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Martes por la tarde en azul, de Enrique Triana
 
 
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Publicado el Sábado, 19 junio a las 21:00:00
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Federico se dedicaba a dar malas noticias y, en sus ratos libres, a cultivar geranios. Le llamaban para que dijera a la señora del abrigo que, sintiéndolo mucho, ya no quedaban zapatos de color crema de la talla siete y, en los restaurantes, para decirles a los matrimonios de mediana edad que si no tenían reservas no les podían dar una mesa, pues estaba todo completo.

Por las mañanas, en el centro comercial, tenía que repetir varias veces que se había agotado el último libro de la periodista de moda, y por las tardes cuidaba de sus geranios. Pero aquel martes por la tarde estaba vaciando todas sus macetas y revisando con cuidado cada brizna, cada hoja y cada terrón de tierra que sacaba. Había empezado sobre la mesa pero hacía un rato que la tenía totalmente llena de tierra oscura y flores aplastadas y ya no sabía cómo seguir.
Eso mismo le había pasado poco antes en el hospital. Aquel martes por la tarde le habían llamado para dar otra mala noticia: una funcionaria de correos, después de un parto sin demasiadas complicaciones, había tenido un niño azul. Los médicos no se lo habían dejado ver a la madre y habían llamado a Federico para pedir que, por favor, viniera lo más pronto posible y fuera él quien comunicara a los padres la noticia. Federico dejó la jardinería y salió corriendo al hospital. En una sala de paredes blancas y llena de médicos en bata verde, se encontró una enfermera, un poco pálida, con el niño azul en brazos. No estaba morado ni congestionado, era sólo azul. No como las fichas de parchís o como las canicas, ni como el mar que sale en las postales o las ensaladeras de plástico. Era sólo azul y Federico tenía que decírselo a sus padres. El ginecólogo jefe de la maternidad le señaló al niño y luego a la puerta tras la cual esperaban la funcionaria y su marido. Pero ese martes por la tarde Federico se quedó en blanco. Pasó a la habitación contigua, saludó a los padres del niño azul y les dijo, con una discreta sonrisa, que su hijo estaba bien, que lo traerían enseguida para que lo vieran. Pero no supo cómo seguir.

Algo parecido le pasaba ahora, que tenía toda la mesa llena de tierra oscura y flores aplastadas y aún le quedaban varias macetas de geranios que vaciar. Podía recogerlo todo y tirarlo a la basura, o podía sacar la mesa plegable que guardaba en el trastero, pero tenía prisa y no quería entretenerse. Sólo quedaba tirarse al suelo y continuar bajo la mesa. A Federico le pareció una buena idea. Ójala hubiera tenido una idea parecida cuando tuvo que hablar con los padres de aquel niño. Pero aquel martes por la tarde en el hospital lo único que se le venía a la cabeza era el geranio que pocos días antes se había abierto azul, tan azul que no cabía confundirlo con un morado o con un lila. Federico los había visto de rojo intenso y de blanco rojizo, de rojo pálido y de blanco inmaculado, pero nunca azules. Le echó la culpa a cualquiera sabe qué reacción desconocida en la gama cromática de la química molecular más profunda de los geranios. Aquel martes por la tarde, delante de una parturienta todavía mareada por la anestesia y de un padre que mascaba chicle sin parar, sólo podía pensar en su geranio y, quizá por eso, no supo cómo decirles que su hijo no era sonrosado como el recién nacido de la habitación de al lado. Les dijo buenas tardes, y también que el niño estaba sano y que se lo llevarían tan pronto le hubieran hecho los últimos análisis. Y no se le ocurrió nada más que decir, por primera vez se había quedado en blanco.

Ahora, bajo la mesa, recordaba el momento y casi podía verse con la boca un poco abierta buscando una frase, o tan solo una palabra, que le permitiera empezar una exposición serena sobre los colores y la vida. Pero lo único que se le ocurría era salir corriendo a casa, vaciar todas sus macetas y examinar hasta la última brizna y el último grano de tierra. Aquello le pareció una forma idiota de echar a perder sus geranios y, también, de echar a perder su reputación profesional. No le volverían a llamar de los teatros para decir a los intelectuales que habían cambiado Hamlet por un musical, ni de las tiendas de moda para decirle a las chicas que no vendían tallas superiores a la cuarenta. Ahora, bajo la mesa y mientras vaciaba las últimas macetas, recordaba cómo había descartado la idea de buscar en sus geranios y de arruinar su carrera, y cómo había pedido disculpas, para salir un momento con la excusa de comprobar con los médicos si el resultado de los últimos análisis confirmaban el resultado de los primeros. Había abandonado la habitación y regresado a la sala donde seguía el niño. Lo habían dejado desnudo sobre una cuna y Federico pudo comprobar que no tenía ni el más pequeño pedazo de piel que no fuera azul. También pensó que en esa sala hacía demasiado calor, quizá porque estaba llena de médicos con bata verde y nadie se había preocupado de abrir una ventana. El ginecólogo jefe le interrogó con la mirada y Federico negó con la cabeza. Necesitaba pensar un momento cómo enfocar el asunto, no era nada fácil. Pidió un vaso de agua bien fría y mientras esperaba que se lo trajesen, intentó hilvanar un discurso convincente que tranquilizara a los padres y borrase cualquier duda sobre la actuación del personal médico.

Ahora, bajo la mesa y vaciando las últimas macetas, recordó que lo tenía casi terminado cuando llegó esa enfermera, tan pálida y tan seria, con el vaso de agua. Estaba tan ensimismado que apenas reparó en su presencia y siguió buscando palabras y construyendo frases. Le sacó de sus pensamientos el silencio que, de pronto, se hizo en la sala tan llena de gente. Levantó la cabeza y vio el vaso de agua sobre la mesa. El vaso estaba tan lleno que al dejarlo, la enfermera no había podido evitar que se derramase un poco, formando una pequeña mancha azul sobre el tapete blanco.


2º clasificado del III Concurso de Relato Fotográfico
Inspirado en la fotografía número 4 de la exposición de Javier Vallhorat:


 
 
 
   

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