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Cambios, por Albert Agustí
 
 
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Publicado el Miércoles, 04 agosto a las 12:45:00
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Cuando reparé en ello, tardé unos segundos en convencerme de que no me equivocaba. Los semáforos siempre han tenido tres luces -dos en el caso de los semáforos para peatones-, pero ahora resultaba evidente que sólo tenían una. No podía entender que un cambio como ese se hubiera producido sin que me enterara.

No se trataba de un caso aislado, pues todos los semáforos que comprobé -y pasé parte de la mañana poniendo en ello toda mi atención- presentaban la misma e inquietante modificación. Los colores seguían siendo los mismos (rojo, verde y amarillo parpadeante) sólo que ahora se mostraban todos sobre el mismo disco. El cambio no parecía tener ningún efecto negativo sobre la circulación y los conductores los respetaban, al menos tanto como a los antiguos semáforos de tres luces. Lo cierto es que mientras tomaba un café, aún sorprendido por no haberme dado cuenta antes, me preguntaba el motivo de tal acción por parte del ayuntamiento. Modificar toda la red de semáforos de una gran ciudad como Barcelona no se hace de la noche a la mañana. Los discos no pueden estar simultáneamente iluminados por dos colores a la vez, así que la pregunta que me hacía ahora era por qué eso no se había hecho desde el principio. Empecé a verlo como una corrección, una mejora, que aunque leve, me hacía creer que había alguien sentado en algún despacho ganándose la vida pensando formas de mejorar la ciudad, y probablemente ahorrando en los presupuestos.

Ese mismo día, al salir cargado de bolsas del supermercado, me quedé mirando fijamente al suelo sin reconocer la acera. "¿Dónde están esos dibujos tan característicos que he pisando toda mi vida?", me pregunté. Saltaba a la vista, por extraño que me pareciera, que ya no estaban allí, al menos no en la acera de mi casa. Pude comprobar después de dar un largo paseo que la anomalía se extendía a todo el barrio, y aprovechando un desplazamiento al centro para hacer algunas observaciones, constaté que afectaba a toda la ciudad. Los redondeles en las baldosas de las aceras habían desaparecido. Ahora sólo mostraban el granulado rugoso del cemento, y yo hasta entonces, no me había dado cuenta. El razonamiento que había cruzado por mi cabeza al ver las luces desaparecidas de los semáforos un rato antes no resultaba aplicable a este cambio por su enorme envergadura. Cierto es que la imagen de operarios levantando aceras y trabajando sus entrañas es algo bastante común -siempre me sorprende ver que por dentro, las ciudades están hechas de tierra húmeda- pero creía que al terminar, volvían a poner de nuevo las baldosas con los grabados circulares. ¿Para qué servirían? ¿Quizá para evitar los resbalones? En cualquier caso, la imagen de un despacho y alguien sentado tras una enorme mesa tomando esa decisión se formó de nuevo en mi cabeza, aunque esta vez, reconozco que no supe ver ninguna ventaja en el cambio. Me inquietaba no entender su lógica pues tenía que ser algo muy muy importante para justificar el presupuesto que exigía.

Mirando con atención el paisaje urbano pude darme cuenta de algunos detalles más: parecían circular menos coches de los habituales, los cables de teléfono, que en mi calle se engarzan a las fachadas con unas retorcidas estructuras de hierro, ya no estaban, y no creía en absoluto que las desapariciones se limitaran a inmuebles, pues en todo el día no recordaba haber visto ni un solo perro.

Sólo una explicación parecía encajar todas las extrañas circunstancias que me rodeaban: el mundo estaba desapareciendo. Ya sé que suena raro y fantasioso, pero los hechos saltaban a la vista y además sucedía de forma lenta y progresiva, haciendo que el fenómeno pasara desapercibido a la mayoría.

Me angustiaba pensar que la desaparición pudiera ser indiscriminada. No entendía cómo era posible que nadie se diera cuenta de lo que sucedía. Al llegar de nuevo frente al portal de mi casa, vi que la frutería había desaparecido. En su lugar, un estrecho callejón sin ventanas horadaba la manzana de lado a lado y permitía ver cómo circulaba el tránsito por su obertura más lejana. Cuando había salido de mi casa, hacía pocas horas, la frutería y las viviendas que sostenía estaban allí mismo. Desee sin saber porqué pasar por el nuevo callejón, pero no me atreví. Confuso y algo mareado me dirigí al bar más próximo preguntándome dónde irían a parar todas las cosas que estaban desapareciendo de la ciudad. El proceso parecía estar acelerándose. Me sentía al borde de una crisis y necesitaba tomar algo fuerte que templara mis nervios.

Entré en el bar. Estaba vacío. El camarero, un chico joven, me sirvió un whisky doble y evitó hacer ningún comentario sobre mi visible estado nervioso. Desde mi taburete, no dejaba de mirar la puerta de cristal que daba a la calle mientras sostenía el vaso entre mis manos sudorosas donde el hielo pronto terminaría por fundirse del todo. Entonces sucedió. Fue tan rápido que no pude verlo, debió durar menos que mi propio parpadeo. Todo el exterior del bar era ahora de un blanco cegador y fuera ya no había nada, ni acera, ni calle, ni casas, nada. Me acerqué a la puerta, pero inseguro que esa nada de color blanco fuera capaz de sostener mi peso, no me atreví a salir. Miré asustado al camarero. El chico parecía aceptar la situación con resignación, sin ninguna sorpresa. Yo no podía creerlo. Señalando hacía fuera, le grité en pleno ataque de histeria si se había dado cuenta de que el mundo había desaparecido.

¡Vamos hombre! No sea usted tan egocéntrico -respondió con aires de reproche-. El mundo se está simplificando, reajustándose un poco, puliendo detalles sobrantes; en definitiva, mejorándose. Lo que ha desaparecido, hemos sido nosotros. Llevaba temiéndolo desde que vi los semáforos y las aceras. ¿No se había dado cuenta de la cantidad de bares que hay en las ciudades?
 
 
 
   

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