
¿Cuántos años tengo? ¿67? ¿68? No me acuerdo. Mi hijo ha venido hoy a verme. "¿Te duele?", me ha preguntado. Le he dicho que no con la cabeza. Ha sonreído. "¡Venga! ¡Ánimo, papá, que te vas a poner bien!" Mientras me apretaba el brazo con fuerza ha insistido en que no pasaba nada, que todo iba a ir bien, y yo he cerrado los ojos y le he vuelto a hacer un gesto de que no; no había nada que hacer.
Después me ha dado la foto del día de su licenciatura en la que estamos los tres: él, Isabel y yo; ha estado aquí un rato sin saber muy bien qué decir y se ha despedido hasta mañana. Yo no estaré. Lo sé; es algo que, cuando llega, uno lo sabe. Y al contrario de lo que uno se imagina, no da miedo, no da ningún miedo. La única pena que tengo ahora es no haber podido hablar más con él y no haber vuelto a ver a mis nietos. Manuel, mi hijo, es como yo cuando tenía sus años. Su manera de sonreír, ladeando un poco la cabeza, es idéntica a la mía. Y el tono en que me ha dicho "¿te duele?" ha sido como si estuviera oyendo a su madre, a Isabel. ¡Mi amada Isabel! Hace un rato he soñado contigo. Era el día de nuestra boda. Estábamos todos: mis padres, los tuyos, tus hermanos, el primo Juan -¿te acuerdas qué bien te caía mi primo Juan?-, la abuela Vicenta, las tías de Cáceres y Pedrito, aquel crío del pueblo, siempre con mocos, que hacía de monaguillo en todas las misas. Era después de la ceremonia. Estábamos comiendo y yo, todo de negro, con chaleco de raso y con zapatos de cordones, te apretaba la mano y gritaba "te amo, te amo", como si lo dijera a cámara lenta: "te-a-mo"; pero el sonido no salía de mi boca y tú, riendo, me mirabas y me decías "sí, bailemos, ¡bailemos!", y empezábamos a girar y a girar hasta que, en uno de esos giros, extendías el vuelo de tu vestido y bajo metros y metros de tela blanca desaparecíamos los dos. Luego me he despertado y he sido consciente del dolor, de que no estás aquí y de esta punzada que me perfora el costado y no me deja respirar. He agarrado con fuerza la fotografía y he cerrado los ojos. Tengo los pies helados, me arde la frente y noto la espalda y la cama empapada por el sudor. No me encuentro bien. Siento náuseas y un gusto agrio en la boca que no se me pasa. Estoy temblando y me duele el estómago. Me duele, me duele mucho, es como si me lo estuviesen raspando desde dentro con un clavo roñoso. ¡Ojalá estuviera aquí mi madre! ¡Ojalá estuviera conmigo! Como cuando tuve la meningitis y volví a casa. Ese día hacía mucho frío y el tiro de la chimenea no iba bien. Yo estaba tan débil que no podía ni andar. Mamá metió la bolsa de agua caliente en la cama y la colocó junto a mis pies; después ajustó firmemente las sábanas, que olían a limpio; puso encima otra manta más, acomodó la colcha, alisó las arrugas, me tapó con el embozo hasta la nariz, me arropó, me dijo "cariño mío" y me dio un beso en la frente. ¡Sus besos eran tan suaves! Me viene también a la cabeza el día en que nació Manuel. Ese ser diminuto que horas antes vivía en el vientre de Isabel, estaba ahí, entre mis brazos, con la cara todavía enrojecida y arrugada, tan indefenso, tan poca cosa y, a la vez, ¡tan completo y maravilloso! Te hubiera gustado conocerlo, mamá; Manuel es como yo y como era papá: un poco tieso, pero muy cariñoso y muy sensible. Un día, cuando era pequeño, nos lo encontramos sin poder dormir, todo preocupado porque había cazado una mariposa y a las horas, cuando la soltó, empezó a pensar que el animalito no habría podido encontrar a su madre, que se habría perdido y estaría llorando desesperadamente. Va a sufrir mucho. Como me pasó a mí con vuestra muerte, sólo que papá y tú erais muy jóvenes y yo tengo muchos años. He vivido bien, he sido feliz; aunque al final esta enfermedad se ha cebado en mí, puedo decir que he sido feliz. Como aparezco en esta fotografía, feliz con Isabel y orgullosos de nuestro hijo. Otra vez empieza este dolor, esta punzada que me agujerea el estómago. Tengo náuseas y tembleques. Estoy cansado, no quiero luchar más. Voy a intentar descansar. Quiero soñar contigo, mamá, con Isabel y con todos los que os fuisteis antes que yo. Me rindo, me abandono. Hace frío.