Talleres de escritura Escuela de Escritores. Cursos de redacción y creación literaria
Bienvenido a Taller literario Escuela de Escritores - Comunicación escrita y escritura creativa
Talleres de escritura virtuales Talleres de escritura presenciales Cursos para empresas Servicio de corrección de textos

Cursos por Internet
Cursos a distancia de la Escuela de EscritoresAbierta la matrícula para los cursos de noviembre
Mapa de los cursos
Cursos presenciales
Cursos en Madrid de la Escuela de Escritores
Cursos en Madrid, horarios y grupos
Cursos en Burgos
Cursos en Zaragoza
Cursos para empresas
Cursos para empresas de la Escuela de EscritoresComunicación escrita, redacción comercial para empresas
Saber más
 
 
Secciones
 
 
 
 
 
  Cursos en Zaragoza  
   
 
EdE en la Red europea
EdE en la Red europea
Libros recomendados
Libros recomendados
Nuestras palabras
Nuestras palabras
Entrevistas
Entrevistas

 
  Boletín de noticias  
   
 
 
  Buzón de sugerencias  
   
 
Alumnos:
A tiempo, por Marcela Bitran
 
 
[ Enviar a un amigo | Versión para imprimir ]
Publicado el Viernes, 06 agosto a las 18:00:00
Leer más artículos en:Alumnos

De repente me sobrecogió la certeza de que, si no hacíamos algo, ella perdería su bebé. No sabía de dónde me venía esa idea. María había llevado bien sus ocho meses de embarazo, y no había razón para temer. Él, que llevaría el nombre de José Miguel, venía decidido a vivir.

De partida, cuando era apenas una rayita roja en un pedazo de plástico, le enseñó a su mamá que no era cierto eso de que "las mujeres no pueden quedar esperando la primera vez". No había tal regalía. Además, con sólo anunciar su existencia, se llevó los sueños de su madre de llegar virgen al matrimonio y le recordó que, a sus 30 años, ya era hora de dejar de criar niños ajenos.

El día que me enteré de esto era como uno de esos que se ven en las películas gringas: remolinos de viento sucio corrían desordenados por las calles desiertas, llevándose consigo basura, sueños y papeles olvidados. María... recuerdo sus ojitos pardos, húmedos y abiertos, como los de un animalito asustado. Me había llamado a la oficina porque necesitaba hablar urgente conmigo, y ahora que me tenía al frente, me miraba sin atinar a decir nada. De repente, abrió su manita transpirada y pude ver dentro de una servilleta ajada, esa rayita roja. La había apretado todo el día, como si quisiera acallarla, pero nada, seguía estando allí.

No había caso, mi temor crecía y nadie parecía entenderlo. Era como si tan sólo a mí le fuera dado saberlo. Agucé mis sentidos: María dormía tranquila en su pieza, bajo la escalera. Había estado feliz de verme regresar del viaje y tal parecía que durante mi ausencia ella y José Miguel se habían `abuenadó. La casa estaba revolucionada con mi llegada y con los preparativos para el cumpleaños de Aline. Yo era la más excitada de todos. Parecía como si a mi cerebro llegara mucha más luz de lo habitual, más ideas, más palabras; como si se hubieran descorrido unas cortinas pesadas y la luz me cegara los ojos. Así, ocupadas al mismo tiempo todas las autopistas de mi cerebro, y como si mi corazón no cupiera bien en el pecho, intenté terminar de imprimir las invitaciones para la fiesta. Tenía que disciplinarme para no seguir las miles de ideas que mi pensamiento inventaba, entusiasmado. Me podía perder completamente entre que me levantaba a buscar un lápiz y me volvía a sentar. Si sonaba el teléfono, se me ocurría instalar un aparato en el primer piso (y era muy capaz de hacerlo) para no tener que subir corriendo las escaleras cada vez; si salía al jardín y me parecía que las hortensias estaban un poco mustias, no podía dejar de regarlas. Seguía, entusiasmada y desprejuiciada, las asociaciones de mi mente, y al ver que María me miraba entre divertida y extrañada, le empecé a contar de mi vorágine. Así, medio jugando, medio riendo, entre las dos logramos terminar las famosas invitaciones (lo que era un logro con esa impresora taimada), después de una tarde de cuento.

Cuando María y las niñas se fueron a la cama y los ruidos de la casa se aquietaron, supe que el bebé de María corría peligro. En verdad no era una idea, sino más bien una noticia que me llegaba: clara, prístina, como el sonido de una campana. No perdí tiempo en convencer a nadie de ello. Esperé un rato hasta que supe lo que tenía que hacer para prevenir esa tragedia. Debía encontrar cuanto antes a un grupo de personas con virtudes singulares: el del mejor oído, el de la mejor voz, el de la mente más aguda e imparcial y el que supiera más de psicología humana. Era una carrera contra el tiempo y el corazón me latía con fuerza. Bajé aprisa las escaleras y vi a Claudio, que volvía cansado de la universidad. En ese instante supe que él era el del oído: cuántas veces en la noche nos había alertado de la llegada de alguien, o del comienzo de un terremoto. Claudio distinguía, mucho antes que los perros, el sonido sordo que hace la tierra antes de sacudirse. Casi de inmediato, y antes de que tuviera tiempo de hablarle, sonó una bocina. Me asomé corriendo y vi las luces de un auto tratando de hacerse camino entre la espesa neblina, mientras daba tumbos en el camino polvoriento que lleva a mi casa. Mi marido, su hermana y mi cuñado bajaron del auto y me sonrieron. ¡Cómo no se me había ocurrido antes! El de la voz era Antonio, el hombre que ha llenado mi vida de amor y música; el del pensamiento lógico, Daniel, mi cuñado, de ancestro judío alemán e ingeniero por añadidura y, por último, la experta en la psiquis humana Andrea, doctora en psicología y la más ávida lectora y estudiosa que he conocido. Claudio, Antonio, Daniel y Andrea, dije, y mientras murmuraba sus nombres, una melodía muy antigua vino a mi memoria. Parecían sorprendidos y querían saber por qué los había llamado. Les dije que ya casi no nos quedaba tiempo y les pedí que nos tomáramos de las manos, en silencio. Cerré los ojos y una luz me invadió desde dentro. Ahora José Miguel podía nacer sin peligro alguno: habíamos cerrado el círculo de amor justo a tiempo.

Abrí los ojos sin saber a ciencia cierta dónde estaba. Despacio, en la penumbra, reconocí mi dormitorio. Antonio me besó las mejillas y me dijo con una voz muy queda: "Despierta, amor, tenemos que llevar a María al hospital, ya comenzaron las contracciones." Me desperté de a poco, y estiré mis brazos. Sentía los músculos cansados, como si hubiera corrido toda la noche. Mi corazón en cambio estaba liviano y latía acompasadamente. Abrí las cortinas, apenas amanecía. Una estrella fugaz cayó del cielo dibujando una rayita roja sobre el fondo negro azulado.
 
 
 
   

Taller literario de escritura creativa, redaccion, relato, periodismo, guion, novela, poesía, literatura infantil, literatura de viajes, etc.
Cursos para aprender a redactar cartas, cuentos, novelas...
Escuela de Escritores ® Mucho más que un taller literario
Ponte en contacto con nosotros al teléfono 917583187

Escuela de Escritores S. L. B84364181
Domicilio S. L. - Ventura Rodríguez 11 (28008) de Madrid

Sitio Web basado en PHP-Nuke