oreja y se lo llevó delante, a su lado. Durante el resto del viaje estuve tentado de ajustarle las cuentas a esa barbie de mierda, pero me pegué bien al asiento y se la guardé.

Al día siguiente aparecí en clase con el ojo morado. "Tienes que pararle los pies", me cuchicheaba Santi, y yo asentía con la cabeza desde mi pupitre. Luego el Padre Abundio pidió voluntarios para salir a la pizarra y la barbie levantó la mano. No se cortaba. Desde la pizarra me miraba continuamente, riéndose de mi ojo malo. Me moría de rabia y me di cuenta de que le tenía muchas ganas. Santi no se la podía jugar, otro follón y al internado, así que tenía que dar yo solo con la ocasión propicia.

Y di con ella ese mismo día al salir de clase, con la tarea del Padre Abundio. Nos había emparejado para buscar cinco minerales diferentes y me había puesto con la barbie. Había dicho que aquellos que los llevaran al día siguiente con sus nombres correctos se ganaban una nota más en el final de Ciencias Naturales. Todavía llevaba en la mochila la cuerda, y en el recreo Santi me había pasado sus tijeras, unos petardos y el mechero. Lo disimulé todo en el fondo. La tarea me importaba un rábano, pero sabía que la barbie perdería el culo por las piedras. Le dije que yo conocía un sitio lleno, cerca de un arroyuelo, más allá de las barriadas. La barbie me sonrió angelicalmente y me dijo que valía. Después de un rato caminando llegamos al arroyo y lo vadeamos sin problemas porque no era profundo. Fue entonces cuando me dijo que sentía mucho lo de mi ojo, y aquello sobre mi padre, qué suerte tienes de tener padre, o algo así. él sí que tenía suerte de haberse criado en un hospicio. Le habría deseado un padre como el mío.

En aquel sitio sólo oíamos a los pájaros. Cuando saqué la cuerda no se extrañó, porque sabía de mi afición a los nudos, y le dije que le iba a enseñar algunos de mis favoritos. Fue tan tonto que se puso apoyado en un gran roble, con los pies dentro de mi lazo corredizo. Entonces tiré fuerte de la cuerda y la pasé tres veces alrededor del tronco hasta dejarlo bien atado. Empezó a lloriquear mientras intentaba zafarse del árbol pataleando, como un bebé en plena rabieta. Mientras le intentaba bajar los pantalones, el muy marica me alcanzó en los huevos y perdí la respiración. Cuando la recuperé le puse un petardo en el ojo y le amenacé: "Te lo voy a poner igual que el mío."

Aunque siguió pataleando con sus zapatos Gorila, conseguí bajarle sus sucios pantalones de felpa: estaban meados. De repente me di cuenta de que la mirada de esa barbie ya no me provocaba. Encima el ojo me dolía cada vez más. Santi me había dicho que le metiera un petardo por el culo. Y se lo habría encendido y todo. Lo habría hecho por Santi, que era un buen chico y se lo merecía. Luego me acordé de sus palabras: "tienes que pararle los pies." Y entonces saqué las tijeras y me puse a cortarle sus caracolillos rubios.
 
 
 
   

Taller literario de escritura creativa, redaccion, relato, periodismo, guion, novela, poesía, literatura infantil, literatura de viajes, etc.
Cursos para aprender a redactar cartas, cuentos, novelas...
Escuela de Escritores ® Mucho más que un taller literario
Ponte en contacto con nosotros al teléfono 917583187

Escuela de Escritores S. L. B84364181
Domicilio S. L. - Ventura Rodríguez 11 (28008) de Madrid

Sitio Web basado en PHP-Nuke