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Devastación, por Nuchi Belchí
 
 
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Publicado el Viernes, 06 agosto a las 13:00:00
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La ciudad de Herculano esconde bajo las cenizas del Vesubio una gran biblioteca latina.

Morirás cuando termine la lectura, pensaba. Y tú, con los ojos muy abiertos y la rotación del dedo índice de tu mano derecha, hacías un último esfuerzo por saber qué había bajo las ruinas de Herculano.

Haré una pausa y durarás más tiempo. Pero tú volvías a girar el dedo y me mirabas con impaciencia, tal vez pensando que tu tiempo ya se acababa.

Los arqueólogos no descartan que la biblioteca pueda encontrarse entre los restos ocultos de la Villa de los papiros.

Entramos al hospital a comienzos de verano y ya no saldrías con vida. Esa tarde, abrieron tu cuerpo con la esperanza de extirpar el fuego que te amenazaba. Yo quería que el tiempo se dilatase, que no se abriera la puerta demasiado pronto, que unas manos hábiles arrancaran de cuajo esa otra forma de vida que podría con la tuya. Pero la puerta se abrió y el médico con los hombros caídos y las órbitas de los ojos sin saber dónde posarlas, daba muestras de su derrota.

Cuando me encontré de nuevo contigo, sonreí. Tú también sonreíste. Ahora empezaba la representación. Tú sabías que yo sabía; yo sabía que tú sabías que yo sabía. Decidimos entonces que ninguno sabíamos.

Brillaban capas de fuego y llamas impetuosas a cuyo resplandor contribuía la obscuridad de la noche.

Tu vómito me alcanzó aun estando yo a dos metros de distancia. Dormía, pero un ruido me hizo encender la luz. Me levanté y cayó sobre mí, como presa reventada, todo el desorden que tenías dentro. No sentí asco, ni olor desagradable. Corrí hacia tu lado y te besé en la frente. Cogí la toalla y fui a empaparla en agua, pobre de mí, pensando que tu bienestar dependiese de la rapidez de mis pasos.

Me miraste asombrado. Verás cómo todo pasa. Sí, respondiste ausente. Entonces un relámpago me atravesó de cabeza a pies.

Noté su vibración en el temblor de mis manos, la sequedad de mi boca y la pérdida del equilibrio.

Las casas se estremecían con violentas sacudidas, parecían estar tambaleándose como arrancadas de sus cimientos.

Hay que operar de nuevo, dijo el médico. Tu cuerpo se había roto otra vez. Estabas en la UCI y yo te observaba desde una esquina. Mirabas tu vientre abierto con los mismos ojos de asombro con los que antes habías mirado la nieve, pero ahora había un fondo de terror en ellos. Estabas solo y yo no podía hacer nada por remediarlo.

Envueltos por la noche, no con la oscuridad de una noche sin luna o nublada, sino con la de un cuarto cerrado y sin luces.

Había que despedirse de nuestros hijos. Fue en el hospital, tras la tercera operación. "Obstrucción intestinal", dijo el médico para justificar otra intervención. Yo quería evitar el dolor que, como lava desordenada, lo anegaba todo, pero no era posible. No podías incorporarte ni moverte solo. Llegó nuestro hijo mayor, abrió la puerta y miró. Quisiste sentarte en la cama: "Yo te ayudo, papá." Entonces lo miré y comprendió. El enamorado y la muerte, tantas veces escuchada ¿Tal vez invocamos sin querer a la Dama Blanca? Do vas, señora, tan blanca, aún más que la nieve fría. Espera, espera, es pronto todavía, mírame a mí, amigo amado, echaré cordón de seda para que subas arriba y si el cordón no alcanzara, mis trenzas añadiría.

Llegó nuestra pequeña hija con más de veinte trenzas en su pelo. Quisiste recibirla sentado en un sillón y tuvieron que traer una grúa. Ya eras un peso muerto. Sentada en tus rodillas, ella te besaba. Sería la última vez que contemplase esa escena. Mientras os miraba, tú preguntándole, ella abrazada a tu cuello contestando, me hice sangre en los brazos. "¿Estás contenta del viaje tan largo que vas a hacer?" "Sí, papá y montaremos tiendas y también iremos a pescar truchas y podremos dormir en la montaña." "Fíjate en todo lo que veas para que nos lo cuentes." "Sí, papá." Tenían que salir de allí. Veía tu dolor. "Ya tenéis que iros", dije. Entonces bajó, te besó, tú le cogiste el brazo, la mano, el dedo, como queriendo tejer un cordón elástico que prolongase el contacto. Pero, en un momento, el cordón se quebró y yo me senté a tus pies, deseando con fuerza poder articular palabras sin temblor en la voz. "Dentro de un rato te sentirás mejor." Asentiste con la cabeza. Tu voz se estaba perdiendo.

Unos llamaban a sus padres, otros a sus hijos, a sus esposas. Clamaban a los dioses, pero la mayoría estaban convencidos de que ya no había dioses y esa noche era la última del mundo.

Era la última noche. Cuatro operaciones en quince días. Tu cuerpo agujereado como un toro mal herido. El mío con agujas que corrían en todas direcciones. Cuando entraste a quirófano te besé y corrí escaleras arriba hasta abrazarme a las patas de una silla y llorar.

Al contrario que Pompeya, ciudad que fue anegada por el fuego, la rica Herculano fue sepultada bajo una lluvia de polvo volcánico frío, razón de la sorprendente conservación de sus materiales más frágiles.

Es la mañana de tu último día. Te cuesta respirar, no puedes moverte ni hablar. El dolor se refleja en tu cara que se transforma en máscara. Pero yo sé que estás ahí, que eres tú y puedes oírme. Busco en los periódicos hasta dar con algo que pueda sacarte de ese estado. Tal vez te interese esta noticia: "La ciudad de Herculano esconde bajo sus cenizas una gran biblioteca latina." Entonces abres los ojos con un interés que creía perdido. Con la rotación de tu dedo índice de la mano derecha, me pides que siga leyendo. Morirás cuando acabe la lectura, pienso. Leo despacio, quiero dilatar el tiempo, ampliar la noticia, inventarla si fuese capaz. Pero las letras se acaban y con mi voz, tu voz para siempre.
 
 
 
   

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