
El sheriff Parker clavó sus ojos en los del pistolero. El forajido desenfundó su revolver pero el sol a la espalda del sheriff lo deslumbró apenas el instante suficiente para que entornara los ojos. Parker disparó primero. La detonación resonó en las calles del pueblo y el ruido incesante de un timbre se hizo cada vez más presente...
Aurelio se despertó sobresaltado, se levantó tambaleante del sillón, al apoyarse en la mesa cayeron al suelo "Sendero de violencia" y "La ley de la pradera".
El timbre de la puerta seguía sonando. Recorrió con dificultad el pasillo, el esfuerzo y toda una vida de fumador le hacía respirar con dificultad.
Observó por la mirilla, había dos jóvenes con corbata ante la puerta.
-No quiero nada -dijo con el tono entrecortado que le producía la falta de aire.
-Sólo veníamos a ofrecerle... No dejó terminar la explicación, refunfuñando volvió al salón, cogió los libros del suelo y los dejó junto a los otros que llenaban la mesa.
A lo largo de los diez años desde que se jubiló Aurelio se había convertido en un experto en novelas del Oeste. No le gustaban las historias de "El Coyote" ni de "El Zorro", lo que le apasionaba eran las novelas del "verdadero" Oeste, "Ases del Oeste" y "Bisonte Serie Roja" eran sus colecciones favoritas, y a menudo discutía sobre el tema con su amigo Paco, gran defensor de "El Coyote".
Agacharse le produjo un fuerte dolor en el pecho, hacía semanas que iba y venía, casi le cortaba la respiración, pero sabía que no duraba mucho.
Dejó que el dolor pasara de largo, Parker hubiera hecho lo mismo, a ninguno de los dos les gustaban los médicos.
Recuperado, descolgó el teléfono y marcó de memoria. -¡Hola!, soy yo -dijo-. Ya, papá, conozco tu voz, ¿cómo estás?
- Voy tirando. ¿Y tú? -Muy liada, por eso prefiero que no llames al trabajo. Perdona, tengo que dejarte, te llamo esta noche, besos.
-Hasta luego, hija. Aurelio se quedó mirando por la ventana a una niña que jugaba en el balcón de enfrente, la había visto crecer aunque no sabía cómo se llamaba.
Observó sus juegos y por un momento una sonrisa difuminó las arrugas de su cara.
La niña entró en su casa y Aurelio salió del trance. Cambio sus zapatillas por unos zapatos y se puso una chaqueta para salir a la calle.
Cada vez salía menos, le costaba bajar escaleras y, desde que Paco estaba en la residencia, ya sólo hablaba con Carmen, la dependienta del ultramarinos.
-Cuántos días sin verlo. Creía que se habría ido con su hija a Barcelona -dijo ella al verlo.
-Buenas tardes. Es que hace días que no me encuentro bien. Pero mira, precisamente acabo de estar un rato hablando con ella, estaba empeñada en que fuera unos días -dijo un Aurelio rejuvenecido.
-Ponme algo de fruta y un poco de jamón, que tú sabes que sólo bajo para distraerme.
-Yo encantada, pero lo que tiene que hacer es un viaje del Inserso, verá lo bien que se lo pasa -dijo la dependienta mientras cortaba el jamón.
-Deja, deja, que están llenos de viejos. Yo en casa estoy a gusto.
Pagó y con un gesto de complicidad se despidió. Al entrar en el portal respiró profundamente y enfrentó la subida hasta el tercero piso.
El dolor del pecho le abordó a mitad del pasillo, apenas pudo llegar al sillón.
Movía la cabeza buscando el oxígeno que le faltaba a sus pulmones.
Poco a poco se tranquilizó, el intenso dolor seguía allí, pero la sensación de opresión desaparecía.
Ya relajado cogió de la mesa "Camino del Ocaso". No debía llevar ni seis páginas cuando agotado por el dolor se quedó dormido.
Como tantas otras veces en su sueño los pistoleros recorrieron Kansas, la chica de la cantina se enamoró del sheriff, su mejor amigo fue asesinado y, en un duelo, siempre con el sol a su espalda, venció al más rápido y cruel de los pistoleros del Oeste.
Al despertar la casa estaba a oscuras, encendió la luz y miró el reloj, eran más de las nueve.
Cogió la bolsa con la compra que había abandonado en el camino al refugio de su sillón y fue a la cocina.
No quería que la llamada de su hija le sorprendiera cenando, así que comió algo rápido. últimamente no tenía mucha hambre.
Al terminar acercó una silla al teléfono, su hija iba a llamar en cualquier momento y tenía miedo de quedarse dormido en el sillón.
Pasó un rato. "La pobre cada día llega más tarde a casa", pensó. Se entretuvo ordenando las novelas, observó cada uno de los dibujos de las portadas, separó los ejemplares de "Bisonte Serie Roja" de los de "Ases del Oeste", y, en cada montón, puso los libros en el orden en el que pensaba leerlos, según lo atrayente del título y del dibujo de la portada.
Transcurrió el tiempo, tal vez más de una hora. Comprobó el teléfono, no era la primera vez que lo dejaba mal colgado.
Encontró una novela de "El Coyote" entre uno de los montones y echó de menos las discusiones con Paco.
No quería mirar el reloj, pero al final lo hizo, eran las once y media.
"Pobre chiquilla, cada día va más liada." Resignado, se fue a la cama, estaba agotado. Allí, tumbado boca arriba, esperó a que el sueño le venciera. Las portadas de sus novelas se mezclaban en su cabeza con el rostro de Paco, el de su hija y el de la chica de la tienda de ultramarinos. Se sentía muy cansado.
Esa noche los pistoleros volvieron a Kansas, la chica de la cantina volvió a declarar su amor al jinete solitario y su mejor amigo fue abatido por un malvado pistolero. Pero ese día, en el duelo, cuando el forajido desenfundó su revolver, el sheriff Parker no tenía el sol a su espalda.