Talleres de escritura Escuela de Escritores. Cursos de redacción y creación literaria
Bienvenido a Taller literario Escuela de Escritores - Comunicación escrita y escritura creativa
Talleres de escritura virtuales Talleres de escritura presenciales Cursos para empresas Servicio de corrección de textos

Cursos por Internet
Cursos a distancia de la Escuela de EscritoresAbierta la matrícula para los cursos de noviembre
Mapa de los cursos
Cursos presenciales
Cursos en Madrid de la Escuela de Escritores
Cursos en Madrid, horarios y grupos
Cursos en Burgos
Cursos en Zaragoza
Cursos para empresas
Cursos para empresas de la Escuela de EscritoresComunicación escrita, redacción comercial para empresas
Saber más
 
 
Secciones
 
 
 
 
 
  Cursos en Zaragoza  
   
 
EdE en la Red europea
EdE en la Red europea
Libros recomendados
Libros recomendados
Nuestras palabras
Nuestras palabras
Entrevistas
Entrevistas

 
  Boletín de noticias  
   
 
 
  Buzón de sugerencias  
   
 
Alumnos:
La bruma, por Enrique Aramburu
 
 
[ Enviar a un amigo | Versión para imprimir ]
Publicado el Jueves, 05 agosto a las 09:00:00
Leer más artículos en:Alumnos

Los huevos fritos untados con pan reciente y un tazón de café con leche, tomado sorbo a sorbo, era el mejor desayuno que Ramón podía soñar para su primer día de vacaciones. Desde el porche veía la mar mientras escuchaba el jolgorio que producían las gaviotas jugando con las olas revolcándose en la playa.

Los chicos continuaban en la cama, a pesar de la ilusión con que se habían acostado, pensando en la navegación del día siguiente. El parte meteorológico anunció sol para toda la mañana con brisas suaves en el litoral. María, su mujer, se ha levantado con un poco de jaqueca y ha regresado a la cama; siempre le ocurre lo mismo la primera noche después de un largo viaje.

La temperatura del agua a finales de junio, en las costas de Cariño, es muy fría y Ramón ha preparado ropa de abrigo para sus hijos. El chico es la primera vez que realiza una travesía y le sudan las manos; su padre las apoya bajo las suyas sobre la caña del timón. La chica, con más experiencia, navega pendiente de las escotas y escudriña atenta a los más ligeros cambios en la dirección del viento.

Los barcos que han estado faenando desde el alba regresan a su refugio compitiendo en velocidad con gaviotas y albatros, mientras los marineros satisfechos cantan limpiando sus redes a popa.

A medida que avanzaba el día el pueblo se ha ido desvaneciendo entre la bruma transportada por vientos más frescos del norte. De repente, en un abrir y cerrar de ojos, ha desaparecido la tierra velada bajo trombas de un agua infinita; ahora el viento arrecia y golpea con fuerza sobre las velas mientras una oscuridad extraña lo inunda todo. Ya no se oye a las gaviotas ni albatros, ya no se escucha a los marineros; sólo la fuerza del viento romper contra el agua. El pequeño velero da con su quilla en un bajo abriendo un boquete por el que se cuelan pedazos de océano. Los tres saltan a las turbulentas aguas en el momento en que una ola rota, de cresta blanca, abraza al barco y lo sumerge entre su espuma.

Jadeantes han conseguido llegar hasta la minúscula playa; empapados y ateridos de frío trepan por las húmedas rocas asidos a brezos y ericas. Salvada la pendiente un camino les conduce a la espesura de un bosque y en un claro descubren una casa; la abren y en su interior, revolviendo en un puchero sobre la cocina de leña, está Andrea, de cabeza cana y rostro maquillado; sentado en una mesa y contando habas, su hijo José, con sonrisa y mirada insustanciales. Les invitan a pasar y los niños, sin pudor, se acercan al hogar. Durante la cena Andrea les abre su corazón: de joven fue actriz, con un futuro espléndido que quedó truncado al quedarse embarazada; nació el niño y nació mal pues un parto prolongado atrofió parte de su cerebro. Andrea tuvo que consumir su escasa fortuna entre médicos y clínicas.

María, con los nervios destrozados por la angustia, acaba llamando a la policía: todos los pescadores han atravesado la tormenta pero nadie ha visto ningún velero; de todas formas saldrá una embarcación en su búsqueda.

Acabada la cena acuestan a los niños sobre un jergón; Ramón tiene prisa por llamar a María y José le conduce hacia el pueblo por vericuetos de vértigo. El viento silva con fuerza entre las rocas cuando Ramón tropieza cayendo al vacío. José no ha oído nada y cuando se da cuenta de que está solo grita alto, pero nadie escucha sus gritos y desencajado regresa a casa. Andrea aturdida por la noticia reacciona rápida: despierta a la niña para pedirle el número de teléfono de su casa y la vuelve a dormir entre susurros y caricias: "Tranquila, hijita, tu padre ha ido a avisar a mamá, pronto volverán." Se calza unas botas de agua y con el impermeable bajo el brazo se despide de José.

Los pasos de Andrea sobre los adoquines del puerto rompen el silencio del pueblo que dormita; se dirigen hacia la cabina telefónica que hay junto al bar. Al primer tono lo coge María; Andrea simulando una voz masculina: "¿María?" "Sí." "Tengo en mi poder a su marido y a sus hijos y estoy dispuesto a negociar. En cualquier caso absténgase de decir una palabra a la policía." A María, con la mirada y el pensamiento lejos, en algún punto del océano, no le salen las palabras y decide claudicar, toma un lápiz y sobre un papel va anotando las instrucciones que le dicta Andrea.

Los densos nubarrones que han ocultado el sol del amanecer se han desvanecido dando paso a una claridad diáfana. A las siete de la mañana, la playa respira paz, sólo María con su mochila al hombro rompe la quietud; camina ligera y descalza sobre la arena hasta llegar a una cueva; en el pórtico arroja la mochila sobre una mesa labrada en la roca y, decidida, vuelve sobre sus pasos. Agitada, abre la puerta del coche, lo arranca y toma la dirección de un viejo establo abandonado donde los niños aguardan maniatados a una columna, junto a lo que en su día debió ser un abrevadero. Se abrazan los tres y María pregunta:"¿Y papá?", los niños responden: "¿No está contigo?" Destrozados por la angustia y a toda prisa llegan al pueblo y dirigen sus pasos hacia la policía cuando alguien, saliendo de una esquina, dando tumbos, les intercepta el paso; aturdidos gritan: "!Papá!" El hombre tiene magulladuras por todo el cuerpo, la frente ensangrentada y roto el rostro por una angustia demasiado reciente. Abrazado a su mujer y a sus hijos y con la mirada puesta en el autobús que arranca desde la plaza, responde sonriente al saludo que, con un alegre movimiento de manos, le hacen José y Andrea a través de la ventanilla.
 
 
 
   

Taller literario de escritura creativa, redaccion, relato, periodismo, guion, novela, poesía, literatura infantil, literatura de viajes, etc.
Cursos para aprender a redactar cartas, cuentos, novelas...
Escuela de Escritores ® Mucho más que un taller literario
Ponte en contacto con nosotros al teléfono 917583187

Escuela de Escritores S. L. B84364181
Domicilio S. L. - Ventura Rodríguez 11 (28008) de Madrid

Sitio Web basado en PHP-Nuke