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Vuelta a casa, por Natalia Carou
 
 
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Publicado el Domingo, 08 agosto a las 07:10:00
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18 de noviembre de 1938, cinco de la tarde. Fulgencio Valdecolles Ribasaltas esperaba ansioso la llegada del tren que le llevaría de vuelta a casa. La estación estaba abarrotada de gente, muchos eran soldados que como él, regresaban a sus hogares, unos vencedores y los más, vencidos, después de varios meses de lucha en el frente, agazapados tras las trincheras de Sierra Magdalena, en las riberas del Ebro.

Algunos caminaban apoyados en sus muletas, y otros se sujetaban sin mucha maña los apresurados vendajes de miembros mutilados, pero todos sin excepción mostraban una sonrisa imperecedera en su rostro porque al fin volvían a casa.

Fulgencio tenía una razón más para sonreír, él milagrosamente estaba intacto. No había sufrido ninguna herida importante, ni le habían tenido que seccionar ningún miembro de su cuerpo, cargaba livianamente su mochila desgreñada sobre un hombro y esperaba impaciente el momento de acomodarse en el vagón correspondiente. El pitido del tren resonaba en la distancia invitando a todos los pasajeros a prepararse para la marcha, y pronto se pudo ver sobre el horizonte la impresionante máquina escupiendo volutas de vapor acercándose a una velocidad de vértigo.

El corazón de Fulgencio se agitó y la emoción se tornó en incipiente euforia, pensó en Ramona, su esposa, con sus caderas torneadas y sus pechos turgentes sobresaliendo insolentes sobre la franela del camisón de domingo y sintió un ramalazo de calor presionando la entrepierna. Aspiró el perfume imaginario de su cabello recién lavado, y se recreó en la ilusión de volver a besar aquellos firmes labios de frambuesa madura.

Fulgencio Valdecolles se sentó en el primer vagón que encontró libre, era un compartimiento de esos de madera para cuatro pasajeros, con los asientos de pana vieja roídos por las esquinas, confortable y acogedor, igual que la sala de uno de esos cafés de indudable sabor antiguo que invitan a conversar.
Un hombre de tez amarillenta, ataviado con un traje nuevo de paño gris, aspiraba con pasión un cigarrillo cerca de la ventanilla, y aquel olor olvidado trajo aromas de nostalgia a la mente de Fulgencio. Se le quedó mirando, observando su pelo negro peinado cuidadosamente con la raya de lado, deseando fervientemente que el hombre se ofreciera a compartir con él unas migajas de tabaco. No había tenido tiempo de comprar cigarrillos, y aunque lo hubiera tenido, tampoco tenía dinero para pagarlos.

-¿Quiere usted? -el hombre tendió la colilla a Fulgencio como si hubiera estado escuchando sus pensamientos-, ya iba a tirarlo.

Fulgencio aspiró la primera calada con decisión y saboreó el humo en su paladar, sintiendo cómo inundaba sus pulmones, se deleitó en el inmenso placer que le causaba y agradeció al desconocido su amabilidad.

-¿Cómo se llama, caballero?, ha conseguido hacerme sentir en la gloria.

-Constantino Cabrales de Iroga, a su servicio. Fulgencio se sentó al lado del señor con ganas de charla, queriendo saber de su vida, le preguntó de dónde era, y si venía también de luchar en el frente, aunque no parecía, pues, de tan arreglado y repeinado que iba.

-Pues sí, señor. Agrupación Autónoma del Ebro, V Cuerpo del ejército, 11-a División, 1-a Brigada Mixta, a las órdenes del Comisario Fortunato Montalve.

Fulgencio descubrió también sorprendido que el hombre vivía muy cerca de su pueblo, en Valdeagua, y se alegró de que fuese tan hablador y animoso, y de que no hubiera sufrido tampoco ninguna herida en el frente. Se pasaron mucho rato contando sus desgraciadas aventuras de guerra, algunas también divertidas porqué no.

Las cuatro horas de camino se le pasaron a Fulgencio en un suspiro, pues tan a gusto se hallaba con su nuevo amigo. Poco antes de llegar a la estación, se prometieron mutuamente que quedarían a menudo para fortalecer así su incipiente amistad, y se abrazaron y besaron en el andén antes de tomar cada uno su camino.

Una vez delante de la verja de su anhelado hogar, se topó Fulgencio con un imprevisto, un enorme lazo negro colgaba del portal, sujeto con una chincheta de esas de hierro, y debajo del lazo ondeaba, cual bandera al viento, una lista de los caídos en combate. Leyó detenidamente los nombres allí apostados, uno por uno, sintiendo cada una de aquellas muertes con el mismo dolor que si se tratara de un miembro de su propia familia y se sorprendió Fulgencio al leer en el listado un difunto con el nombre de Constantino Cabrales de Iroga, idéntico homónimo al de su reciente amigo. "¡Vaya, sí que hay casualidades en la vida!", pensó.

Y siguió leyendo un poco más abajo.

"Florencio Seisdedos Duarte"

"Cucufate Talavera Castrurdiales"

"Fulgencio Valdecolles Ribasaltas"

"FULGENCIO VALDECOLLES RIBASALTAS"

Entonces acudió de golpe a la memoria de Fulgencio la bala maldita horadando su cabeza, y luego se vio desplomándose sobre el barro mugriento, se recordó a sí mismo suplicando a todos los dioses, musitando mil plegarias con el deseo ferviente de no morir sin antes volver a su hogar bienamado, y comprendió abrumado que su último deseo le había sido concedido.

Fulgencio se acercó a la casa y pudo observar a través de los cristales el rostro desolado de Ramona, bastante más rellenita de cómo la recordaba, llorando a estas horas su ausencia y también la figura de su madre, envejecida de repente en casi cien años, las dos abrazadas consolando su mutua aflicción, y también vio en un futuro no muy lejano, revolotear por la casa la figura de un niño de igual rostro que el suyo.

Comprendió entonces que su espíritu no moriría consigo y respiró aliviado, agradecido.

Una sonrisa comenzó a insinuarse en su rostro al mismo tiempo que sintió cómo su cuerpo empezaba a desdibujarse poco a poco, transformándose en el polvo del cual había nacido, y mientras depositaba una última mirada en su familia acongojada, se desvaneció en el aire como nube de humo volando con el viento hacia quién sabe qué lugares más allá del mundo conocido.
 
 
 
   

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