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Africaria, de José Luis Pereira
 
 
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Publicado el Miércoles, 31 enero a las 12:30:00
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Me he despertado en la arena junto al lago.

He de buscar a Kamante, pero primero tengo que lavarme la sangre del labio.

Entro en el agua. Está fría.

Le llaman lago, el lago Ukerewe, pero ni desde el precipicio más alto, el que más se mete dentro del agua, he podido ver nunca la otra orilla.



Me he despertado en la arena junto al lago.

He de buscar a Kamante, pero primero tengo que lavarme la sangre del labio.

Entro en el agua. Está fría.

Le llaman lago, el lago Ukerewe, pero ni desde el precipicio más alto, el que más se mete dentro del agua, he podido ver nunca la otra orilla.

Lo que sí se ve bien desde allí, las veces que he subido, es la pista desde donde despegan y aterrizan los aviones, un largo surco llano que entra en la tierra.

Me he despertado con la cara hinchada y el cuerpo lleno de golpes. Mi hermano me dio fuerte anoche. Kamante tiene catorce años ―sólo dos más que yo―, una enorme barriga y no demasiadas fuerzas, pero nunca me había pegado de esta manera.

Subo la cuesta para buscarle.

Arriba es donde dormimos, y donde vigilamos el cargo. Es un buen cacharro nuestro cargo. Lo construimos con una vieja moto y un gran cajón de chapa. Luego le pusimos unas alas como las de los aviones; para que no pesaran las fabricamos ensartando un montón de garrafas vacías, como los pescadores ensartan los peces que sacan del lago. Me duele el pecho al respirar por los golpes de Kamante, pero también puede ser que me duela por el pegamento. Nos pasamos los días oliendo pegamento. Los chicos rebañan las garrafas de la fábrica para sacar los restos de cola. Si anoche hubiera tenido un poco para oler no habría tenido tanta hambre, no se me habría ocurrido coger la lata donde cocíamos un poco de arroz.

No sé qué me pasó, me volví loco mirando los borbotones del agua, no había bastante arroz para los dos, nunca lo hay, y tenía un hambre que me moría. Aproveché que Kamante iba a por más ramas para el fuego, cogí la lata con los bordes de la camiseta y eché a correr. Pero me iba quemando los dedos y Kamante me perseguía. Solté la lata y el arroz fue a parar a la arena del lago.

Todavía me dio tiempo a comer un poco de arroz de la arena hasta que Kamante me alcanzó.

Entonces, llorando, me pegó y me pegó hasta que me desmayé.

Nunca le había visto tan enfadado por un poco de arroz.

Si anoche hubiera tenido un poco de cola para oler.



Llego arriba de la cuesta, pero los huecos donde dormimos están vacíos. Hay dos huecos en la tierra del suelo con nuestras formas –dormimos aquí desde que murió papá―, mi hueco es el más pequeño, el de Kamante tiene la forma de su barriga. Pero los dos están vacíos. Kamante se ha ido, y se ha llevado también el cargo.

Las ampollas que me hizo la lata me aguijonean los dedos.

Tendré que ir hasta el pueblo, tengo que buscar a Kamante, y me pongo a cruzar por la pista de los aviones.

En los bordes de la pista hay muchos de ellos rotos y despedazados. Seguro que Kamante cogió de algún viejo avión el cajón de chapa para nuestro cargo. Ahora hay un avión parado al principio de la pista, y los hombres lo están cargando con cajas llenas de peces. El avión tiene una enorme panza como la de Kamante, y parece que podría llevarse todos los peces del lago de una sola vez.

Pero no, todos los días los aviones van y vienen. De vez en cuando nos despierta alguno que despega por la noche, pero se está bien donde dormimos, apartados del pueblo, vigilando nuestro cargo. El aire es limpio aquí, y estamos a salvo de los chicos mayores y de los hombres del pueblo que siempre quieren hacerme daño. A Kamante no le quieren con ese barrigón. Kamante siempre me ha defendido, y hasta ahora, como mucho, sólo me había pegado algún guantazo si me ponía muy pesado hablando de papá. No sé por qué esta vez me habrá pegado tan fuerte.

Pero el nuestro es un buen sitio. Además del aire sin polvo, a los chicos pequeños del pueblo no les importa venir hasta nuestra cuesta, y darnos un puñado de arroz, una cabeza de pescado, o un poco de pegamento para lanzarse en nuestro cargo ladera abajo. Se montan encima y chillan sin parar hasta que el viaje termina, luego se bañan en el lago para quitarse el polvo que traen del pueblo. Yo los miro divertido desde arriba mientras bajan en el cargo cada vez a más velocidad, y en los saltos que el cargo pega contra los baches parece que en cualquier momento vaya a despegar, aunque siempre acaba frenado en la arena que hay junto al lago, eso sí, con alguna garrafa de menos en las alas que ha ido perdiendo por el camino, pero Kamante y yo corremos hasta abajo y se las volvemos a poner. Tiramos luego del cargo cuesta arriba y esperamos, hasta que otro chico llega y nos da alguna cosa para volverse a lanzar.



En el pueblo me encuentro con Mariammo. Han desaparecido los colores en el pueblo, menos el del polvo amarillo. Todo está cubierto por el polvo. Los camiones van y vienen de la fábrica de peces a la pista de los aviones durante el día, levantando una nube amarilla que sólo desaparece por la noche, dejando las casas, las cosas y la gente del mismo color. Sólo a Mariammo y a las chicas que cantan con ella se les ven los colores de la ropa y las caras negras y relucientes. Seguro que se lavan cada muy poco rato. Qué bien canta y qué guapa está, con el pañuelo blanco en la cabeza y la camisa roja y la corbata negra.

