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Carta de amor, por Alicia Amaro
 
 
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Publicado el Jueves, 05 agosto a las 08:00:00
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Antes de nada quiero pedirte perdón porque sé de sobra que no debía escribirte esta carta, pero no me parece bien darte lo que más quiero y que no sepas el amor que tuve por Mar. Mar lo fue todo para mí. Era preciosa tanto por dentro como por fuera. No tengo más remedio que decírtelo, quiero que lo sepas todo; quizás así podrás comprender algunas cosas.

Era muy guapa, tenía unos ojos azules como su nombre, grandes, que destilaban dulzura por doquier, pelo rubio oscuro que cuando le daba el sol parecía de auténtico oro, normalmente recogido en una abundante cola que le caía sobre los hombros, era trigueña; y lo mejor de todo era su risa, sana y contagiosa, especialmente cuando jugaba con niños, lo que la gustaba hacer a menudo. Sólo tuvimos un hijo, Jorge, con sus mismos ojos azules pero moreno, como yo -ya se sabe, las leyes de la genética-. Cuando Jorge era pequeño, y volvía de trabajar, muchas veces los encontraba en el parque, jugando con otros niños, y Mar era como uno más pero cuidando de todos. Jorge fue creciendo y Mar seguía su desarrollo atenta y cariñosamente. Estaba muy orgullosa de que le había enseñado a leer ella antes de que lo hicieran en el colegio. Le ayudaba con los deberes, le contaba cuentos animándole a que él fuera adivinando el final, era como un juego que sólo ellos dos conocían...

Conmigo -qué puedo decirte- era muy dulce y cuando no sabía hacer algo todo lo bien que quisiera, trataba de echarle imaginación para que no te enfadaras. Ese era su punto flaco. De pequeña había presenciado muchas broncas entre sus padres y oído muchas palabras devastadoras, que como niña le habían hecho mella y evitaba por todos los medios una situación de ese tipo. En varias ocasiones que no había conseguido los resultados esperados haciendo algún plato nuevo para darme una sorpresa (le encantaban las sorpresas), decía:

-Esta es la primera vez que lo intento, ya sabes que tenemos un refrán que dice que a la tercera va la vencida; así que pruébalo y me dices si te gusta lo suficiente para repetir el intento de hacer el Pollo al estilo de Marte, o cualquier otro nombre que se sacaba de la manga; y así probábamos recetas nuevas, amigos nuevos, excursiones a sitios distintos, etc., y siempre con buen humor y sobre todo cariño.

Cuando de verdad me emocionó su fidelidad, fue cuando metí la pata en un negocio y después de un largo y costoso juicio perdí prácticamente todo el dinero que teníamos logrando salvar a duras penas la casa en que vivíamos. Nunca me recriminó nada. Yole expliqué cómo había metido la pata fiándome de alguien de quien no debía y cómo no había previsto cierto riesgo que luego resultó ser fatal, pero me contestaba invariablemente:

-Eso era casi imposible de prever, no te preocupes Y añadía con cara pícara: -Y si necesitamos más dinero yo me colocaré de cocinera y seré tan famosa que haré un libro de recetas que se venderá como churros, ya verás.

Tenía muy buen corazón. Cuando leyó en el periódico que todos los habitantes de un pueblo de la India habían donado un riñón porque eran tan pobres que había sido la única manera de subsistir a la hambruna, se impresionó mucho pero cuando empezó a preocuparse de verdad por el problema de las donaciones de órganos fue cuando Carlos, el marido de mi prima, necesitaba un corazón que no llegó a tiempo, dejando mujer y dos niñas.

Yo estaba también muy impresionado, pero el negocio me absorbía. Sin embargo, Mar, quizás por tener más tiempo o porque estuvo varias veces con mi prima y las niñas para acompañarlas, empezó a dedicar a este tema todo su esfuerzo.

Le preocupaba que -como siempre- sólo los ricos tuvieran acceso a curarse pagando por un transplante lo que fuera necesario. Intentó varias veces que el proceso fuera más transparente, que realmente lo obtuviera el que más lo necesitaba, que cada rico pagara el doble para que un pobre lo tuviera gratis.., todo lo que te cuente es poco. Pero siempre se encontró con un muro de burocracia y médicos ocupados que la hablaban de estadísticas de rechazo y otras cosas que no alcanzaba a comprender.

Aun así, se armó de formularios y bolígrafo y mientras Jorge estaba en el colegio se recorrió este barrio y parte de otros hablando con personas que no eran conscientes de la necesidad de la donación de órganos, consolando a padres que habían perdido a un hijo en un accidente y era lo único que les importaba, concienciando a todo el que se dejaba de que aun "después" se podía ayudar a alguien. En otras palabras, dedicó todo el tiempo libre que tenía a recoger firmas de donantes y como dicen ahora en las elecciones, "convencer a los indecisos".

Por supuesto, yo la animaba y fui el primero con el que ensayó los diferentes argumentos que se había preparado para las distintas personalidades con las que se podía encontrar y ni que decir tiene que fuimos los primeros en rellenar el formulario.

Volviendo la vista atrás creo que fui yo quien la convenció, no sé si inconscientemente o no, pero desde luego con buena intención. Sólo estuvo satisfecha cuando la prometí que llegado el caso cumpliría las instrucciones al pie de la letra.

Pero ¡no he podido! Sé que no se debe contactar con el recipiente de un corazón, pero después del accidente de coche que se llevó a Mar sólo me queda decirte a ti, quien quiera que seas, hombre o mujer, que si al despertar después del trasplante con un corazón nuevo, sientes un calorcillo por dentro y una alegría inesperada, pienses que además de ser porque estás vivo, puede que sea porque todavía quedaba algo de amor acumulado en el que es ahora tu corazón.
 
 
 
   

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