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Piloto de pruebas, por Sergio Busto
 
 
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Publicado el Sábado, 07 agosto a las 08:00:00
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Dos semanas viviendo conmigo habían sido suficientes para que Carolina desbordara mi pequeño armario con su ropa. Y con libros, disfraces, juguetes varios, el equipo de gimnasia.., qué sé yo. Finalizada esa convivencia con su solitario padre, mi ex-cónyuge, Andrea, había recogido a la niña directamente del colegio y ahora me tocaba cargar con el equipaje hasta su casa.

Haciendo un esfuerzo ímprobo, metí todo lo que cabía en una amplia maleta y dos bolsas y, desdeñando un sufrido trayecto en el Metro, cogí el primer taxi que pasaba frente a mi puerta.

Sé perfectamente que no están mis tiempos para estos dispendios pero no era sólo un asunto de comodidad. Andrea, siempre tan formal, me había invitado a cenar y yo llevaba un retraso equivalente a tres gintonics y una pizca de tabaco enriquecido. Lo suficiente para adquirir un grado de discreta euforia y perderle miedo al encuentro.

El taxi no llevaba letrero que prohibiese fumar y en el cenicero había un par de colillas, de modo que estrené un paquete de Ducados y le ofrecí un pitillo al taxista, que rehusó atentamente diciéndome que no fumaba. Un tanto sorprendido le pregunté si no le importaría que yo fumase y contestó con un respetuoso "no, señor, está en su derecho" que me sonó a otra época.

Fumé con verdadero placer. El taxi se deslizaba raudo por la noche de Madrid y no pude menos que darme cuenta de la habilidad del conductor. Me sentía cada vez mejor así que consideré de lo más natural comunicarle al taxista mis impresiones acerca de su excelente manera de conducir.

-Bueno -respondió con modestia- veinticinco años detrás de un volante algo enseñarán, digo yo.

-Hasta cierto punto -contesté, dándome cuenta de que, inconscientemente, estaba adoptando mi tono profesional-. La mera experiencia puede dar como resultado un conductor mañoso y prudente. Pero usted va más allá de eso, no hace maniobras superfluas, asume ciertos riesgos y los resuelve con precisión, conduce con rapidez pero sin brusquedad.

-Tampoco será para tanto -reclamó. Aunque una cierta connotación de orgullo se desprendía de la protesta.

-Sí que lo es -insistí-. No crea usted que es frecuente encontrar buenos conductores, ni siquiera entre los de su gremio. Y, no es por nada, pero se lo digo con verdadero conocimiento de causa, yo soy piloto de pruebas de la Ford.

-!Hombreee!- exclamó con franca admiración-. Ahí sí que sabrán conducir bien.

-Evidentemente. Estamos obligados a exigir a los coches el máximo potencial de soluciones en todas las posibilidades de riesgo usual y para ello se requiere una especie de diálogo sin palabras con la máquina, intuyendo antes que sabiendo hasta dónde puede llegar, de qué pie cojea y cómo responderá en la situación extrema. Y, permítame que le diga, es precisamente ese entendimiento con su automóvil lo que caracteriza al buen conductor y es lo que yo he observado en usted.

Con el ánimo notoriamente esponjado por mis palabras el taxista me llevó hasta mi destino y antes de que descendiera me pidió -con un aire de veneración que hacía imposible mi negativa- que le firmara un autógrafo. En su propio cuadernillo estampé esa firma ilegible y con forma de velero que tanto me agrada. Debajo, y en claras letras de imprenta, escribí: CARLOS GARCíADELA TROLERAY MENTIZABAL. "REAL ESCUDERíADE ALMUSAFES".Nos despedimos contentos, deseándonos un eventual reencuentro y suerte al volante.

Carolina me abrió la puerta y saltó a mis brazos colmándome de efusivas muestras de cariño. Detrás de ella apareció el rostro serio de su madre, así que me apresuré a señalar lo pesado de la maleta y el largo y desagradable trayecto en Metro. De momento se guardó sus observaciones, pero mientras yo jugaba con la niña podía percibir con claridad cómo Andrea iba alcanzando el grado de tirantez que últimamente aportaba a nuestros escasos encuentros.

Cuando, ya dormida mi hija, pasamos a cenar, rompió a hablar con frases duras respecto a mi chaqueta vieja y descosida, a mis atrasos, a las cosas que yo hablaba con Carolina (tan sólo le había dicho que su madre no me quería), a mi irresponsabilidad congénita, a mis inútiles fantasías, a mi incapacidad de reconocer que hacía ya mucho tiempo que había dejado de ser una joven promesa, y todo así, dale que te pego.

Ayudado por la comida caliente y la carga previamente ingerida, yo dejaba bailotear en mi cara una sonrisa plácida y contestaba serenamente a sus invectivas.

El método, por lo visto, no era el más acertado, puesto que su irritación iba paulatinamente en aumento. Y cuando, finalizada la cena, le pedí por favor que me acercara hasta el Metro, se despachó a su gusto diciéndome que hasta cuándo coño iba a seguir así por la vida, que por qué no ahorraba un poco, aprendía a conducir y me compraba un coche de una puta vez para no tener que quejarme del Metro ni andar jodiendo a los demás.

Mientras caminaba ligeramente abatido en dirección a mi subterránea estación de embarque, bajo la primaveral noche madrileña, iba pensando que la madre de mi hija estaba cargada de razones y que no se podía ir por este mundo así, sin saber conducir un automóvil ni cómo conducirse en sociedad.
 
 
 
   

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