Mariammo canta con sus compañeras de la Misión en medio de la calle para que los pescadores no beban, y para que las mujeres no vayan con los hombres y con los pilotos de los aviones sólo por dinero.

Espero a que termine de cantar para preguntarle. Pero no ha visto a mi hermano.

Así que sigo el camino que va a la fábrica, donde limpian los peces y los meten en cajas para luego llenar los aviones. Es por el único sitio que mi hermano puede haber arrastrado el cargo.

Mientras cruzo el pueblo se ve bien a los niños que han llorado: en las caras amarillas por el polvo tienen dos surquitos negros, con la piel brillante por las lágrimas.

Y como no es bueno andar por el pueblo sin hacer nada, me pongo a caminar lo más deprisa que puedo mientras escucho la bonita voz de Mariammo que empieza a cantar de nuevo, y pienso en cuánto me gustaría estar en la Misión, cerca de Mariammo, porque ella y sus compañeras comen todos los días y llevan ropa bonita y limpia, pero mi padre nunca iba a la Iglesia, y ya no podrá ir más porque está muerto. Le sacaron en las redes igual que a los peces del lago. Casi se lo habían comido entero los cocodrilos. Le metieron en una caja, como a los peces de la fábrica, pero no le subieron a ningún avión.



Me empiezo a sentir mareado. El olor a podrido es cada vez mayor. Estoy cerca del secadero de la vieja Fatoma. La vieja seca las cabezas de los peces y las espinas en una ladera cerca del lago. Las coge de la montonera del suelo que han volcado los camiones y las coloca al sol sobre cañas clavadas en la tierra. El aire es tan malo aquí, que pica y me dan ganas de toser y vomitar, pero me aguanto las ganas para que no se entere la vieja de que la vigilo. Robaré la cabeza de un pez para Kamante, para que se le quite el enfado y vuelva a nuestra cuesta con el cargo.

Me escondo detrás de unos matorrales esperando que la vieja Fatoma se retire a la otra punta del secadero. La vieja tiene un ojo completamente cerrado por el aire venenoso que sueltan las cabezas podridas de los pescados, y como ya lleva el ojo guiñado, tiene muy buena puntería con las piedras.

En cuanto está cerca de la otra punta del secadero, corro y engancho una cabeza con todas las espinas. La vieja Fatoma se da cuenta y empieza a lanzarme piedras que caen muy cerca de mí, y aunque no puedo correr muy deprisa porque me duele el cuerpo por la paliza, tengo suerte y ninguna piedra me atina.

Estoy bien contento con lo que he robado, y sigo subiendo en busca de Kamante por el camino de los camiones. Mientras, le quito los gusanos a la cabeza y a la espina del pez. Me da bastante asco, porque se parece un poco a papá cuando lo sacaron del lago. Se lo comieron casi enterito los cocodrilos.

Pero no sólo hay que vigilar a los cocodrilos que descansan en las vueltas del lago, también hay que andarse con cuidado en el camino para que los camiones no te lleven por delante. No sé ni como ven con tanto polvo. Los camiones más limpios son los que llevan las cajas de pescado para cargarlas en los aviones, y los camiones sucios, vuelcan las cabezas y espinas en los secaderos como el de la vieja Fatoma. Levantan tanto polvo que apenas dejan ver nada. Kamante puede estar en cualquier sitio sin yo haberle visto. Pero tengo que encontrarle.



Las escamas de la cabeza del pez me han reventado las ampollas de los dedos, y me escuecen. También empiezo a tener sed. Pero ahora no puedo bajar hasta el lago. Un ruido ronco se junta al ruido de los camiones. El avión que vi antes cargando el pescado en la pista ha puesto en marcha los motores.

Sigo subiendo hacia las colinas, con mi cuerpo ya del mismo color amarillo que tiene el pueblo allí abajo, y me salgo de la polvareda del camino porque casi no puedo respirar. Si tuviera un poco de pegamento se me quitarían los dolores que siento en el cuerpo.

Cuando lo hueles se te quita el hambre, se te olvida todo, pero Kamante dice que cuando he olido bastante me vuelvo idiota y me pongo a cantar. Será porque me acuerdo de Mariammo y de lo bien que canta y de lo guapa que es, pero no puede ser que me acuerde porque cuando huelo el pegamento es como si me durmiera y luego me despierto en cualquier sitio sin saber cómo he llegado ni qué ha pasado.

Pero allí está, por fin le encuentro, allí está Kamante con el cargo detrás de él, cerca del precipicio que más se mete en el lago. Está mirando para el agua y yo le veo bien su enorme barriga.

También está amarillo del polvo, y desde aquí se parece al hueco que deja en la tierra donde dormimos.

Kamante debe de haber estado tirando del cargo durante toda la noche para llegar hasta ahí.

Empiezo a gritarle, y levanto y meneo la cabeza del pescado. Espero que no le recuerde a papá. Siempre se enfada si recuerdo a papá, y no quiero que me dé otra paliza. Nunca me había pegado así.

Pero Kamante no me oye. El avión que se lleva los peces del lago está despegando. Miro hacia atrás y le veo volar hacia mí. Cuando me pasa por encima siento la sombra fresca de su enorme panza.

En un momento pasará también por encima de Kamante. Se ha subido al cargo y va hacia el borde del precipicio cogiendo velocidad.

Salta al vacío justo cuando la sombra de un ala pasa por encima de él, como si quisiera subirse a ella.






Finalista del Concurso "África cuenta"
Inspirado en la obra Kimbembele Ihunga de Bodys Isek Kingelez
Exposición 100% África del Guggenheim de Bilbao




Nota: Finalista del concurso "África cuenta"
 
 
 
   

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