
Esta mañana el abuelo se levantó temprano. Entre sueños, le oí varias veces abrir y cerrar las puertas del armario, y cómo hurgaba, después, en los cajones de la mesilla de noche. Me levanté y fui a su cuarto para ver qué era lo que maquinaba. El abuelo tenía extendido sobre la cama su traje negro.
Hace años que le veo llegar con ese traje y siempre lo guarda en la misma funda de plástico, ya raída y con la cremallera rota. En cuanto ahorre algo de dinero compraré al abuelo una funda nueva, así no tendrá que cepillar su traje cada vez que cambia de casa.
-Abuelo, ¿te vas? -Sí, hijo. Esta tarde el abuelo muda el nido -me contestó sin mirarme.
Estaba de pie junto a la ventana abierta, silbando a las golondrinas que revoloteaban por encima del edificio. El pijama le quedaba holgado pero, aun así, descubría una delgadez extrema.
-Tu madre tenía razón cuando anoche me dijo: "Padre, el otoño ha llegado y sus huesos sufrirán menos en el sur."
-Pero si sólo son cuatro gotas las que han caído -le contesté sacando la mano por la ventana para paliar mis dudas.
-Las suficientes para mandarme con tus tíos. Y no es que en el sur se viva del todo mal, pero estoy demasiado viejo para tanto ir y venir. ¡Y si ha llegado el otoño habrá que joderse y aguantar a los salvajes de tus primos! Con lo tranquilo que podría vivir yo en mi casa del pueblo.
La cara del abuelo se transformó en una sonrisa melancólica dedicada a las golondrinas a las que seguía con el dedo para dibujar en el aire las mismas filigranas que dibujaban ellas en su vuelo. Sus ojos pequeños brillaban cuando se giró con los brazos abiertos. Se acercó a la cama y se puso su chaqueta negra encima del pijama. Volvió a levantar los brazos y aleteó durante unos segundos. Después planeó por toda la habitación; por encima de la cama y saltando sobre los zapatos. Siempre fue un buen cómico, pero a mí no me engañaba al interpretar el papel de abuelo feliz. Yo podía ver la tristeza escondida bajo sus juegos, o locuras como las llamaba mi madre.
Dejé al abuelo mientras preparaba su maleta. Tenía hambre y calenté un vaso de leche. Las golondrinas continuaban encima del edificio; emitían un chillido largo y agudo que empezaba a ser molesto, tan molesto como la madalena que se desmigajaba antes de podérmela llevar a la boca. De pronto oí un tropel que salía del cuarto del abuelo. ¿Qué se habrá cargado ahora? Pensé en voz alta, y al oírme sentí lástima por él y por mí también. Abrí la puerta y encontré al abuelo agachado sobre su mayor tesoro: un montón de fotos en blanco y negro. Las recogía del suelo con dificultad por el temblor de sus manos. Lo miré mientras terminaba de recoger las fotos y pensé que yo nunca llegaría a ser tan viejo. El abuelo pareció oír mis pensamientos. Se incorporó con las manos aún temblorosas y me contó, otra vez, sentado sobre la cama y su traje negro, cómo se quedó sin blanca el día que se declaró a la abuela, por emborrachar al hermano de ella y podérselo quitar de encima. La frente del abuelo se relajaba con cada instante de su vida plasmada en aquellos trozos de papel.
-Esto es lo único que me queda de lo que fui -me dijo conteniendo las lágrimas-. Si al menos pudiera visitar la tumba de tu abuela cuando los recuerdos pesan tanto.
El abuelo me hizo prometer que yo me encargaría de que lo enterrasen junto a la abuela cuando muriera. Asentí varias veces con la cabeza pero el abuelo no dejó de insistir hasta oír la promesa. Fue entonces cuando salió del dormitorio hacia la cocina y volvió con unas migajas de pan que esparció por el alféizar de la ventana. Algunas golondrinas pasaron rozando las migajas pero ninguna alcanzó a tocarlas. A las seis de la tarde el abuelo colgó su traje negro en la percha de la puerta, cogió su maleta forrada de paño rojo y se marchó en taxi a la estación. He pasado el resto del día sentado en la cama del abuelo. Desde que se fue, ninguna golondrina se ha acercado a comer migajas, a pesar de haberlas empapado en leche.