
Cuando Alonso y yo nos conocimos, no fuimos muy amables el uno con el otro. Fue un poco como aquellas películas de amor en las que los protagonistas al principio, son rivales y al final, acaban casándose. Nos conocimos a través de Josele. Josele era un chico alto, rubio y con pecas. Hacía bromas pesadas y no me caía bien, yo creo que por eso no recibí a Alonso muy bien.
Recuerdo que después de presentarse, dijo algo referente a mi acento español, algún cometario que intentó ser simpático y que no debió hacerme gracia, porque le contesté insultándole. Aparte de ese pequeño percance los demás momentos que pasamos juntos están mezclados en mi mente en una nube de amistad y amor que crecía a medida que nos conocíamos.
Ante todo, éramos buenos amigos. Pero, no sé cómo, empezó a gustarme. Se lo conté a unas amigas que también eran amigas suyas; desde entonces ellas empezaron a perseguirle y a perseguirme. No sé qué le dirían a él, pero a mí me afirmaban que yo también le gustaba.
Igual por mi falta de experiencia o por no querer hacerme ilusiones, nunca las creí del todo. Lo que es cierto es que, aunque no confiaba en lo que me contaban, nació una esperanza en mí, y ya no me atrevía a mirarle fijamente a los ojos tres segundos seguidos.
El proceso del paso de amistad a amor es unas de las vivencias más intensas de la vida, y más, si el sentimiento es mutuo. Durante ese periodo de tiempo, reinaba en los dos la risa floja y la torpeza, que se acentuaban cuando nos cruzábamos por casualidad. A lo largo del día yo, que me sabía de memoria su horario de clases, corría para coincidir con él en algún lugar del camino. Siempre nos cruzábamos cuando yo salía de la clase de flauta y él entraba a la de dibujo. Entre clase y clase teníamos unos diez minutos de descanso, y nos permitíamos hablar un rato juntos y al final siempre acabábamos llegando tarde a la clase siguiente.
Por la noche, después de cenar salíamos juntos del comedor luego yo iba a mi habitación y él a la suya. Allí me encontraba con Lezia y le explicaba lo maravilloso que era Alonso. Luego me arreglaba y bajaba a pasear con mis amigas con la ilusión de encontrármelo por el camino y despedirme de ellas para irme con él. Cuando esto pasaba, paseábamos arriba y abajo por todo el campus hablando, sin parar de hablar. Recuerdo una conversación en la que me dijo que yo era la única y la mejor amiga que él tenía en Barcelona. Otra vez salió la risa floja sin motivo aparente. Yo quería poder decirle lo mismo, pero en México tenía más de un amigo. Y así se lo dije. No sé cómo le sentó, pero para evitar alguna confusión afirmé rápidamente que él era el mejor entre todos. No le miré a la cara, pero juraría que sonrío al oírlo.
Un día corrió el rumor de que alguien del campus tenía varicela. Más tarde descubrimos que era Josele. El pobre se pasó dos semanas encerrado, sin ni una visita (teníamos prohibido ir a verle por riesgo de contagio). Pero bueno, Alonso que era un buen amigo, se coló en la enfermería y pasó con él un día entero. Y, como podía preverse, acabó en la habitación de al lado, contagiado.
Yo, al enterarme de que Alonso estaba enfermo fui directa a verle pero no fui capaz de colarme y cada día le gritaba desde fuera para que se asomara por la ventana. Cansada de verle entre cortinas, me armé de valor y yo, que soy de las que cree que las normas están para seguirlas, atravesé la puerta trasera de la enfermería sin que nadie me viera, subí las escaleras sin que nadie me oyera y entré en su habitación. Ahí estaba él, medio desnudo, estirado en la cama, lleno de granitos. Estuve haciéndole compañía bastante rato, hasta que tuve que irme.
La situación que nos impedía estar juntos no duró mucho. Josele tuvo que regresar a su casa ya que no se curaba y el campus estaba casi llegando a su fin (el pobre se perdió la mejor parte). Pero Alonso se recuperó en una semanita y estuvo conmigo hasta el final y la despedida.
Una de las noches más bonitas que recuerdo, los dos caminábamos hacia donde estaba todo el mundo. Sonaba la canción de Juan Luis Guerra, "Quisiera ser un pez", que no podía ser más idónea para el momento. En ese momento me di cuenta de lo mucho que lo quería, que con él el tiempo se detenía y deseaba estar así toda la vida. Que nadie más importaba, porque cuando él estaba cerca, todo lo demás se volvía borroso. Su perfume era el mejor olor del mundo y su sonrisa la mejor obra de arte.
Sin apenas darnos cuenta, llegó la última noche: la noche del baile. Me invitó a ir con él muy tímidamente en el último momento; lo que hizo que yo estuviera temiendo durante los días previos que no me lo pidiera nunca. Finalmente fuimos juntos. Durante el baile estuvimos dando vueltas, saludando a todo el mundo. Todas las amigas con las que me cruzaba me guiñaban el ojo y yo, muerta de vergu"enza, bajaba la cabeza. El último baile y la última canción lo recordaré toda la vida. Su mejilla junto a la mía, justo donde tenía que estar, su mano en mi cintura, en el lugar perfecto, y la mía en su cuello, rozándolo. Luego me acompañó hasta mi edificio y nos despedimos con un beso. Lo perdí todo de vista y sólo existía él, y ese beso. Ahora recuerdo las películas de Hollywood y comprendo que no hay nada más parecido a ellas que lo que me pasó ese verano.
No lloré en la despedida, de tanto amor que había en mí, no hubo espacio para la tristeza.