
"¿Qué ven tus ojos, mi niña? Las olas que vienen y van. ¿Qué siente mi niña chica? Que pronto podré volar. ¿Hacia dónde volará mi niña? Siempre hacia el mar."
Cuando era muy pequeña, la abuela Teresa me sentaba en su regazo y me cantaba esta canción mientras me adormecía con el vaivén del balancín. Lo que mejor recuerdo de la abuela Teresa es su sonrisa. Esa sonrisa luminosa que se le escapaba entre palabras. Que daba un toque de inocencia a sus facciones marcadas por el viento.
Crecí bajo el cielo de Islandia, un cielo que despierta tempestades y evoca a los duendes; entre el olor del mar y la hierba húmeda. Acababa de cumplir los dos años al morir mi madre. La abuela Teresa se hizo cargo de mí y me llevó a vivir con ella, al pueblo de Skaftafell. No conocí a mi padre, pero mi pequeño mundo tenía todo lo necesario: amor, tranquilidad y un montón de historias que alimentaban mi imaginación.
Cuando murió la abuela yo tenía veinte años. Me ofrecieron un trabajo en Reykiavik, en una casa de subastas. Acepté el empleo y dejé la casa a cargo de María, la mujer del párroco y nuestra amiga más entrañable.
Uno de los pasatiempos de Gisele, mi hija de cinco años, era rebuscar por los trastos de la buhardilla. Una tarde encontró un libro pequeño y polvoriento, de hojas amarillentas y gastadas. Me lo trajo y lo abrí. Era uno de los cuentos que me leía la abuela, uno de los que había guardado en una caja de madera vieja con otros objetos.
Estábamos a finales de junio. El libro pequeño que Gisele había encontrado en la buhardilla me llenó de recuerdos. Habían transcurrido diez años desde entonces. Pensé que era un buen momento para ir a pasar unos días en la casa de la abuela.
Skaftafell. Sólo cuando salí del coche supe lo que significaba aquel lugar para mí. Todo seguía en su lugar, fiel a mi recuerdo. La casa de la abuela, la de los Noble, la parroquia... El cementerio, una parcela minúscula, triangular, delimitado por una valla de color blanco, como las cruces que emergían en su interior, entre florecillas amarillas y la hierba alta mecida por la brisa. Allí estaban enterradas mi madre y la abuela; también el abuelo Marc.
María había limpiado y preparado la casa para nuestra llegada. La buena de María, parecía resucitar al tiempo. Había envejecido mucho. Casi no habló. Se le notaba la emoción en el brillo de sus ojos oscuros. Nos miraba, nos abrazaba, se reía y nos hacía señas con la mano para que la siguiéramos.
Después de mostrarnos dónde estaba la comida y las sábanas limpias, nos volvió a mirar, a abrazar, a reir y desapareció con paso torpe. El balancín de la abuela seguía frente a la ventana de la sala. La abrí. La pintura blanca estaba resquebrajada por la humedad y el paso de los años. El aire fresco me envolvió con sonidos y colores familiares. Después de diez años había regresado a casa.
Gisele se había adaptado muy rápido al ritmo de Skaftafell y yo había retomado las tardes de ritmo lento.
-¿Cuándo iremos a las rocas mamá? -preguntó Gisele. -Hoy no podemos ir. Parece que va a haber tormenta. -¿No le gusta la tormenta? -¿A quién? -Al mar. Me hizo sonreír. -Sí, claro que le gusta. Por eso las olas se ríen, bailan y se persiguen para abrazar a las rocas.
-Entonces ¿podemos ir a jugar con ellas? -No, mi amor, cuando esto pasa les gusta estar solas. Volver a casa de la abuela me devolvió a un tiempo olvidado. La abuela Teresa sentada siempre en su balancín, frente a la ventana, inventando historias, mirando la vida desde aquel rincón.
-Oigo a tu madre en el sonido del agua -me decía siempre. -¿Y qué dice, abuela? -Que vas a ser fuerte y valiente, como lo fue ella y como lo fui yo. -Tú eres muy valiente, abuela. -¿Sí? Se le dibujó una sonrisa amplia. Su mirada cristalina se perdía en el infinito de nubes blancas, donde el cielo y el mar aguardaban silenciosos.
Gisele había heredado la sonrisa de la abuela. Cuando la miraba me invadía una calidez que hacía tiempo que no sentía. Cuántas cosas me había enseñado la abuela, desde su balancín, frente a la ventana abierta.
Skaftafell hizo resurgir mi pasado. Me recordó que era fuerte y valiente, como lo sería Gisele. Mis historias y mis recuerdos formaron también parte de ella, cuando paseábamos entre las cruces blancas del cementerio, cuando la sentaba en mi regazo para escuchar el mar.
"¿Qué ven tus ojos, mi niña? Las olas que vienen y van..."