
Ahora, el barniz desconchado colgaba de las ventanas. Los palos sin linfa de las madreselvas arañaban la fachada de piedra. El parqué de figuras geométricas desvanecidas hospedaban un termitero. Las sombras caminaban con pesadez y desaparecían en los ángulos de las habitaciones.
El aire otoñal se colaba por las rendijas y el chirrido de las bisagras acompañaba con su música las paredes desnudas. Alguna vez habían sido testigos de risas, desacuerdos, amores...
La puerta del garaje estaba abierta, Elena entró. Entre telarañas y polvo, un débil rayo de luz se filtraba por la claraboya. En el suelo, bolsas de plástico negro esparcidas con descuido. Había llovido la noche anterior y el olor de moho impregnaba el ambiente. Elena abrió una bolsa. Reconoció uno de sus jerseys descoloridos, sus pantuflas de lana, sus jeans cortados... En otra, había una vieja maleta con indumentos que ni siquiera recordaba ya. Debajo de vestidos y camisetas encontró un libro: "Juan Salvador Gaviota". Permaneció de pie, inmóvil por mucho tiempo, mientras las paredes giraban en torno a ella. Sólo el zumbido de los abejorros la volvió en sí. Miró hacia el jardín; una liebre la espiaba desde el otro lado de la pista y con un brinco desapareció entre la hierba alta. Elena aferró el libro. Cerró la maleta y colocó de nuevo las bolsas en su posición original.
Estaba ahí: quieta, sola. La casa estaba vacía; la casa no era más su hogar. Elena observó esos contornos por última vez. Una ráfaga helada la envolvió, mientras los árboles se mecían acompasados por el viento. Las gotas de lluvia le bañaron el rostro. Caminó hacia el auto; abrió la puerta delantera, se sentó y escribió una nota para el jardinero: "Sr. Clark, ya no me sirven las cosas del garaje."