
El martes me llamó mi amiga Socorro. Tuve que pedirle varias veces que repitiera lo que me quería decir. Agucé el oído y recogí sus palabras, una a una, según iban saliendo por el auricular, hasta que pude cogerle el sentido a su mensaje. Quería que le sacase una cita con mi marido. "Mala cosa", pensé, "porque él me tiene prohibido que lo llame al trabajo."
Ya él estaba en el hospital. Aunque esa noche vendría tarde, decidí esperarlo. Esperé y esperé, hasta que a las once el sueño me venció.
A la mañana siguiente, a las seis, no lo encontré en la cama. El olor a café me decía que estaría abajo desayunando. Me puse la ropa de hacer ejercicios, me lavé los dientes y la cara, calcé las zapatillas de correr, me peiné, y bajé a decirle lo de Socorro.
Mi marido ya había desaparecido. Sólo dejó el aroma del café, la sartén, y el plato con rastros de huevos en revoltillo. En la sala encontré la cajita donde guarda el toca casette, abierta y vacía. Como él solamente lo usa para escuchar instrucciones durante su hora de ejercicios, asumí que había ido a la pista. Para corroborar, me asomé al garaje y, efectivamente, su carro no estaba.
Antes de ir a la pista tomé el café con mis pastillas. Me fui corriendo. El fresco de la mañana me hizo más agradable el trecho. A la media hora, después de subir y bajar carretera, llegué.
Entonces, rastreé la pista con la mirada. A lo lejos creí verlo. Iba erguido. Era su andar: rápido. Movía sus manos de arriba para abajo, y vestía el abrigo de la bandera americana. Estaba tan lejos que lo vi pequeño, como nunca se hubiese imaginado que alguien podría verlo. Corrí más rápido para alcanzarlo.
Mientras corría sólo llevaba en mi mente el recado de Socorro. Cuando me llamó el día anterior, su forma de hablar me dio la impresión de que le era urgente ver al médico. Me entretuve un rato pensando en sus constantes visitas al psiquiatra. Buscaba alivio para su depresión endógena y sin cura. El tratamiento sólo le daba treguas, lapsos de tiempo donde podía ir a la escuela y dar sus clases sin ninguna seña de enfermedad. Pensé que era necesario conseguirle esa cita lo antes posible . Temía que le volvieran pensamientos suicidas como la otra vez, cuando se tomó un cóctel de pastillas. Por eso creí importante que yo le explicara a mi marido.
Entonces corrí y corrí con la seguridad de que ya lo tendría cerca. Miré, pero no lo vi. Se había ido. Terminé mi ejercicio y me fui a casa.
En casa tampoco estaba. Sin otra alternativa que esperar hasta la noche, me bañé, desayuné, leí el periódico, almorcé, dormí la siesta, escribí mi diario, leí un poco de "El crimen del Padre Amaro", de Queiroz, y a las cinco bajé a la cocina a guisar un pollo. Ya la cena estaba casi lista cuando alcancé a ver la luz del teléfono parpadeando. Apreté el botón para oír el mensaje, y era él diciéndome que no vendría a cenar. Guardé la comida para el día siguiente y esperé, hasta que el sueño me venció nuevamente. Esa noche no lo vi.
Por la mañana, el olor a café me despertó. Tiré las sábanas y salí corriendo al baño. Bajé las escaleras tan rápido como pude. Lo encontré de pie en la cocina. Tomaba su café. "¿Qué te pasa? ¿Por qué bajas tan deprisa?", me dijo con tono de sorpresa.
Ya estaba vestido: traje azul marino, camisa azul celeste de manga larga, y corbata de seda en combinación. Al acercármele, el olor a su perfume mezclado con el del café me revolcó el estómago vacío. Respiré hondo y le dije: "Socorro me llamó antes de ayer para..."
-Ah, sí..., ya yo le di la cita. Apuró el último sorbo, me besó, y salió por la puerta del frente. Yo regresé entonces a mi rutina diaria.