
Cómo iba a poder cerrar sus ojos, si los tenía todavía tan llenos de vida. Con la blancura sin máculas, sin siquiera una venita, sin siquiera esas nubes azules que dejan las penas. Cómo iba a poder acariciarle los párpados, avioletados desde que acabó el terremoto, para cerrarle para siempre su mirada.
Las pupilas de Ikhram eran casi verdes, casi miel, casi grises. Desde que nació tenía unas pestañas tan largas que le dibujaban sombras en las mejillas, y le dejaban abrir tanto los ojos que cuando uno la miraba, era imposible desviar de ellos la vista, a no ser que fuera ella la que mirara a otra parte. Era divertido. Todos los que la rodeaban miraban también lo que ella estaba observando. Su mirada era un imán de otras miradas. Ir con ella era ser testigo de una coreografía de cuellos estirados y ojos que se desorbitaban al compás de sus pestañas. Ikhram era mi prima hermana, y le aterraban los temblores de tierra.
Mi tía Mariam quería cerrarle los ojos. Había pasado una hora y la ambulancia no llegaba. Mi tía la sentía respirar, pero Ikhram llevaba una hora sin cerrar los ojos. Sin llorar, con la expresión de quien ya sintió todo el miedo que podría sentir, con la expresión de quien ha derramado su última lágrima. Las pupilas puntiagudas y algo opacas, como las de una estatua de cera.
Con sólo quince años, Ikhram moría a la edad en que las niñas se visten de largo. Hubiera estado preciosa. Era la más linda de la familia. Hubiera sido la reina de la primavera. La veo mientras camina despacio, pasito a paso sobre el suelo de tierra roja. Ella con su traje de casi novia, lleno de encajes, como si anduviera vestida de regalo. La veo mientras mira por la ventana de plástico que cubre el quicio. Entre los camastros de madera sin barnizar. En el patio sin flores, sin plantas, en el patio yermo y seco de la casa.
Yamila, la hermanita chica, le decía cogiéndole un dedo: "Deja de jugar pues, ya está bien, siempre te portas mal cuando hay temblores, ya estás grandecita Ika, mira yo, ya dejé de llorar, me asusté un poco pero la Karen me dio agüita y se me pasó. Mamá, ¿por qué la Ika no cierra los ojos? Haz que cierre los ojos, quiere dormir y de nuevo no puede".
Karen la quería como a su hija. O como solo puede querer una hermana mayor. Compartían la ropa, los juguetes, los libros, la cama, la risa, los lápices de color y los mimos de la Yamila. Y compartían sobre todo ese secreto sagrado de Ikhram, la existencia de ese dolor inhumano que le reventaba los tímpanos, que le hacía encerrarse en el baño y olvidarse de todo. Hasta de su nombre, hasta de su cara. Desde hacía muchos años que le ocurría, pero los últimos meses los ataques se repetían cada vez con más frecuencia. Ikhram en el baño del Liceo, y los conserjes sin saber qué hacer. Hasta que llegaba Karen y le lavaba las mejillas, le hacía oler un pañuelo con alcohol y le iba contando quién era ella misma, su nombre y el porqué estaba en el baño, por qué su delantal del colegio estaba sucio de vómito, por qué tenía unas gotas de sangre en los oídos, por qué debían irse a casa tranquilas, las dos juntas, cuidándose como siempre. Y las otras niñas las miraban como se mira a la Virgen, como si estuviesen venerando a esas dos imágenes mientras cruzaban los pasillos en procesión. Las amigas de Ikhram trataban de esconder el llanto mirando el suelo.
Los médicos decían que era anorexia. "O quizás bulimia, seguro que es una bulimia. ¿Vomita?, entonces es una bulimia. Si usted no tiene seguro médico privado, esto... sí, será mejor que se la lleve a casa, que tome unas aspirinas para el dolor de cabeza, y si le da un ataque de nuevo, que tome una de estas pastillas que le van a hacer dormir enseguida... No, no merece la pena sacar unas radiografías, es que, digamos que con la asistencia pública tardan demasiado, o quizás... Y es que usted no podría..., claro, pagar me refiero, lo entiendo, lo entiendo, cálmese señora... En fin, que se mejore la niña... Póngale un poquito de hielo en ese chichón tan feo que le ha salido."
Tres días antes del terremoto Ikhram le dijo a Karen que ya faltaba poco. Karen preguntó que para qué faltaba poco. Ikhram le respondió que seguramente era la última vez que hacían juntas un pastel de maíz. Y Karen que de qué estaba hablando, y que picara la cebolla mirando el techo, que así no le haría llorar. Ikhram lo hizo, y siguió hablando como consigo misma. Karen dejó de picar el choclo, se secó las manos en el trapo de cocina que le hacía de mandil, y acercó su cara a la de Ikhram. Ella también lo sabía. Le dio un beso en su mejilla de repente más pálida, y sintió como una lágrima de su hermana le amargaba los labios.
El temblor se sintió primero en el mar. Las gaviotas habían volado hacía un buen rato tierra adentro, y un cormorán se detuvo cansado en la alambrada espinosa del patio. Ikhram pudo ver por última vez cómo se quebraba la luz del sol en el plástico arrugado de la ventana. Cuando sus ojos se abrieron para siempre, la lámpara del cuarto se movía de un lado para otro. Pero sus pupilas casi verdes, casi grises, casi miel, ya no la seguían.