
Querido Baltasar: Soy un feto de ocho semanas, mido unos cuatro centímetros (si se me mide de la cabeza a la cola, ya sabes que estoy encogido) y peso diez gramos, aproximadamente. No puedo decirte mi nombre porque mis padres no se ponen de acuerdo sobre ese asunto (espero que no sea Diógenes, como oigo que desea mi madre, por mucho que su padre se llamara así).
He de decir que debo mi existencia al empeño de mi madre de engendrar un hijo, a pesar de tener sólo diecisiete años (vete tú a saber el porqué de tanta prisa).
Desde entonces vivo en su útero calentito y confortable. Al principio, la postura me resultaba incómoda pero con el tiempo he ido acostumbrándome.
Todo iba bien, pero ahora que mis células nerviosas han empezado a desarrollarse -unas cien mil por minuto-, empiezo a tener una perspectiva diferente de mi situación aquí, y me he dado cuenta de que tengo un problema: verás, no estoy solo. Comparto mi espacio con otro feto que llegó a escasas horas de mí (quede claro que yo llegué antes), y no dejo de pensar en lo comodito que podría estar si no tuviera que compartir un espacio tan pequeño.
Mira, Baltasar, yo no le deseo nada malo al intruso, pero es que no sabes lo incómodo que resulta estar todo el santo día boca abajo mirándole la cara. Sí, de acuerdo, él está en una bolsa y yo en otra, pero el útero es el mismo.
Últimamente he reflexionado mucho sobre las características del intruso y he llegado a la conclusión de que algo falla, porque él es rosa (sí, sí, estoy seguro) y yo soy negro, y digo yo que es posible que se haya equivocado de útero, ¿no crees?
Así que te ruego devuelvas a éste al útero que le corresponda, a ser posible que sea pronto porque yo ya empiezo a moverme (el también) y cuando intento estirarme me choco con el intruso y así yo no puedo desarrollarme. Me preocupa que cuando salga de aquí en vez de ser un lindo bebé, me parezca más a una oca azabache. O a ese capitán trueno, del que tanto habla mi padre.
En espera de tu respuesta, un feto sin nombre.
Caro Majestad Gaspar: Hace años que me encuentro en un estado de infortunio y desconsuelo, por eso tras meditarlo detenidamente, me he decidido a escribirle con la esperanza de que pueda ayudarme.
Las fuentes no se ponen de acuerdo con la fecha de mi nacimiento, pero a mí me gusta la versión de que nací en la majestuosa Florencia, en la corte de los Médicis, y llegué a España de la mano de Felipe II. Desde entonces, el juego de la oca (o sea, yo) se convirtió en un regalo de nobles.
De eso hace ya cinco siglos, y siempre he sido recibido con alborozo en todos los hogares. He reunido a familias al calor de las ascuas de un brasero, he reconciliado a amantes mal avenidos, he entretenido a púberes y a mayores.
Sin embargo, desde hace unos veinte años, me encuentro desterrado en las fábricas de juguetes, en lo más oculto de los armarios familiares, y a veces -y eso es lo peor- me abandonan fracturado y moribundo en las basuras.
No guardo rencor a nadie, entiendo que los tiempos cambian, y que ahora los niños (y las familias) prefieran otros juegos.
He reflexionado mucho durante estos años, y he llegado a la conclusión -a pesar de haber sido muy criticado por colegas como el parchís o el tres en raya, que piensan que esto puede dañar mi dignidad-, de que he de adaptarme a los tiempos que acontecen, y por eso he ideado una serie de ofertas que os voy a relatar, para que iniciéis la publicidad pertinente:
- Podré ser vendido en jugueterías, librerías y quioscos de prensa (ésta opción me gusta mucho porque quedaré a la vista de todos los transeúntes, y estaré acompañado de todo tipo de objetos variopintos: de coches antiguos, perfumes o cajitas de colección; aunque lo que más me atrae es estar junto a Shakespeare o Cervantes.
- Mi precio será de 3,99 euros, e iré acompañado -totalmente gratis- de un dado y un cubilete de diseño exclusivo, y un tebeo de una colección (aún sin determinar).
- Se me podría vender en los supermercados como "tres por dos": comprando dos, uno es gratis.
- Me acompañará un sobre sorpresa que ganará el primer jugador que caiga en la posada, y podrá optar a un concurso para una estancia en un parador de turismo, con todos los gastos pagados para dos personas.
De momento, creo que es suficiente. No obstante, si su majestad piensa que tanto el precio como las ofertas se pueden ajustar más, no dude en decírmelo, quedo abierto a cualquier sugerencia.
Saludos,
El Juego de la Oca.
Estimado Melchor: Ha llegado a mis oídos (últimamente me suenan mucho) que el juego de la Oca pretende salir al mercado acompañado de una colección de tebeos -dicen que aún no hay decidido ningún nombre-, y he pensado que quién mejor que yo, el Capitán Trueno, para tal fin. Soy el héroe más legendario del cómic español, paladín de la justicia. Siempre he estado al lado de los débiles, en contra de la opresión y la tiranía, y tal y como va el mundo yo diría que me necesitan (sin ánimo de resultar presuntuoso).
No voy a negar que estoy dolido por la escasa difusión que se me está dando en estos últimos años. Los tiempos cambian, lo sé. Sin embargo, a otros como Batman, Spiderman o Superman les han llevado al cine, y gracias a eso ahora son famosos. Y digo yo que ya me toca a mí, ¿no cree?
Por eso os ruego, Majestad, que intercedáis por mí ante el juego de la oca.
Os quedaré eternamente agradecido.
El Capitán Trueno.