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La biografía mejor contada, por Araceli Cezón
 
 
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Publicado el Domingo, 08 agosto a las 09:15:00
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Recordaba perfectamente el día que hizo su primera redacción en el colegio. Tenía 10 años y le pareció algo mágico: apoderarse de las palabras, combinarlas, conjurar unas, rechazar otras, para que, a través de ellas, surgieran personajes, paisajes, historias, vidas... el poder absoluto para crear y destruir. Todo eso no lo supo aquella primera vez, claro, pero lo intuyó.

Por eso le gustó tanto la experiencia; por eso, cada vez más a menudo, se sentaba ante el cuaderno y dejaba volar su imaginación. Le fascinaban las hojas en blanco, el bolígrafo hundiéndose levemente en ellas trazando el primer signo. A partir de ahí, su mano corría imparable por el papel, intentando seguir sus pensamientos, hasta que se le agarrotaba y el brazo le dolía y tenía que parar.

Transcurrieron los años y se fueron acumulando los escritos. Al principio los guardaba en carpetas, de esas de cartón con gomas, pero las llenaba tanto que se acababan rompiendo. Luego usó cajas, bonitas cajas de variadas formas y colores que, poco a poco, cambiaron la decoración de su habitación, sustituyendo a peluches y posters. Rodeada de ellas pasó la adolescencia y parte de su juventud. Un día, cuando las cajas amenazaban con salirse del dormitorio, decidió que ya no quería tener su vida fragmentada en cientos de hojas sueltas y se propuso reunirlas en un libro. Lo intentó muchas veces, con idéntico resultado: todo su esfuerzo acababa en la papelera. No sabía qué hacer para convertir esa amalgama de ideas y sentimientos en una historia coherente.

La vida avanzaba y el libro seguía siendo un proyecto. Consiguió un trabajo que le permitió alquilar un piso pequeño donde, en soledad, tendría más tiempo para escribir. El día del traslado, mientras desembalaba y colocaba las cajas de los escritos, algunas ya ajadas por el tiempo, lo vio claro: necesitaba dedicarse por completo al libro si quería escribirlo de una vez. Y quería, claro que quería, era lo que más deseaba en el mundo. Planeó destinar a ello el mes de vacaciones, que estaba a punto de comenzar. Una vez tomada la decisión, apenas pudo contener la paciencia. Inició inmediatamente los preparativos: compró todo lo necesario para subsistir durante el mes sin salir de casa, llamó a su familia y amigos para comunicarles que se iba de viaje y acudió a la mejor papelería del barrio. Allí estuvo mucho tiempo deambulando entre las estanterías hasta que eligió un par de rotuladores negros y varios cuadernos de inmaculadas hojas blancas. Una vez en casa, colocó su preciado material en la mesa de trabajo, contando las horas que faltaban para empezar.

Y llegó el ansiado día. Nada más regresar de la oficina corrió hacia la mesa. Se sentó, levantó despacio la varita mágica en forma de rotulador con punta fina y trazo suave cuya tinta, apenas tocaba la hoja, se transformaba en palabras, y comenzó, por última vez, su libro. Escribió incansablemente durante mucho tiempo. Las pocas pausas que hizo fueron para cubrir sus necesidades básicas, que cada vez eran menos: comía lo mínimo, dejó de ducharse, no se quitaba el pijama, apenas dormía. Cuando terminó el borrador y lo leyó se sintió desfallecer: no lo había conseguido. Las palabras, una vez más, se habían negado a reflejar sus pensamientos. Estaba al borde de la desesperación. ¿Debía abandonar? No, ya no podía, el libro se había convertido en una obsesión que la dominaba y la empujaba a seguir. Dedicaría a él su vida, si era preciso.

Se sobrepuso al agotamiento y continuó su obra. Amaneció y se hizo de noche varias veces, perdió la noción del tiempo. Escribió, tachó y rompió muchas hojas hasta que una noche, en la que el cansancio la hizo detenerse, se quedó absorta mirando el papel en blanco. !Si pudiera atravesar esa barrera y transformarse en palabras! Crearía la biografía mejor contada del mundo, sin matices que la distorsionaran. Tanto tiempo permaneció con la mirada fija que ya sólo veía blanco, y le pareció que todo se disolvía a su alrededor excepto el papel, que se extendía más y más hasta envolverla. En medio de la nada blanca apareció una fisura negra, como una rayajo de tinta, que se fue dilatando lentamente hasta convertirse en la entrada de una nueva dimensión, invitándola a pasar.

Finalizaron las vacaciones y ella no apareció. Cuando su familia, asustada por la ausencia, irrumpió en la casa, se encontró un panorama desolador: platos sucios y resecos apilados en la cocina, ropa tirada en el baño, la cama desecha. Todo estaba desordenado excepto su mesa de trabajo, donde lo único que llamaba la atención era un rotulador abierto encima de un libro, en cuya portada aparecía el rostro sonriente de su protagonista.
 
 
 
   

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